Homenaje
CON "CARTAS CREDENCIALES" DA CUENTA DE LA VIDA
La atenta y deferente mirada de Alejandro Rossi
Su óptica reivindica la naturaleza del ensayo. Frente a Cartas credenciales (J. Mortiz, México/1999) Eugenio Montejo identifica
sin dilación la brevedad, la riqueza temática y un tono íntimo que se desplaza del diálogo a la confesión y a través del cual,
añade Julio Ortega, el autor nos convida a un largo viaje "y le damos vuelta a la esquina como si volviéramos del mundo".
Y el mundo del cual parte el escritor es éste porque, como avanza nuevamente Montejo, él "suscribiría complacido estas palabras
de Juan Ramón Jiménez: Yo escribo como mi madre hablaba". "Aunque viajera impenitente,
era una caraqueña esencial", rememora RossiAgua del tiempo
La muerte de Jorge Luis Borges ejemplifica a la perfección ese misterio que, con terminología tradicional o quizás simplemente eterna, llamaré la mezcla o la reunión del alma y del cuerpo. Cuando me dieron la negra noticia sentí una suerte de intolerable contradicción: el dolor de su ausencia física, la convicción de un cabal empobrecimiento de nuestro mundo y, a la vez, la inagotable presencia, no tengo otra palabra, de su alma.
De su alma o si somos unos mezquinos nominalistas de su voz. Un alma inseparable, es cierto, de la trabajosa, de la alegre o árida biografía de su cuerpo y que, sin embargo, es capaz ahora ¿cabe acaso alguna duda? de sobrevivirlo con plena independencia y de acompañarnos del mismo inimitable modo por el resto de nuestros días. Se me ocurre que esta autonomía tal vez no sea un hecho común a la especie sino un logro, un estado que sólo algunos hombres alcanzan. La mayoría, si me asiste alguna razón, estaríamos fatalmente enlazados a la mortalidad del cuerpo, a su lento o estrepitoso derrumbe.
Quiero recordar ahora la primera vez que lo vi, porque ya entonces entreveía más física que conceptualmente que allí se tramaba una alquimia rarísima. Conviene saber que yo tenía veinte años y que era un lector de Borges desde los quince. Un lector inseguro entre esa serpentina de citas desconocidas y una prosa tan distante de mis escritores favoritos de la hora, Azorín perdido en pueblos silenciosos y Baroja pendenciero y tierno. Me obligó Borges a incesantes lecturas nuevas, como un preceptor que me impidiera leer sus propios manuscritos antes de una relativa educación literaria. Más que leer a Borges, yo diría (ahora) que aprendía Borges porque sus textos eran para mí lo afirmo casi con pavor un idioma inédito. En mi vida de lector jamás me ha vuelto esa sensación de novedad absoluta, ese privilegio de asistir a la transformación de una lengua vieja en una nueva. Verbos, adjetivos (maravillosamente trabajados por el modernismo), la respiración de la frase, todo cambiaba de sitio. Aprendía Borges en sus libros (yo recuerdo, con precisión de maníaco, cuando compré un ejemplar de la primera edición de El Aleph en la librería de Poblet) y también en las entregas mensuales de la benemérita Sur, los fascículos de la nueva gramática. Yo sabía, pues, que estaba allí, en algún lugar de Buenos Aires, mago escondido en un bosque urbano. Podrá entenderse mejor, si esa era mi situación, el sobresalto que sentí cuando un amigo me informó que al día siguiente Borges daría una conferencia en el Colegio Libre de Estudios Superiores. Marzo de 1952, calor, humedad y todavía las hojas en los árboles.
La conferencia, me parece, era a las cuatro y yo, de manera inexplicable, llegué unos minutos tarde. Un ujier me señaló una puerta cerrada. Aún la veo enorme. Si él no la hubiera abierto, tal vez no habría entrado. Pero tuve que avanzar y para mi azoro me encontré entre el público, a la izquierda, Borges a la derecha, sentado detrás de una mesa coloreada sobre un estrado. Muerto de vergüenza (para colmo llevaba un pretencioso libro en la mano) caminé por el pasillo que dividía las dos secciones de asientos y me escondí ¡por fin! en una silla junto a un hombre de barba y ojeras amarillas que, años después reconocí como el poeta Vicente Barbieri. "Llegué tarde, llegué tarde", me repetía con ganas de lastimarme sin haber escuchado todavía una sola palabra de Borges. Presté atención y no oí, literalmente, nada. La sala en penumbra y allá, al fondo, un conferenciante inmóvil con las manos entrelazadas a la altura de la boca. De pronto se oyó una frase, pero como suelta, como perdida en aquel silencio de cuarto veraniego. Y luego de la misma manera que en una noche callada descubrimos un ruido secreto, comencé a adaptarme a esas oraciones que llegaban en bloques separados por largas pausas. Como si antes de pronunciarlas las repasara internamente y las limpiara de la más mínima escoria verbal. Hablaba Borges y digo mal, porque en realidad escribía ante nosotros, concentrado, solo, detrás de aquella mesa. Y así, poco a poco, fue construyendo un portentoso texto sobre el escritor argentino y la tradición en el que nos prevenía contra las irrespirables cárceles patrioteras y en el que pulverizaba con humor, con inteligencia diamantina, con ejemplos espectaculares la aburrida preceptiva nacionalista.
