|
Ultimo
Sábado
SERGIO CHEJFEC
Entre planetas
Entrar en el
juego que propone Sergio Chejfec en su más reciente novela,
Los planetas (Alfaguara, 1999), es mirar de frente aspectos
complejos de la historia
de Argentina. Para Rafael Castillo Zapata este libro es un "artilugio
insidioso"
que permite al autor nombrar lo innombrable: esa experiencia que
comporta "la muerte incierta,
la desaparición sin verificación" de un ser amado,
extraviado "en el torbellino político
de aquel extremo sureño del mundo donde acontecen los hechos"
La verdad es que este
es un libro enorme, y la vastedad de los caminos de la conciencia
moral y de la imaginación ante los cuales nos coloca debería,
de entrada, paralizarnos ante la idea de decir algo, no sobre él
o acerca de él, sino algo con él: estar a la
altura, con nuestras palabras, de ese magnífico artilugio
insidioso que ha construido Sergio Chejfec para hacernos
entrar en su juego y lograr, como quería Coleridge,
que suspendamos provisionalmente nuestra incredulidad para creer
en la mentira maravillosa que nos propone como estratagema para
hablarnos de lo que no se puede hablar, de lo innombrable, de aquello
que llamamos, nosotros, hombres civilizados, el mal.
Uno podría
haber elegido otro terreno para invitar a leer este libro: uno podría
tentarlos con la idea de que Los planetas (Buenos Aires,
Alfaguara, 1999) es la historia de una amistad territorial,
o que es el intento de construir una física o una geografía
alucinatorias en el afuera y el adentro indistintos de una real
e irreal Buenos Aires, o que es un tratado acerca de lo
incierto construido a fuerza de argumentos reversibles;
y, no obstante, elegimos precisamente el terreno del mal porque
nos parece que todas esas virtualidades del libro no son sino la
forma indirecta, indecidible, de decir lo indecible que esa experiencia
innombrable comporta: la muerte incierta, la desaparición
sin verificación de alguien que se ha amado y se ha perdido,
extraviado, en el torbellino político de aquel extremo sureño
del mundo donde acontecen los hechos.
Pues, me parece,
todas las ecuaciones enigmáticas y las paradojas y cantidades
incógnitas con las que Chejfec sabiamente teje el
mundo alrededor de sus personajes (el modo como pone en ellos pensamientos
y palabras asombrosos, propios de una lógica rigurosa aunque
a menudo arbitraria; el modo como los hace vivir experiencias alucinatorias
donde las leyes de la orientación en el espacio y el tiempo
se trastocan ante nuestros ojos hipnotizados sin saber cómo);
todas estas hipótesis imaginarias que se plantean abiertamente
porque se saben, de entrada, indemostrables, y quedan, entonces,
flotando como bloques de incertidumbre a la deriva; sirven para
construir, sin grandes aspavientos descriptivos (y sí con
un despliegue argumentativo de tono filosófico o metafísico
magistralmente simulado), una suerte de atmósfera ominosa
cuya presencia es constante pero imposible de acotar, imposible
de situar en un determinado punto de la trama o del argumento; nos
acompaña siempre, sabemos que está ahí impregnándolo
todo, tendiéndonos sus trampas, envolviéndonos a medida
que avanzamos con el narrador en los laberintos que ha construido
para ponernos a prueba (Ariadna diabólica, nos ofrece todos
los hilos y ninguno, nos conduce y nos pierde; su estrategia es
el extravío, el vértigo, la náusea); esa atmósfera
ominosa no es otra que la que emana, constante, al parecer de forma
irredimible, de la experiencia radical del mal, experiencia que,
como sabemos, es innombrable: si aceptamos que el mal es todo aquello
que escapa a las posibilidades de simbolización del hombre,
aquello que, sucediendo y ejerciendo sus incontestables efectos,
no puede sin embargo ser dicho y se resiste, insidioso, al asedio
del lenguaje, entenderemos que las precisas imprecisiones, los
aforismos polívocos, los paisajes inquietantes que constituyen
el mapa imponente de este discurso, son el camino estratégico,
la táctica inspirada que ha encontrado el autor para hacernos
experimentar la radicalidad del mal sin nombrarlo: eso inquietante,
eso siniestro -olvidada experiencia familiar remota que retorna
bajo la forma del horror extremo y frente a la cual, como siempre,
faltan o sobran las palabras-. Y Sergio Chejfec ha encontrado, al
parecer, en este caso, la economía justa para mostrarlo,
del único modo que nos es humanamente posible, mediante la
eficiente astucia de la imagen.
Rafael
Castillo Zapata.
Ensayista y poeta
|
|
N°
43 Año III
Caracas, sábado 26 de febrero de 2000
|
| |
 |
|
|
| |
|
|
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
| |
|