Apuntes

La literatura cautiva
y el hombre frente al patíbulo

No se trata de una reflexión pesimista "y de mal agüero sobre el futuro de los libros
y la imposibilidad de los lectores; sino más bien como esa relación ha estado marcada
profundamente por los avatares de un mercado que, inexorablemente, nos impone sus reglas
del juego", advierte Wilfredo Machado y pasa a deducir que: "No es a la muerte del libro
a lo que se teme, sino a la muerte de la inteligencia, esa sensibilidad mal herida
que florece en la sombra junto al mal"


Raoul Hausmann. El crítico de arte. 1919/20


Quizás fue Ray Bradbury, en una extraña e insólita novela de anticipación, Fahrenheit 451, quien modeló uno de los finales más sombríos y luminosos de toda la literatura en el futuro y, por supuesto, el desmembramiento de esa relación inefable entre escritores, editores y lectores. Los libros desaparecían volatilizados en el calor de las llamas que ascendían al cielo como piras fúnebres. Las cenizas revoloteaban sobre las grandes hogueras que consumían a las bibliotecas. Toda la cultura del libro como objeto desaparecía de la faz de la tierra. Si bien la quema de libros ha sido una práctica conocida desde la antigüedad -basta mirar al pasado para verlo- no menos cierto es que esta práctica nos alcanza en el presente y quién puede dudarlo, continuará en el futuro. Sin embargo, Bradbury, en una actitud sospechosamente romántica, abre una escotilla de escape. Grupos de disidentes que vivían en los bosques cercanos a la ciudad recurrían a uno de los dones más preciados de la naturaleza humana: la memoria, el recuerdo; esa capacidad de aprender y reproducir el conocimiento sólo para salvar buena parte de la cultura literaria del mundo: seis hombres podían ser La Divina Comedia, pero se necesitaban al menos doce para la Ilíada, y tal vez una veintena para el ingenioso hidalgo de La Mancha. De esta manera la tradición literaria en la ficción novelesca había logrado sortear los escollos de su posible desaparición en un mundo futuro y se mantenía -más o menos- intacta a la espera de mejores tiempos. Pero no siempre la literatura saldrá airosa de esos percances. La presunción de una relación entre escritores y lectores resulta un tanto baladí al entender que la verdadera relación se opera íntimamente desde los libros y el posible lector que recorre alguno de los caminos de la ficción en busca de sentidos. Mas no se trata de reflexionar sobre esta "relación" desde una perspectiva pesimista y de mal agüero sobre el futuro de los libros y la imposibilidad de los lectores; sino más bien revelar cómo esa relación ha estado marcada profundamente por los avatares de un mercado que, inexorablemente, nos impone sus reglas del juego. Viejo tema este de los valores de uso y cambio, y sobre el que se ha escrito una montaña no tan mágica de obras. Susan Sontag escribió en su libro Sobre la fotografía que "todo existe para ser fotografiado". Podría agregarse, como una de las parodias de nuestra tiempo, que todo existe para ser negociado, vendido, canjeado, copiado y vomitado mil veces, etcétera. Extraña paradoja la que nos ha deparado la modernidad del mercado: jóvenes Kafkas que derraman su escuálido ingenio de circo en las vitrinas de las librerías, o en las aburridas páginas dominicales para luego desaparecer como una nube de humo sin dejar rastro. Una vez cruzada la última línea nos percatamos de lo prescindible que pueden ser tantos libros. El nuevo Proust del mes, que luego de una lectura nos deja la extraña sensación de que, verdaderamente, perdimos el tiempo. No se hagan ilusiones. Este es el gran mercado editorial; el que se asienta sobre las ruinas de lo que alguna vez llamamos clásico. No pasará mucho tiempo sin que se hable de esta grandiosa y novedosa era del libro como la del fast book. Es probable que, incluso, ya estemos en ella y ni siquiera nos hayamos percatado de su existencia.

El lector, un lector, cualquier lector, un día piensa en los libros que ha recorrido como en una geografía permanente del asombro; alguna vez se ha perdido en una embarcación de Conrad, o en una oscura selva de Quiroga mientras navegaba por un río; alguna vez estuvo oculto dentro de "El Castillo" de Kafka y pudo ver los círculos del "Infierno" de Dante en su interior: Todo desaparecía por un momento eterno, y sólo permanecía el libro hasta la última página. Afuera comenzaba a amanecer. Quienes se han acercado a los libros de esta manera saben a qué me refiero; para ese lector este es un momento parecido a la felicidad. El papel de los editores no ha cambiado mucho desde los albores de la imprenta: servir de puente para ese viaje interior que es la poesía, la ficción literaria, el conocimiento en su más amplia expresión. Pero es evidente que ésta es una aproximación un tanto sui generis , elaborada desde un tufillo idealista y romántico. Por otro lado, esa permanente y decadente modernidad literaria esconde el secreto de su inutilidad en el manto de banalidad con el que pretende abordar el mundo. Rapsodia sin música, como si eso fuera posible. Si bien el ideal de lo Clásico parece abolido por la Modernidad, esa vaga gloria del diente roto que se vislumbra como una parodia de lo efímero. Aquello que sólo puede ser alcanzado durante los quince minutos que propusiera Warhol.