¿Pero lo había visto? Apenas unos rasgos borrosos. Al primer aplauso había desaparecido. Lo encontré abajo, cerca de la salida yo con notables deseos de ser invisible. Una señora le hablaba y él asentía con la cabeza. Confieso que entonces lo vi, durante esos breves minutos, con una atención intensa y exclusiva. La memoria visual, ya lo sabemos, es caprichosa y guarda lo que quiere. Me entrega ahora un hombre de estatura mediana y de piel rosada. La otra, la memoria del alma, es más generosa y me concede una emoción purísima e intacta después de treinta y tres años. Cruzó Borges la calle y se fue caminando por Santa Fe, hacia la plaza San Martín, probablemente hacia su casa. Yo también crucé la calle y lo seguí unas cuadras, a cierta distancia, asombrado en el fondo de que las cosas fuesen así, tan simples y tan enigmáticas, un hombre camina por la calle. Yo todavía lo sigo.
(Del libro Cartas credenciales, México, Editorial Joaquín Mortiz, 1999).
Alejandro Rossi
Foto: ArchivoComo la del colombiano Hernando Valencia Goelkel, la escritura de Alejandro Rossi se ha convertido, para ciertos espíritus vigías, en una contraseña moral de la actual hora literaria hispanoamericana. Reparemos en que ello ocurre sin que medien premios notorios que respalden su nombre, ni copiosos best sellers que apuntalen sus nuevos títulos en los escaparates de las librerías. Lo que en definitiva encuentran quienes están atentos a esta clase de señales es una escritura cuyo personal aliento en cualquiera de sus situaciones resulta de una eficacia bastante convincente. Un raro caso, pues, de "escritor para escritores", como puntualizó Borges a propósito de Quevedo. Tratándose de Rossi, uno prefiere referirse simplemente a su escritura, en vez de recurrir a expresiones tales como "buena prosa" o "estilo terso", que no dejan de ser más vagas y acaso pueden confinarlo en una galería de estilistas algo nebulosos. No es necesario insinuar que su desempeño del idioma resulta por demás certero y apunta siempre a la expresión indispensable, pero su apuesta dista mucho de las afecciones puristas o pedantes. Al contrario, a menudo suele adoptar los giros y matices del habla más llana, a la vez que la salida ocurrente o desembozada. Una escritura, pues, urbana y precisa, atenta a la cortesía del buen oído, que no se preocupa por halagar al lector, sino por comunicarle con sobria cordialidad sus argumentaciones.
Hijo de madre venezolana y padre italiano, Rossi se formó filosóficamente en México, Alemania e Inglaterra. No sorprende, por tanto, que en sus páginas tiendan a ser mayores las ideas que las palabras. Una de sus obras tempranas versa por cierto sobre Lenguaje y significado. En cambio, algo sí sorprende, que derivando de tales sistematismos se haya abierto con inusual destreza al ensayo literario, género este que con mayor asiduidad comparte en los actuales tiempos con sus logradas narraciones.
Su reciente colección de ensayos, Cartas credenciales, editada este año por Joaquín Mortiz, confirma con creces los dones de estilo y pensamiento que antes he subrayado. Se trata de un penetrante conjunto de ensayos y notas anteriormente divulgados en algunas revistas, cuando no son páginas nacidas en respuesta a eventos puntuales. Son textos, pues, de vestimenta periodística los más de ellos, pero cuya vigilada hechura está lejos de las frecuentes deformaciones que maculan la práctica del periodismo. Nada tienen que ver allí el desorden que impone la premura, el mutilante lugar común ni las frases hechas. La lucha contra la fraseología convive en esas páginas con la agilidad, la delicadeza, el aire de conversa casual y, sobre todo, la precisión idiomática.
