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JOSE
HIERRO TRANSPIRA SU PREOCUPACION SOCIAL ATAVIADO DE EMOCIONES ESTETICAS
El
poema como píldora contra el receso de la vida
Los innumerables premios recibidos no han alejado a José
Hierro de la sencillez que desde siempre, a lo largo de sus "setenta
y siete años de viva devoción a la palabra" lo
ha acompañado. En ese entorno (desde Santander/ España)
lo aborda Ana Belén Rodríguez, quien lo anima
a decir de su búsqueda de la poesía. Para Hierro se
trata siempre de un "auténtico testimonio" que
puede partir desde el yo o desde el nosotros y narrar algo que socialmente
importa.
De allí su idea de que toda la poesía nace "de
la experiencia", propia o ajena: "el poeta puede sentirse
impresionado por un suceso ajeno e inmiscuirse como protagonista
de algo que (
) humanamente es posible"

Foto: Andrea Comas / Reuters
José Hierro: "...me
importa bien poco la inmortalidad"
Me dirijo a una contienda
dialéctica segura, si es que mi interlocutor exacerba, de
forma siquiera mínima, su potente temperamento verbal, esa
palabra casi líquida por su inmanente fluidez, que le define
con coherencia como habitante por pleno derecho del áspero
paisaje de la creación.
En el lugar concertado para nuestro encuentro me espera una mirada
firme, acompañada de unas manos increíblemente poderosas
y una copa de Chinchón. Y la sencillez en derredor como extraño
marco para un Premio Adonais, Premio de la Crítica, Premio
Príncipe de Asturias, Premio de las Letras, Premio Cervantes.
Una sencillez casi sórdida por lo común ante setenta
y siete años de viva devoción a la palabra; hecha
materia, en su caso, desde 1947.
José Hierro es conocido, entre otras muchas cosas,
por su declarada aversión a las etiquetas, a los marbetes
establecidos para comodidad de la crítica o por mera funcionalidad
académica. Este hecho, unido al turbulento panorama poético
español actual, dominado por una acre descalificación
y segregación recíprocas entre los poetas llamados
"de la experiencia" y los "del silencio" o "del
fulgor", me empuja malévolamente a alentar las tendencias
iconoclastas de Hierro.
ABR: Podríamos comenzar por cuestionar las más
elementales señas de identidad de la poesía de este
siglo, al menos desde la perspectiva de la crítica. ¿Le
parece adecuado establecer una distinción entre "poesía
de la comunicación" y "poesía del conocimiento"?
JH: ¿Qué poesía no es del conocimiento,
qué poesía no es de la experiencia? Es indiferente
que la experiencia sea propia o bien asimilada. El poeta puede sentirse
impresionado por un suceso ajeno e inmiscuirse entonces como protagonista
de algo que él mismo no ha experimentado pero que humanamente
es posible.
-Siguiendo siempre la preclara senda marcada por los críticos,
encontramos que éstos se esfuerzan en calificarle como "poeta
puente" entre ámbitos variopintos y diversos: entre
la primera generación de posguerra y la siguiente, entre
los poetas del 27 y la poesía actual
¿Admite
sin enojo esa identidad arquitectónica? ¿Piensa, en
cualquier caso, que es una identidad exclusiva, o prefiere pensar
que pueden existir más "poetas puente"?
-Todo poeta es puente; es decir: parte de una tradición y
asume lo que le rodea, a la vez que intenta aportar algo. En ese
puente, eso sí, puede darse una ruptura, en el sentido de
que es una continuación de lo anterior en contienda con una
elaboración. Pero todo poeta depende de lo que ha ocurrido
y prepara algo de lo que va a ocurrir. Por tanto, siento no poder
considerarme una excepción.
-En los manuales José Hierro pasa por ser casi el poeta
testimonial por excelencia, pienso yo que en un sentido lato, si
es que se pretende restringir lo testimonial a lo político-social.
¿Cree que la obra poética puede y debe ser testimonial
en un sentido histórico y concreto?
-La obra es siempre un testimonio histórico. Bien distinto
es que el testimonio, precisamente por estar yo en contra de toda
clasificación estricta, deba identificarse con la poesía
social, lo que resulta un completo absurdo, entre otras cosas por
las imposiciones que acarrea: sobre todo, el sacrificio del yo por
el nosotros, por el sujeto colectivo. Además, a la poesía
social tampoco le conviene cualquier sujeto colectivo: "nosotros
los enamorados" no es social, "nosotros los mineros"
sí es social porque parece que lleva una carga reivindicativa;
predicar la necesidad de vivir una poesía social preñada
de injusticias está más próximo tal vez a los
planteamientos de una poesía religiosa con afán de
merecer la aprobación divina. Por el contrario, el auténtico
testimonio puede partir desde el yo o desde el nosotros; yo puedo
narrar algo que socialmente importa: que han matado a un niño,
que han masacrado a una multitud
Aunque en realidad es más
complejo, es la imprevisibilidad de un autorretrato: el poeta coge
una cámara y se pone delante de un espejo para retratar su
bello rostro, pero al fondo puede ocurrir que estén cayendo
las hojas de los árboles o que estén degollando a
cien personas.
