Apuntes

Juan José Arreola, juglar extemporáneo

Autor de pocos pero memorables títulos en la literatura latinoamericana, el escritor mexicano Juan José Arreola (1918), es para el poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda "un orfebre de la imaginación". He allí que Borges escribiese en su Biblioteca personal: Arreola "deja fluir su imaginación, para deleite suyo y para deleite de todos". Cobo Borda confiesa ante el lector de Verbigracia su encuentro —nada extemporáneo— con la risa lúcida de éste

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Foto: Lola Alvarez Bravo
Juan José Arreola divisa la piedad recóndita

Conocí a este juglar extemporáneo en un hotel de Buenos Aires. Estaba nervioso como un niño ya que iba filmar un programa de televisión con Borges y su actitud era la del alumno desaprovechado frente al maestro insuperable. Como varios otros, había sido marcado por esa presencia tutelar, pero compensaba el estigma de los elegidos con una gracia propia.

Había escuchado la poesía a través de la zarza ardiente de la belleza y había quedado marcado por tal revelación. Agitada la blanca cabellera, vibrátiles los rasgos de la cara, inatajables los compases que dibujaban sus manos, el torrente irreprimible de la voz iba desde el soneto de Quevedo hasta el arcaísmo pedregoso de los campesinos de su tierra: Zaplotán el grande, donde nació en 1918.

La gente, siempre infame, lo acusaba de haberse vendido a la televisión y glosar con erudición griega los juegos olímpicos de entonces. Pero, ¿cómo glosar los juegos olímpicos si no era con erudición griega? Pensé en Jean Cocteau desbordado también por el relampagueo de su ingenio, pero su escenario no eran los salones parisinos sino la misma y compartida tierra de la rebelión cristera que arrastraba entre muertos y silencios con su compadre Juan Rulfo y que comparte en textos inclementes como "El cuervero".

De ahí la parquedad de sus obras, su reticencia personal. La nube de neurosis y alcohol que parecía aureolar sus leyendas paralelas. Pero si Rulfo era un paisajista del ánima, Arreola era un orfebre de la imaginación. Taraceaba sus piezas con primor y las pulía hasta llegar a esa delicia incandescente del idioma congelado a su más alta temperatura. Repasándolo, me inquietó el odio misógino que parece escapar de esas viñetas feroces —el hombre como rinoceronte que bufa sobre el cuerpo imposible de una mujer que lo agota—, pero una estudiosa catalana de su obra, María Beneyto, a quien se lo comenté, me sugirió otra hipótesis: en realidad él busca la pareja primordial, disociada en las puertas del Paraíso. De ahí esa rabia con que se empecina en recobrar lo perdido, escamoteado entre los simulacros terrestres de un esplendor insuperable. Zoólogo y miniaturista, sus escenas teatrales de provincia tienen la crueldad refinada de quien se asoma a la farsa por detrás del escenario como lo aprendió de Jean Louis Barrault en la Comedia francesa y se conduele de ver cómo los celos del marido ante los devaneos teatrales de su mujer con el mejor amigo de la casa llegan al delirio sumo: aquél termina por atribuirlos a una conspiración del pueblo circundante, no al irreprimible hechizo que desvía las órbitas y produce conflagraciones tan luminosas como dramáticas. Por ello "La vida privada" como "El faro" convierten el adulterio en una mascarada bufa. A fuerza del rigor estilístico logra profundos sacudimientos morales.

Algo teatral hay en sus textos de malamor, pero lo que siempre termina por salvarlos, más allá de la desenfrenada impudicia de sus lacras sentimentales, es la límpida armazón de su estructura literaria. Así esa mariposa que termina por ahogarse en el grasoso potaje de la sopa conyugal como en ese texto certero llamado "Metamorfosis", que con razón Octavio Paz incluyó en su antología de Poesía en movimiento, México 1915-1966, precedido por estas palabras:

"Pensamos que ha escrito verdaderos poemas en prosa. Fantasía, humor y el elemento poético por excelencia, el elemento explosivo: lo inesperado. Tensos y violentos (…) la corriente que transmiten esas transparentes paradojas es de alto voltaje (México, Siglo XXI Editores, 1966 p. 23)

Como los textos de Marcel Schomb, Papini, Julio Torri o Henri Michaux, Arreola se nutre de la historia para mostrar mejor su descuartizado corazón. A partir, por ejemplo, del precioso poema de Garci Sánchez de Badajoz (1450-1520) "Recontando a su amiga un sueño que soñó":

Muy poco ha que pasó
solo por esa ribera,
y como le vi y me vio
yo quise saber quién era
y él luego me lo contó
diciendo: Yo soy aquel
a quien más fue amor cruel,
cruel que causó el dolor,
c’ a mí no me mató amor,
sino la tristeza de él.