Estas Cartas credenciales son en buena cuenta también las cartas de una vida algunos de sus textos están llamados a sustituir parcialmente las memorias del autor, y acaso por ello no se deseen lacradas sino abiertas a los ojos de todos, anotadas fielmente por el lápiz vigilante de ese aprendiz de maestro que duerme en cada corazón hispanoamericano. A lo largo de sus páginas se manifiestan algunos de los rasgos inequívocos que desde antiguo perfilan el ensayo, tales como la brevedad, la variedad temática, la intención dialogante, y, de modo peculiar, el carácter confesional que en el caso de Rossi arroja una íntima luz sobre las cosas, al relacionarlas con sus propios desplazamientos en la geografía y en la memoria. No en vano el auge obtenido por el retrato y el autorretrato en la pintura renacentista ha sido puesto en relación con el afianzamiento del género ensayístico. El caso es que el acento confesional, destacado desde el mismo título de la obra, propaga una grata atmósfera que en estos ensayos se vincula estrechamente con nuestra tierra. Me atrevería a decir que, entre sus libros, acaso sea éste el que posea un acento venezolano más marcado, pues aunque sus temas en acato de la variedad puedan ocasionalmente ser distintos, tanto su tono como las referencias con nombres propios, cierto pespunte de las frases y la reiterada alusión a las primeras visiones del autor, se relacionan no poco con la entrañable luz de Caracas. Estoy seguro de que Rossi suscribiría complacido estas palabras de Juan Ramón Jiménez: "Yo escribo como mi madre hablaba". Bien sabemos que tras el habla de su madre, es decir, tras el acendramiento de su entonación nativa, hay quinientos años de soles caribes que han obrado su efecto sobre la lengua traída por el almirante Colón a nuestra Tierra de Gracia, en una época en que esa lengua contaba por cierto quinientos años de existencia. "He vivido poco en Venezuela se lee en una de estas páginas y, sin embargo, siempre he estado cerca de ella. Sin duda alguna, mi madre es la razón fundamental. Aunque viajera impenitente, era una caraqueña esencial que nunca quiso romper con el puerto de origen ni, sobre todo, con su numerosa familia, fuente última de amparo y seguridad emotiva". ( ) "Tengo cien mil imágenes que le debo a Venezuela, un hermano si me permiten el énfasis en verdad fraterno, familia afectuosísima y cinco o seis amigos de hierro. Me enorgullece aunque suene a discurso cívico que algunos antepasados míos intervinieran en la formación del país".
El texto que le presta su título al volumen, una imprescindible recapitulación del itinerario formativo del autor, fue leído en la ceremonia de su ingreso al Colegio Nacional de México en febrero de 1996. Texto plural, autobiográfico sin egotismo, es una lección intelectualmente bienhechora, llena de sutiles guiños, de esclarecedores atisbos afincados en la propia experiencia del autor. Detengámonos en este breve fragmento: "No es fácil encontrar la tradición que nos conviene. Aquella que se ajusta a nuestros gustos y facilidades. La familia intelectual que comparte afinidades y aversiones, temas, estilos, mañas. A veces es necesario hacer grandes rodeos y transitar por territorios ajenos. En el mundo hispanoamericano esto es más cierto porque no hemos vi-vido en culturas filosóficas propias, asentadas y, por consiguiente, las generaciones y grupos han debido elegir, a veces sin antecedentes previos, no sólo este o aquel problema sino la cultura filosófica en el que discurre". Lo apuntado en estas palabras está dicho a propósito de quienes se inician en los estudios de Filosofía en nuestro continente, pero la observación resulta igualmente aplicable a la búsqueda de nuestra tradición en literatura, música, poesía y demás formas de arte y pensamiento hispanoamericanos.
En la sentida evocación de Juan Nuño, "mi amigo por más de treinta años", Rossi compone un retrato intelectual de honda comprensión y simpatía. Un retrato en el que, siguiendo el velazqueño recurso de Las meninas, el propio Rossi aparece a su lado, como no podría ser de otra forma para quienes, tras un periplo vital de etapas semejantes, llegaron a compartir "esa cosa dificilísima de definir qué es la voz común". Rossi declara preferir, entre los libros de Nuño, La filosofía de Borges, "que no ha tenido los lectores que merece, ni en nuestro idioma ni menos aún en otros". Libro ciertamente impar dentro de la vasta bibliografía borgiana, representa junto con Borges, el poeta, de Guillermo Sucre, la mejor aportación venezolana a la lectura del célebre escritor argentino.
