Apuntes
Tres novelas venezolanas de fin de milenio
En un momento propicio para realizar proyecciones y balances, Eva Feld destaca las novelas venezolanas que a su juicio pudieran erigirse en pilares que sustenten la narrativa venezolana del siglo XX. Son ellas: Historias de la marcha a pie de Victoria de Stefano, El efímero paso de la eternidad de Teódulo López Meléndez y Pirata de Luis Britto García; las tres, de corte trayectivo: "viajes que hace la palabra desde los confines del conocimiento hasta el metalenguaje de la utopía"
Dos pilares no bastan para soportar una estructura. Todas las referencias acerca de la narrativa venezolana de este siglo recaen sobre Rómulo Gallegos y Guillermo Meneses: paradigma del relato al servicio de la diligencia social, por un lado, y la palabra calórica en desmedro de los acontecimientos, por el otro. Objetivo versus subjetivo, naturalismo versus surrealismo, etnocentrismo versus universalismo, es así como la crítica y la reflexión literarias se pierden en especulaciones duales y finiseculares a la espera de algún acontecimiento extraordinario. Bien sea la aparición de una obra maestra que marque el inicio de una nueva era arquitectónica de la palabra o de una tercera columna que le garantice el apoyo a un posible edificio. No se trata, sin embargo, de parálisis sino de lentitud. A decir de Paul Virilio, acucioso investigador de los fenómenos humanos que genera la cibernética, ahora la velocidad es el medio, y ya no como en la era de Marshall McLuhan, cuando el medio era el mensaje. En Venezuela, una novela tarda varios años en ser publicada y en el trayecto queda presa de su propia limitación: no llega al mercado, no se exhibe en ferias. Los escritores venezolanos se conocen poco, no pertenecen a gremios, a cofradías, a tendencias. No hubo representantes del llamado boom, tampoco los hay de la actual banda (cuyo epicentro latinoamericano se ubica en Barcelona, España). No existe un escritor emblemático, de lectura masiva, cuyos libros se esperen con la fruición y la expectativa que crea la publicidad. En el campo de batalla de las casas editoras la mayoría de los escritores acaban siendo soldados anónimos, sin arco de triunfo ni capilla ardiente. En la última edición del Premio Rómulo Gallegos de Novela (Caracas 1998-99), de los cinco libros que llegaron a ser finalistas, dos eran previamente premios Alfaguara, el ganador era ya premio Herralde y los dos restantes no se volvieron a mencionar. Uno era venezolano.
No ha de confundirse, sin embargo, velocidad con aceleración, ni éxito con excelencia. Más de treinta (de un universo de 120) novelas venezolanas se presentaron al Premio Rómulo Gallegos 1998. Ese año, los concursos Jorge Luis Borges y Juan Rulfo de cuentos fueron ganados por los venezolanos Oscar Marcano y Eloy Yagüe. Puede decirse que se cuecen habas, al menos tres acontecimientos literarios están sucediendo. Tres, como tres son los puntos suspensivos al final de las frases inacabadas, aquellos que advierten que no son los únicos. Tres novelas que requieren de un neologismo de Paul Virilio para su explicación, pues no son de corte objetivo o subjetivo, sino trayectivo. Se trata de tres viajes que hace la palabra desde los confines del conocimiento hasta el metalenguaje de la utopía.
Por estricto orden de publicación son: Historias de la marcha a pie de Victoria de Stefano, El efímero paso de la eternidad, de Teódulo López Meléndez y Pirata de Luis Britto García. Añado a la enumeración los tres respaldos editoriales igualmente disímiles: Oscar Todtmann editores (un esfuerzo privado por crear libros de gran calidad), Memorias de Altagracia (editorial alternativa, con breve respaldo oficial) y Alfaguara, una de las más exitosas casas editoras de España, cuya política editorial declarada consiste en apostar por escritores cuyo éxito mediático sea previamente mensurable en centímetros/columna, o en bits.