"Hoy en día el escritor, creyendo bajar a los infiernos se contenta con bajar a la calle, porque ambos ríos, los dos grandes ríos de la comunicación elemental, tienden a confundirse, al pasar el uno dentro del otro; porque el profundo rumor original -allí donde se dice algo pero sin palabras, donde se calla algo pero sin silencio- no deja de parecerse a la palabra no parlante, la audición mal oída y siempre al oído que son 'el espíritu' y 'vía' públicos. De ahí que, muy a menudo, la obra procura ser publicada antes de ser, buscando la realización, no en el espacio que le es propio, sino en la animación exterior, esa vida que es de rica experiencia, pero, cuando uno quiere apropiársela, peligrosamente inconsistente. Semejante confusión no es fortuita. El extraordinario batiburrillo que hace que el escritor publique antes de escribir, que el público forme y transmita lo que no oye, que el crítico juzgue y defina lo que no lee, por último, que el lector haya de leer lo que aún no está escrito, ese movimiento que confunde, anticipándolos cada vez, todos los diversos momentos de formación de la obra, los reúne también en la búsqueda de una nueva unidad. De ahí la riqueza y la miseria, el orgullo y la humildad, la extrema divulgación y la extrema soledad de nuestra labor literaria, que tiene por lo menos ese mérito de no desear ni el poder ni la gloria". Este largo texto de Blanchot tomado de la obra El libro que vendrá ilustra en buena medida lo que, sin duda, es una práctica aberrante, pero al mismo tiempo muy común de nuestra modernidad artística. Aprender a reconocer en la hojarasca a La hoja que no había caído en su otoño, la hoja que se sostiene casi como un sueño en mitad de la noche y que resplandece de una forma diferente. Porque el arte es siempre lo individual y no lo colectivo, lo solitario y no lo adocenado, lo esencial y no esa moda anodina que nos venden como literatura y arte. ¿Alguien recuerda la palabra humildad? Aprender a florecer como una planta, girar un poco en busca de sol y de aire fresco. El silencio también debería ser parte de la obra. Pero la espera es también un largo aprendizaje para el viaje a Itaca.

Sin duda, el libro es el verdadero punto de equilibrio del triángulo; a veces amoroso y odioso otras tantas. He aquí el nudo verdadero de toda querella. Muchos escritores escriben obras que van a llenar los cementerios de libros, aunque eso sólo lo decida el tiempo. Tarde o temprano sólo recordaremos la inscripción de una lápida, una palabra ahogada, el lento estertor de una frase que agoniza. Hay algo de magia en eso de escribir libros, lo que no abundan son los magos. Esa mirada furtiva de alguien que se acerca con devoción a las palabras y que ha combatido contra los titanes en alguna lectura de domingo, lo hacen siempre pedir más. No la copia anodina y silvestre del mundo, sino el otro mundo, extraño y perfecto, aunque siempre le hayan dicho que es elevado en los Polos y achatado en el Ecuador, o viceversa.

Cada cierto tiempo aparecen las voces agoreras de las parcas que recorren las comarcas anunciando la muerte del libro. Esto también ya es parte de la tradición literaria. No es a la muerte del libro a lo que se teme, sino a la muerte de la inteligencia, esa sensibilidad mal herida que florece en la sombra junto al mal. Escribir es también revelar lo que no sabes. Escribo, luego maldigo. Los escritores donde quiera que estén siempre serán un estorbo, una piedra afilada en el zapato que gotea sangre. Como personajes de Beckett, los escritores esperan sin creer mucho que alguien vendrá. La literatura podría ser una desesperanza si no estuviera tan marcada por el azar.

"A menudo he pensado que la mejor vida para mí consistiría en recluirme con una lámpara y lo necesario para escribir en el recinto más profundo de un amplio sótano cerrado. Me traerían la comida desde afuera y la depositarían lejos, tras la puerta más externa del sótano. El ir a buscar esta comida, vestido sólo con una bata, a través de los pasillos del sótano, sería mi único paseo. Luego regresaría junto a mi mesa, comería lentamente, reflexionando, y de inmediato volvería a escribir. ¡Y qué cosas escribiría entonces! ¡De qué abismo las arrancaría!" (Franz Kafka. Correspondencia personal). Y sin embargo, escribir para, finalmente, terminar siendo objeto de vivisección, conejillo de Indias de alguna universidad norteamericana, donde las profesoras roen los libros como ratones de ojos azules frente a un pedazo insípido de queso. En esto se ha convertido la apuesta de la ficción de la poesía, de la literatura misma como experiencia; fenecer como una tímida doncella triste que no encuentra consuelo sino en las multitudes. "El mugido del rebaño serpentea lentamente sobre las hojas" como lo diría Gray. La verdadera tragedia de la modernidad tiene que ver con una ceguera que no distingue la hiedra venenosa del trébol de cuatro hojas. Para ella todas las formas ruinosas del mundo representan lo mismo. Banal o profundo, efímero o permanente, ruido o silencio, nada importan, pero "…¿qué cosa permanece?" preguntaba uno de los policías bajo la lluvia ácida al final de Blade runner. Nadie parece tener la respuesta. En la antigüedad alguien le habría vendido el alma al diablo por una respuesta; hoy, seguramente, la buscarían en las páginas amarillas. La alquimia de esa relación entre escritores y lectores está en otra parte, y adonde sólo se puede llegar con la clara intuición de los ciegos para guiarse en la oscuridad más profunda. Tal vez en el futuro, los lectores, esa "inmensa minoría" como lo dijera Paz, se reúnan de nuevo en las catacumbas a contar y a soñar las historias esenciales de la humanidad frente al fuego de las hogueras, cuando los dioses animaban las cruentas batallas del pasado. El primer hombre y el último se verán desde un extremo del tiempo a través de una cortina de niebla. "Decía Donne que nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo, y que sin embargo todos dormimos desde la matriz hasta la sepultura, o no estamos enteramente despiertos. Una de las misiones de la gran literatura: despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo" (Ernesto Sábato. El escritor y sus fantasmas).

Wilfredo Machado. Ensayista

N° 44 Aņo III
Caracas, sábado 04 de marzo de 2000
 
 
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