Dentro de la civilización alfabética en que nos sabemos inmersos, la inmediatez y el hábito de nuestra relación con los signos por momentos nos llevan a olvidar la importancia que éstos revisten en nuestros diálogos con el mundo. Pues bien, se diría que escrituras como la de Alejandro Rossi, que provienen de una tradición donde cuentan nombres como los de Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Angel Rosenblat y José Bianco, parecen nacidas para recalcarnos que todo valor humano depende de la palabra y, sobre todo, de la forma en que la acción mediadora de la palabra se haga posible. Estas Cartas credenciales lo acreditan en nuestros días, sin duda, como un digno emisario de esa meritoria tradición de lucidez en que los hispanoamericanos podemos reconocernos.
Eugenio Montejo. Poeta
La liviana embajada
Foto: ArchivoLa breve obra de Alejandro Rossi se hace leer como si fuese una biblioteca completa. Narrador natural, filósofo de vocación, Rossi es un escritor que se lee despacio y varias veces, demorando el diálogo sutil con su lenguaje pleno de magias imparciales. La suya no es esa brevedad ingeniosa que se agota en la sorpresa, no es un fin en sí misma; es, más bien, la duración íntima del diálogo, que como toda buena conversación prosigue después de las palabras.
Narrador persuasivo, Rossi nos hace creer que en el cuento la certidumbre es posible gracias al testimonio de los narradores que se ceden el relato. Pensador sospechoso, nos convence de que el ensayo es un pensar irónico, esto es, un juego sobre las reglas del conocimiento. Quizá, una suerte de ajedrez que disputa la vida contemplativa contra las fuerzas contrarias. Por eso, aligerada de bagajes, su literatura se sitúa en un lugar único de la biblioteca. Entre las obras completas de Alfonso Reyes y las incompletas de Rulfo, digamos. Como el ejercicio aliviado del saber y el asombro instantáneo del reconocer. Sabiduría y poesía se turnan en estos delgados libros con amistad.
Varias paradojas alientan en la obra de Alejandro Rossi como parte de la estratagema de su lectura. La primera es esta lección de economía: la brevedad es la estrategia de su registro indagatorio. Porque se adelanta como prueba suficiente, como figura de la trama, y descargo de un relato extensivo. Sus cuentos y ensayos tienen la virtud de invitarnos a una exploración compartida: nos preparamos a un largo viaje y le damos la vuelta a la esquina como si volviéramos del mundo.
Tanto la perspectiva sumaria como la argumentación sucinta, los casos ejemplares como las preguntas sin respuesta y los desenlaces probables, elaboran la prosodia de un relato encendido por su linaje memorioso y su regusto especulativo. Es decir, un cuento sin origen (explicación) ni término (finalidad). Rossi es un maestro de esa dicción a medio camino. Su prosa nos da pronto un lugar para acompañarla en su andadura de sosiego clásico, intriga reflexiva y recuento ameno. De modo que entramos a la charla, compartimos su repaso de asombros y nos vamos con la nostalgia de un cuento que no acaba en nosotros. En sus libros, por ello, es decisiva esta perspectiva de los narradores inclusivos, las versiones cotejadas, las rutas indirectas o casuales. Nunca dice de más y apenas dice lo suficiente. Su prosa parece preferir las dudas tolerables, aquellas que sostienen el diálogo como el espacio de la inteligencia que nos debemos.
Cartas credenciales (México, Mortiz, 1999) es una colección de ensayos, notas, charlas y prosa miscelánica. La recorre el diálogo con autores, artistas, obras e instituciones, pero está libre de las efemérides o el compromiso, ya que la anima el hilo central del trabajo del autor: la fácil y elaborada conversión del pensamiento en biografía; esto es, el diálogo consigo mismo, con las muchas voces que lo visitan y cuya compañía entretiene. Si las cartas credenciales presuponen una ceremonia protocolar, en éstas el autor acredita su liviana embajada: representar el tránsito de su vida como una confesión de intimidad intermitente y fidelidades gozosas. Pero más que de la confesión misma, que requiere agonías y paciencias, se trata de su tentación y regusto. El testigo declara su nombradía a través de sus opciones y empatías. El relato de su vida es su vida en el relato compartido.
Por eso, es especialmente brillante y a la vez conmovedor el ensayo que da título al libro, que es su discurso de ingreso al Colegio Nacional de México. En un gesto que define a su figura literaria, en lugar de hablar de sus libros o, al menos, de sus ideas y teorías, Rossi opta por hablar de sus lecturas, de su formación entre los libros, del relato, en fin, que lo refiere y constituye. Como si se tratara de un linaje establecido, de inmediato reconocemos que la figura y la prosa de Borges han sido determinantes en su vida de escritor. "En mi vida de lector jamás me ha vuelto esa sensación de novedad absoluta, ese privilegio de asistir a la transformación de una lengua vieja en una nueva" (32), escribe de su descubrimiento de Borges, que empezó a los quince años, en Buenos Aires, como un aprendizaje "de un idioma inédito".