-Pasemos a hablar de la palabra. Demócrito decía
que la palabra no es más que una sombra de las cosas, y sobre
todo de los hechos. ¿Cómo acomete la poesía
el trato con un material tan díscolo?
-Con gran dificultad, sin duda. Yo, al menos, soy muy lento, puedo
llevar años con un solo poema. De hecho, hay varios poemas
que no he podido incluir en mi último libro, sencillamente
porque no he logrado terminarlos. Y es que en poesía la palabra
dice siempre más de lo que dice, lo cual es terrible. Cada
poema tiene en su momento una palabra exacta, más precisa
que otra, insustituible. No creo en los sinónimos. Sólo
el ritmo, que para mí es fundamental, logra compensarme y
ayudarme en esa búsqueda perpetua.
-La palabra puede ser evaluada desde la escritura y desde la
lectura. ¿Cabe trazar algún tipo de frontera entre
leer y escribir?
-Leer, en principio, es algo que todo el mundo puede hacer, a diferencia
de escribir. Pero también hay que saber leer. No es una mera
cuestión de cultura, de preparación, sino de sensibilidad.
A este respecto, me parece que decir que la poesía se vende
poco porque se lee poco es una falacia: a la gente le gusta la música
y no compra partituras. Que no se compren libros de poesía
no significa que no guste la poesía, sino que no se sabe
leer: la palabra poética hay que oírla con oído
poético, lo mismo que se disfruta una pieza musical sin saber
leer su partitura. El "profesional", de todos modos, cuenta
con la ventaja de percibir lo que escribe y saber además
cómo lo hace.
-De hecho, esa relación que usted afirma entre poesía
y música era en la Antigüedad un concepto plenamente
asumido.
-Cierto, en la Antigüedad y en los renacimientos. En el Renacimiento
en concreto hay un centro y unos radios que convergen hacia él:
pintura, poesía, arquitectura, escultura, música,
arte del espacio, arte del tiempo. Cuanto más cerca se hallan
del centro, más próximo se está al ideal de
arte total, al que por supuesto no se llega nunca, pero que pasa
necesariamente por una estructura y una sensibilidad rítmica;
en este sentido, arquitectura, música y poesía me
parecen ámbitos fundamentales. Por otra parte, tal vez debería
tenderse hacia una fusión de las diferentes manifestaciones
estéticas. Sin embargo, son las diferentes épocas
las que prestan más atención a unas que a otras. Yo
prefiero trascender las consideraciones temporales. Por ejemplo,
para mí un simbolista, por encima de la obvia referencia
francesa, es un ser poético que hace del poema una forma
de indagación, en tanto que el parnasiano se sabe el poema
de antemano; esto último no es conveniente. El poema es como
un perro lazarillo, que previamente ha sido adiestrado por el ciego;
es el perro quien debe guiar al ciego, pero hasta donde éste
quiere ir.
-Si esto ocurre con el poema, ¿qué es lo que ocurre
con el libro? ¿Conduce el poeta al libro, o es en cambio
conducido por él?
-El libro sólo es una serie de secuencias. Al poeta le corresponde
articularlas, ordenarlas. Es verdad que hay quien escribe libros,
y quien escribe conjuntos de poemas. Escribir "libros"
es malo si se hace parnasianamente; no puede haber un propósito
cuando se escribe un poemario.
-¿Cuál es para usted la relación entre la
vida y la escritura? Mantenía Enrique Lihn que vivió
porque escribió. ¿Cree que en el poeta la vida debe
pasar por las palabras?
-Depende de cada poeta. Yo opino siempre que escribir sobre la vida
es una forma de no saber vivirla. Los héroes, los semidioses,
no contaban sus hazañas: las vivían. La escritura
es una limitación, recurrimos a ella cuando la intensidad
de la vida nos falla y necesitamos evocar lo que vivimos en el pasado
o lo que pudimos vivir o lo que quisiéramos vivir en el futuro.
Todo lo que ocurre en la literatura se produce porque la vida no
te satisface, por tanto. Los lectores pueden aprovecharse y disfrutar
de la carencia de plenitud vital de los escritores.