Esa recóndita vena de conmovida desolación lírica y que se trasluce, al máximo, precisamente en el texto que le dedica a Garci Sánchez de Badajoz, titulado "Loco de amor":

"El desierto jardín de madrugada, Allá va Garci-Sánchez de Badajoz, transido de amoroso desvelo, bajo el peso de su cítara inaudita.

Va por el jardín del sueño, loco de amor, escapado de su cárcel divagada. Buscando bajo los lirios la trampa de la acequia. Mundo abajo, razón abajo. Rodando en la pendiente de dos ojos oscuros, feroces de mirada indiferente. Cayendo en el hueco de una oreja sin fondo. A paletadas de versos tristes cubre su cadáver de hombre desdeñado".

Ya Borges al referirse a Enrique Branchs hablaba de lo productivo poéticamente que puede ser la indiferencia o el rechazo. Pero el prodigio de Arreola es cómo su juego culposo con la retórica amorosa se despliega en muchas otras direcciones. Y así bien puede ir de animalescos ejercicios kafkianos como la "La gigala" hasta pormenorizados prospectos científicos como "Baby H.P.". "Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H.P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña" al convertir en fuerza motriz la vitalidad de los niños, o "El fraude" en el cual las estufas Prometeo comienzan a «fallar inexplicablemente», y la empresa fáustica del aparato perfecto se trueca en la convencional relación del vendedor que abandona los sueños del creador mesiánico y se entrega al simple y satisfecho derrumbe de la vida cotidiana con una quejosa compradora de tales artilugios.

Como lo vio muy bien Jorge Luis Borges, en el prólogo a los Cuentos fantásticos (1986) de Arreola «la gran sombra de Kafka se proyecta sobre el más famoso de sus relatos, El guardagujas, pero en Arreola hay algo infantil y festivo ajeno a su maestro, que a veces es un poco mecánico».

Arreola tiene la agilidad trashumante de quien va de la Numancia cercada por los romanos a los criminales que usó Felipe II con fines políticos para arribar a las crueldades actuales de la segregación racial en Estados Unidos, tal como lo atestigua su "juguete cómico en un acto": La hora de todos como el texto incluido en Palindroma (1971) y titulado "Hogares felices". En él como en "Starring all people" es el cine quien se encarga de cerrar, con fulgurantes visos apocalípticos, el recorrido de esta prosa, exacerbada en la precisión y desquiciada por la aguda mirada que lanza sobre seres y cosas, quitándoles su soporte convencional. En su notable "Bestiario" —esta descripción de los cisnes es por cierto un hallazgo— mira el mundo desde la literatura y le otorga el frescor de una nueva vida:

"Los cisnes atraviesan el estanque con vulgaridad fastuosa de frases hechas, aludiendo a nocturno y a plenilunio bajo el sol del mediodía. Y el cuello metafórico va repitiendo siempre el mismo plástico estribillo… Por lo menos hay un negro que se distingue: flota al garete junto a la orilla, llevando en una cesta de plumas la serpiente de su cuello dormido" (p 26).

El modernismo se ha trocado en un surrealismo de bases clásicas. Arreola, lector, maestro y declamador no condesciende con frecuencia a la escritura. Pero cuando lo hace, como lo confesó en sus memorias narradas a Fernando del Paso, debe intentar lo imposible: llegar a la perfección, a "Escribir de manera excepcional" o como el mismo lo dice, en la deliciosa autobiografía con que se abre su "Confabulario": "un afán de perfección al servicio del resentimiento". Por ello el lenguaje al que aspira es al "lenguaje absoluto".

Pero Arreola, como su amigo y según creo paisano Antonio Alatorre, el autor de ese magistral libro sobre los 1001 años de la lengua española es también "muy antiguo y muy moderno": se nutrió de la savia ancestral para esclarecer el absurdo contemporáneo. Se queja de no haber servido con inalterable fidelidad a la literatura, no es válida ya que la sabia, compleja e irónica relación que ha mantenido con ella, enriqueciéndola, se torna de una sutileza conmovedora y de una apertura inabarcable gracias a la claridad vertiginosa con que sus breves poemas en prosa nos abren el calidoscopio abismal de un mundo sin fin: el de la propia literatura. Un crítico como Paul de Mann en ese elegante libro sobre la retórica y la ceguera en la historia de la crítica contemporánea, nos muestra la tortuosa dificultad, por cierto fascinante, con que Heidegger lee a Hölderlin. Leamos cualquier texto de Arreola, como aquel que dedica a la Dulcinea de Cervantes, para escuchar su risa lúcida. Este texto bien puede ser el "Pierre Menard" de Arreola: un Aleph sin término en el cual todos nos perdemos con deleite y callamos, cómplices, en el secreto compartido.

El más alto humor no hace sólo reír a carcajadas. Nos lleva a sonreír piadosamente sobre el hombre y sus quimeras imposibles. Tal la lección de Arreola. Su magistral lección de agudeza implacable y piedad recóndita.

Juan Gustavo Cobo Borda. Ensayista y poeta colombiano

 

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