El otro ensayo de aliento es el dedicado a José Ortega y Gasset. Se trata de un verdadero retrato, balance y caracterización, que repasa los aportes del filósofo elocuente, sus calidades de maestro perpetuado en la austeridad de los discípulos, su curiosidad alerta y mundana de cronista cultural, y su diferido trabajo de filósofo formal, cuyas grandes intuiciones verá, no sin agobio, desarrolladas con mayor formalidad por Heidegger o Sartre. Hecha con agudeza pero también con generosidad, esta valoración es, de por sí, filosófica, y adelanta tanto un balance de la disciplina como las propias opciones del autor. Frente a Ortega y Gasset, a la noción de una filosofía formal y sistemática, Rossi se define: "Yo creo, por el contrario, que la filosofía es una disciplina desenfrenada, quiero decir, que carece de límites claros. De pronto es una reflexión sobre la ciencia y de pronto un análisis sobre el concepto de amistad La gloria de la filosofía es, precisamente, que no tiene tema, que se entromete en todo" (199-200). Sin frenos y sin límites, y discurriendo entre uno u otro tema, este pensar reclama los derechos de la afinidad y la libertad anticanónica de ejercerlos; y por eso se parece demasiado a la literatura. Tanto, que se confunde con ella, para ganancia de un género fronterizo y liminar, que Rossi cultiva como la forma exacta de su mejor reflexión: una suerte de ensayo narrado, libre de programas, escuelas y agendas, gestado por las asociaciones felices de una simpatía aleatoria y celebratoria.
Otra de las paradojas de la figura de Rossi tiene que ver con lo que él a lo largo de este libro llama su "extranjería". Nacido en Florencia, en 1932, el italiano fue su lengua nativa pero el español su habla materna (la madre era venezolana, el padre italiano); vivió en Caracas por temporadas, en Buenos Aires durante la secundaria; después en México, en Alemania, en Inglaterra, como estudiante de Filosofía. Volvió a México y se hizo ciudadano mexicano. Su literatura no tiene referentes demasiado específicos, pero algunos nombres, algunos paisajes, remiten a Venezuela o a Argentina, aunque no a las ciudades evidentes sino a una zona de fronteras, incierta y no demarcada del todo, que él ha llamado "las regiones", cuya matriz narrativa es una disputa entre las tradiciones orales y las versiones oficiales; genera, así, una nacionalidad todavía libre de la cartografía estatal.
Pues bien, esa condición de extranjería se la debe a México. Quiero decir que en cualquier otro país latinoamericano un exiliado estaría condenado a una nacionalidad que, siendo una, lo torna indistinto. Contra la opinión generalizada de que México resiste a los exiliados y los condena a ser para siempre extraños, yo creo que Rossi demuestra, paradojalmente, lo contrario: gracias a México uno podría ser, para siempre, distintivamente extranjero. Su caso, además, es de un barroquismo exquisito: es un extranjero de ninguna parte. A pesar de su devoción italiana, nostalgia venezolana, aficiones argentinas, y varias vidas mexicanas (profesor, editor, cronista, y feliz hombre de familia), Rossi, en efecto, sobrelleva su extranjería como el relato privilegiado de una libertad ganada. México es su casa, pero no deja de contemplar en el polvo del camino la eternidad como tiempo libre.
Dado ese carácter novelesco que alienta en el relato periódico y gentil que le debemos, es posible deducir un estilo paradójico suyo; ya que si lo borgiano es conjetural, lo rossiano es paradojal. O sea, una figura de la elocuencia argumentativa, que pone a prueba al discurso con su juego de oposiciones y construye una alegoría, una figura irónica, de cifrar y descifrar, de narrar e interpretar. La relación de Rossi con la filosofía es, tal vez, no menos paradojal. No porque haya renunciado a la filosofía, cosa de por sí imposible de hacer; tampoco porque haya dejado de ejercerla en el aula o en el tratado. Pero si el filósofo se revela en sus discípulos, creo haber descubierto que algunos alumnos de Rossi dejaron la carrera formal de filósofos a nombre de otras persuasiones. Más aún, sospecho que estos discípulos han asumido puntualmente la lección del maestro, y que se identifican entre ellos por el año en que dejaron al maestro y la facultad. Esa fecha de despedidas les da una identidad. ¿Se puede imaginar una paradoja de mejor ironía sobre los exilios que nos dan nuevo nacimiento?
Leer a Alejandro Rossi es compartir la humanidad y el humor de una saga latinoamericana entre voces de bienvenida y reconocimiento.
Julio Ortega. Escritor peruano
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