-Esta peculiar, frustrada elaboración de la realidad,
¿se hace con presupuestos irracionales o meditados?
-Yo no creo en lo irracional en absoluto, sino en ciertos sueños
que no tienen palabras, pero en lo habitual nos expresamos siempre
por medio de unas fórmulas lingüísticas convencionales.
Incluso los suprarrealistas, que bebían y tomaban drogas,
no podían evitar recurrir a tales fórmulas. Esto sólo
se combate por medio de una intuición irracionalista extraña
que hay que codificar.
-Un aspecto escabroso es el de la propiedad de la obra literaria.
¿Ha de hacerse la obra propia necesariamente ajena? Ese afán
de universalizar la obra se me antoja utópico si estaba en
lo cierto quien dijo que un poema son dos soledades: ¿es
determinante el desencuentro entre el lector y el escritor?
-La valoración de la obra poética por el lector discurre
con frecuencia por caminos ajenos a los intereses del poeta. A mí
por eso me importa bien poco la inmortalidad: yo escribo para entenderme,
para objetivar eso que está confuso e inconsciente, aunque
busque a un público para compartirlo. Se da entonces una
mezcla imposible de cobardía, de pudor e impudor a un tiempo,
que te impulsa a decir a gritos y en público lo que en privado
no te atrevías a decir. Pero esta pequeña dependencia
no me parece verdaderamente decisiva.
-No
obstante, a pesar de su desinterés por la inmortalidad, ya
hay quien lo presenta como un clásico, y es sabido que el
clasicismo implica eternidad, y de paso, un pequeño lugar
en la Historia. ¿Cómo lo encaja?
-Esa consideración puede tener una doble lectura. Por un
lado, puede significar que se me estima en decadencia física,
próximo a la desaparición. Sin embargo, para mí
un clásico siempre ha sido algo vivo, y precisamente en la
lectura se reavivan los clásicos y se hacen contemporáneos.
Situarle a uno junto a Lope de Vega o Quevedo es un
elogio. Pero sospecho que los que me tildan como clásico
están pensando en la primera de las acepciones.
-¿Qué impresión le produce la amplísima
opción de revistas, premios y antologías literarias
circulantes hoy en día? En su momento Juan José Lanz
apuntó la posibilidad de que las antologías podían
suponer para el lector actual una alternativa cómoda frente
a las revistas literarias.
-Todas ellas cumplen una determinada función, ninguna es
desechable, sino simultánea. Y ello por un motivo fundamental:
sólo en España, se publican más de tres mil
libros de poesía al año, cifra que es inabarcable
en su totalidad para cualquier lector. Las antologías son
un buen instrumento para formarse una idea general del panorama
escrituario de un país, igual da si es el propio o uno extranjero.
Las revistas son quizá más interesantes para el historiador
de la poesía. Por ejemplo, la aparición del Perfil
del aire de Cernuda, en 1927, pudiera entenderse como
innovadora si no se conociera la publicación previa en revistas,
por parte de Guillén, de algunos poemas anticipadores
de su Cántico.
-Ya que hemos hablado del conocimiento de la poesía de
otros países, se me ocurre preguntarle por su percepción
particular de la poesía suramericana; qué le sugiere
la comparación, incluso, entre la poesía suramericana
y la española.
-La poesía hispanoamericana es más imaginativa en
sus palabras. Es un contraste similar al que se da en la propia
poesía española: mientras que la del norte es más
austera, más seca, la meridional resulta de mayor vuelo verbal.
No podemos olvidar tampoco que la renovación de la poesía
española viene, precisamente, de la mano de un hispanoamericano,
un nicaragüense; la elaboración española del
Modernismo que retorna a América con Unamuno, Machado,
Juan Ramón
y los del 27, nos es devuelta nuevamente
con frescura por Neruda o por Vallejo. En general, la poesía
hispanoamericana es más fastuosa en la forma y el concepto,
entendiendo "fastuosa" en un sentido positivo. Ello no
implica una superioridad, pero es un hecho indiscutible.
-Algún clásico necesitaba el vino para decir la
verdad: ¿qué necesita el poeta?
-Yo sólo digo la verdad cuando puedo decirla. Hay poetas,
no obstante, que se autojustifican tomando una copa para decir lo
que no deberían haber dicho. Pero creo que, en general, en
la poesía funciona cierta represión que te impulsa
a callar aquello que estimas que debe ser silenciado.
Ana
Belén Rodríguez de la Robla.Ensayista
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N°
44 Aņo III
Caracas, sábado 04 de marzo de 2000
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