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La expulsión del Paraíso

El libro más reciente de Ricardo Azuaje, La expulsión del Paraíso (Eclepsidra, 1998),
pone de manifiesto una serie de juegos de simulaciones y máscaras que borran los límites
entre la realidad y la fantasía. ¿Quién escribe esta novela breve? ¿Quién inventa a quién,
el autor al personaje o viceversa?, se pregunta y pregunta al lector Rafael Castillo Zapata
al entrar en el territorio de Leonardo Ochoa, joven escritor —protagonista de esta historia—
que mediante un seudónimo de mujer se cuela en el mercado editorial y logra figurar junto
a famosas escritoras

¿Quién escribe La expulsión del Paraíso? ¿Acaso Virginia Woolf haciéndose pasar por un tal Ricardo Azuaje? ¿O, acaso, Eduardo Liendo haciéndose pasar por Ricardo Azolar haciéndose pasar por Ricardo Azuaje haciéndose pasar por Leonardo Ochoa haciéndose pasar por Victoria Landa? ¿Quién inventa a quién: Frankenstein a Mary Shelley, Max Brod a un tal Franz Kafka?

Ricardo Azuaje nos somete en su libro más reciente, La expulsión del Paraíso (Eclepsidra, 1998), al vértigo de estas preguntas sin fin y sin fondo desde la primera línea de la primera página impresa; allí la palabra Orlando, subrayada como título (Orlando), y la inmediata alusión irónica a Virginia Woolf y al hombre que despierta a los treinta años, en Constantinopla, convertido en mujer, inscriben la señal inequívoca de un juego, el juego de las simulaciones y las transposiciones de voces, de las conversiones, las máscaras, los saqueos, las burlas, las inversiones sexuales y textuales que hacen del escritor un sujeto atravesado por múltiples tentaciones simultáneas de estilo y de identidad, de otras vidas, otros idiomas, otros mundos, otros cuerpos.

En efecto, Leonardo Ochoa, el protagonista de esta aventura, ha inventado una escritora apócrifa, Victoria Landa, para, entre otras cosas, burlarse del aparato institucional de la literatura y del mercado editorial, probando que puede escribir como una escritora latinoamericana de éxito, simulando en su novela, La expulsión del Paraíso, la voz acaso ya uniforme y monótona de las Allende, las Esquivel o las Mastretta, premiadas y repremiadas, ricas y famosas. El hecho es que, en efecto, Leonardo Ochoa, travestido en Victoria Landa, gana un importante premio literario patrocinado por una poderosa editora transnacional, probando su capacidad para clonar una identidad construida a partir de saqueos textuales calculados. La expulsión del Paraíso es, de esta manera, una suerte de historia ejemplar de lo que ha sido siempre la literatura: una incansable máquina de reciclaje, una trituradora de textos cuya pasta es pasto de otros textos, reduplicados infinitamente en la vasta rumia de los tiempos. Novela de una novela, historia de la conversión de un lector en escritor y de un escritor en escritora, sin cambio de sexo, pero sí, en cambio, de texto, La expulsión del Paraíso se presenta, entonces, como un derroche de recursos y estrategias propios de eso que Genette, más serio y más docto, bautizó ya, con nombre enorme, como transtextualidad, poniendo en evidencia la ambigüedad de toda pretensión de origen y de originalidad del texto y del sujeto: texto que es texto de textos; sujeto sujetado a una cadena infinita de suplantaciones y usurpaciones de la identidad. Ambos efectos proporcionan al libro de Azuaje un dinamismo estimulante: la sintaxis juega a las interpolaciones, a las citas paródicas, a las imitaciones, a las inversiones, obligando al lector a prestar oído al laberinto de las resonancias que, en un momento dado, hacen del texto una cámara de voces con sus ecos, retumbando, remitiéndose resonantemente entre sí; la fusión y co(n)fusión progresiva del escritor y la escritora, del autor y su heterónima, sigue el hilo de esta misma enervación y enhebración de voces y de gestos que colaboran para crear una cierta atmósfera de alucinación donde, finalmente, las fronteras entre la realidad y la ficción se descalabran, hasta el punto de hacernos pensar que Ricardo Azuaje es también una invención, que no somos si no somos narrados, y que alguien nos cuenta todo el tiempo para que sigamos viviendo.

Al mismo tiempo, La expulsión del Paraíso expone, estructural y argumentalmente, no sólo el deseo atávico de ser muchos, de multiplicarnos que nos aqueja, y que retorna de vez en cuando cuando la insoportable pesantez de ser uno mismo todo el tiempo nos asfixia, sino también el deseo de escribir todos los libros, de experimentar todas las formas y los géneros, los tonos, las dicciones, las ficciones. En este sentido, el libro es un despliegue de prospecta narrativos, de libros por escribir y que nunca serán tal vez escritos, pero cuya simple denominación es ya el principio de una plenitud futura: el autor se convierte en todos los autores y el libro en todos los libros, los realizados, los frustrados, los presentidos. Así, vemos al narrador actuando como ventrílocuo de otros narradores, escribiendo críticas académicas, crónicas periodísticas, discursos de presentación, relatos experimentales, cartas, confesiones, fragmentos de novelas feministas: en cada caso, el texto de la novela se amplía con sorprendentes injertos discursivos gracias a los cuales puede apreciarse la versatilidad y la variedad del registro tonal de la voz de Azuaje, como si La expulsión del Paraíso fuera, en efecto, un campo de maniobras estilísticas en el que el autor se ejercitara para escrituras futuras. ¿Escribirá algún día Ricardo Azuaje o hará escribir a Leonardo Ochoa o a cualquier otro alter ego suyo ese cuento en germen que es Terminal, y cuyos fragmentos anuncian lo que, quizás, pudiera ser la tan neuróticamente ansiada fenomenología de esta ciudad insufrible de Caracas? ¿Aparecerá algún día publicada Casa de Amas? ¿Alguien escribirá realmente El látigo amable?

Sea como fuere, es evidente que La expulsión del Paraíso se presenta como el trabajo más complejo y convincente de su autor hasta la fecha: expansión de temas que ya habían sido abordados con buena mano en libros como Viste de verde nuestra sombra (1993), esta última entrega de Azuaje, en el entramado de una estructura lúdica que es, al mismo tiempo, homenaje y escarnio de la literatura y sus instituciones, muestra la consistencia de una apuesta y de una voz que se consolidan. Enamorado de la ciudad, Ricardo Azuaje ha ido siguiendo y persiguiendo sin escándalo el desarrollo de la imagen que de ella se va haciendo en su interior, escribiéndola y describiéndola a pedazos, cercándola poco a poco desde diferentes veredas de la mirada y de la reflexión. Es eso lo que nos ha brindado hasta ahora, en suma, y es lo que vuelve a brindarnos ahora: la progresiva agregación de retazos de ficción que, a la larga, constituirán una tela vasta y bien tramada donde Caracas viva de otro modo en una rara plenitud, cosidos sus fragmentos con los hilos de una escritura que se refiere a sí misma, al enigmático empeño de escribir, y al empecinado enigma del amor. Pues, al fin y al cabo, La expulsión del Paraíso es eso, el testimonio de esa experiencia de expulsión del paraíso de las palabras y del paraíso del amor que tan habitualmente parece perseguir a ciertos escritores, ciudadanos y amantes.

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

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