Victoria de Stefano
La primera, Victoria de Stefano, marcha a pie a lo largo de 260 páginas, dejando a su paso una profusión de palabras magistralmente concatenadas, no como quien invita a armar un rompecabezas, no hay tal, como tampoco subyace nudo dramático ni desenlace. Sí hay en cambio un autorretrato con pinceladas de arte flamenco que honra los poderes absolutos de la expresión. Se trata de la novela venezolana finalista del Premio Rómulo Gallegos 1998.La autora desemboca en la literatura como a un delta filosófico. Profesora universitaria y testigo de excepción de los procesos humanos y revolucionarios que marcaron la historia de Venezuela en la década de los sesenta, trenza en sus escritos impertenencias de varios espesores. Narra con la prolijidad de un esteta los vericuetos de la nostalgia, del recuerdo y del destierro, sean estos frutos del exilio geopolítico o idiomático, pero también del lenguaje de combustión anímica. Esa tensión permanente entre la integración y la diferencia que marca el paso de los inmigrantes, de los exiliados, de los diferentes, de los otros, constituye en la obra de De Stefano una cárcel portátil. Como en la poesía de Theodorakis, la proximidad de la palabra y la soledad las convierte en hermanas siamesas, hasta fundir el amor que se tienen en odio indivisible, insuperable, irredimible. Pero similia similibus curantur, siempre vuelven a amarse porque ambas son una y la misma dolencia y sólo pueden aliviarse inoculándose mutuamente dosis de sí mismas.
Victoria de Stefano nació en Viserba, Italia, y llegó a Venezuela, junto con su familia inmigrante de posguerra, en 1946, tenía seis años. Obtuvo la licenciatura en Filosofía en la Universidad Central de Venezuela (UCV), en el turbulento año de 1962, durante el cual el triunfo de la Revolución Cubana produjo encantamiento y enguerrillamiento en la juventud venezolana. Conoce el insilio en París, Zurich, Barcelona y Argel, entre 1962 y 1967. Regresa a Caracas en 1968, y trabaja en el Instituto de Filosofía de la UCV, uno de los epicentros de la agitada Renovación Académica (versión venezolana de sucesos internacionales: el Mayo Francés, la Primavera de Praga, la Convención Demócrata de Chicago), acto seguido, entre 1970 y 1971 vive en Chile, el de Allende, de donde regresa nuevamente a la UCV para integrarse a la cátedra de Filosofía Contemporánea hasta 1978, cuando se encarga de los cursos y seminarios de Estética, Teoría Literaria y Dramática de la Escuela de Artes. En la actualidad está jubilada y se dedica a escribir. Cuatro novelas conforman su bibliografía narrativa, además de Historias de la marcha a pie:
El desolvido (Ed. Santa Bárbara. Caracas, 1970). La noche llama a la noche (Monte Avila Editores. Caracas, 1985). El lugar del escritor (Editorial Arte. Caracas, 1992). (Siglo XXI Editores. México, 1993). Cabo de vida (Editorial Planeta. Caracas, 1994).
Teódulo López Meléndez (1945)
El libro de Teódulo López Meléndez se apoya en un triángulo equilátero conformado por la paradoja, el enigma y la elipse, cuyos catetos se disparan mediante la palabra hasta conformar una pirámide. El autor asume el riesgo de adentrarse en una trama tridimensional y cuántica, donde los tiempos históricos se funden en simultáneas reencarnaciones y los dioses alojados en mitos estelares interactúan con los hombres. El escritor se asume como un director de escena que enajena a sus actores e histrioniza al público y dice que se trata de un teatro para perturbar el alma, de un viaje a los infiernos inferiores a través del ombligo de una mujer, que en su imaginación cree cuidado por un escorpión.Sin duda se trata de una alucinación, de una novela para el siglo XXI, de la mano de un escritor cuya obra llega ya a veinte libros. De poesía: Alineación itinerante, Los folios del engaño, Mestas, Mesticia y Logogrifo; ha traducido a los tres poetas herméticos italianos del siglo XX, Ungaretti, Montale y Quasimodo, así como al portugués múltiple, Fernando Pessoa, sobre el cual produjo también un exhaustivo ensayo, titulado Pessoa, la respuesta de la palabra.
Además de El efímero paso de la eternidad, Teódulo López Meléndez ha publicado otra novela, titulada Selinunte (Universidad de Los Andes 1996), cuya trama encierra una reflexión sobre la pervivencia de los conflictos del poder y de las relaciones de pareja, en avanzadas tecnologías. Tiene una tercera, inédita, titulada Anima Mundi. Son tres trayectos, tres viajes hacia otros planetas, hacia el interior de una mujer o hacia la ubicua piedra filosofal, en los que el autor demuda la sempiterna condición humana a través de vocablos esotéricos, alquímicos, poéticos y mántricos.
En sus dos libros de cuentos Los escribientes moriremos y Los álbumes son libros en blanco cuyas hojas se llenan, su mirada se detiene en el tedio, en la inutilidad de los calendarios, en los objetos, insectos y personajes secundarios de la vida diaria, mientras que en su novelística se ha disparado hacia el futuro, hacia la segunda mitad del tercer milenio.
Debido a la sucesión ininterrumpida de sus imágenes y a la continua violación intencionada del lenguaje y de la sintaxis, Teódulo López Meléndez ha sido calificado como un escritor de palabra delirante. Por su origen (Carora, Estado Lara), ha dicho de él Marisol Marrero que "pertenece a una tierra de narradores alucinados y atormentados por las aguas arcanas del inconsciente". Ciertamente se trata de un escritor versátil cuya vasta obra comprende además ensayos políticos y crónicas periodísticas.
Luis Britto García (1940)
Por último, pero no en jerarquía, Pirata, de Luis Britto García, una obra de corte clásico. En cuatrocientas páginas vivificadas, el autor demuestra un compromiso absoluto con su trabajo, que no es otro que el de clonar constantemente las palabras y a través de ellas la historia, las costumbres, los valores, para que recobren algún significado. Menuda proeza literaria la de erguirse con la primera persona del singular para relatar con sangre la hazaña de filibusteros, piratas, Hermanos de la Costa y otros salvajes europeos en su vasta incursión en el mar y en la tierra de los Caribes. No quiera el lector de este reporte diletante sobre la literatura venezolana de fin de siglo una sinopsis, ni un resumen de una obra de múltiples lecturas que encierra entre los mosquetones y las velas cangrejas de su aparejo situaciones poéticas de enorme envergadura.El acaudalado inventario de aventuras, descripciones, situaciones, enfrentamientos, que escribe Luis Britto García en Pirata no es otra cosa que la ruta marcada en la cartografía de su obra precedente. Ya en Abrapalabra (premio Casa de las Américas 1979), una novela de 656 páginas (Ed. Monte Avila 1980), se perfila desde la primera página una sed de navegar entre cadáveres cuando dice, en la primera línea: "Nosotros, los hijos de Urakán, desafiamos para buena y leal guerra a nuestros hermanos los hijos del mar, y sobre las aguas les dimos muerte a todos, y nos dieron muerte a todos salvo a mí, que por no haber muerto de las heridas, tomando el canalete en manos ensangrentadas dirigí la piragua hacia el seno de las olas en busca del corazón de Urakán, para rendir en él la última batalla". Sólo que para el escritor la última batalla siempre es la penúltima, en su búsqueda incesante de radiografiar las utopías que el hombre se ha prefigurado en su eterno autoengaño. Y, durante el trayecto, se detiene en aquellas escalas que le permiten introducir entrelíneas musicales, lingüísticas, amorosas, antropológicas, sin perder de vista el compás, el sextante y el diapasón, tres de los ingredientes más caros en literatura.
La novela Pirata se nutre de la experiencia de navegante deportivo y submarinista del autor y de una exhaustiva investigación histórica, concluida en 1993, titulada Demonios del mar, piratas y corsarios en la costa de las perlas del Caribe.
Luis Britto García es conocido como humorista. Actualmente prepara el guión de una ópera rock, ya en 1997 había presentado una ópera salsa. Su obra abarca también varias obras de teatro, la docencia universitaria y el análisis dialéctico de la cultura.
Eva Feld. Periodista y escritora
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