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Ensayo
CESAR SECO HACE
VER AL POETA EN SU ALUMBRAMIENTO
Novalis
"está a ojos abiertos al suceder del cielo"
El nombre de
Novalis se erige como una suerte de paradigma en el que realidad
y fantasía son inseparables. En sus Himnos a la noche
César Seco se topa con la clave para
acceder desde el "vacío país de la oscuridad
donde 'todo sobrenada' al país del alumbramiento. Amanecer
delante de la noche" y abrazar "vida y muerte en una sola
mirada".
El encuentro con el poeta alemán estuvo signado por el destino:
"No tuve dudas:
una voluntad actuaba y me sumergía en la lectura de Novalis"

A
Ramón Miranda y Wolfgang Garvett
Luego
de un inicial interés, aplazado durante años, en buen
momento me sumerjo en la lectura de Novalis. Un amigo tenía
en su Völskswagen un pequeño libro de cubierta oscura.
El vio de inmediato cómo mis ojos se fueron hacia el ejemplar
que estaba entre los dos asientos delanteros. No tuvo reparo en
colocarlo en mis manos, no sin antes hacer un ademán de niño
que lo separan de algo muy querido. Esto ocurrió en medio
de un silencio venerable. Sabemos que Novalis fue un poeta
despierto al sueño. Mi amigo es un insomne.
Mi primer encuentro con Novalis ocurrió cuando hacía
de asistente en la biblioteca pública de mi ciudad solar.
Cierta mañana ordenaba una ruma de libros y me topé
con los cuentos de Herman Hesse. Al abrir el libro fui a
dar a las páginas de un cuento titulado "Edmund".
Cuenta éste la historia de un joven "capacitado y de
buena familia", que por varios años fue discípulo
de un respetable profesor. El relato da cuenta de los infinitos
poderes de la mente y de las resoluciones imprevisibles del sentido.
La experiencia entre el maestro y su discípulo va del secreto
poder de las palabras de un oráculo y su discernimiento,
a la refutación mutua de los posibles significados, y de
aquí, a una práctica de yoga que nos conduce a un
inusitado y sorprendente final. El relato intercala otra anécdota
no menos interesante que la primera. Una anécdota que trata
de "aquel joven profesor adjunto de Marburgo que se propuso
narrar la vida y la muerte del piadoso poeta Novalis. Se
sabe cómo este poeta tomó la decisión, al fallecer
su prometida, de seguirla en la muerte; para ello, como auténtico
creyente que era, no apeló a medios mecánicos como
el veneno o el arma de fuego, sino que se encaminó hasta
su meta con medios puramente psíquicos y mágicos,
llegando a morir precozmente. El adjunto se dejó fascinar
por el hechizo de aquella vida y muerte singulares y sintió
despertar en sí el deseo de seguir al poeta e imitarle en
la muerte a través de un método de configuración
e identificación espiritual. Lo que lo movió a ello
no fue propiamente el hastío de la vida, sino más
bien el ansia del milagro, es decir, de alcanzar el dominio de la
vida corpórea mediante las fuerzas del alma". La forma
en que Hesse superpone las anécdotas es maestra. Puedo
jurar que actuó en mí como pudo haberlo hecho en aquel
joven adjunto de Marburgo. Supe que en algún momento la lectura
de Novalis me sería propicia. Mi tercer encuentro
con Novalis comienza aquí. Abro el libro de cubierta
oscura y aparecen los Himnos a la noche.
Tal como el poeta lo relata en su Diario, la escritura de
los Himnos
la inicia un 13 de mayo de 1797, después
de que regresara de visitar la tumba de su amada Sophia. Novalis
dice que estando inclinado ante la lápida tuvo el presentimiento
de que Sophia le hablaba desde el más allá. "La
poesía diluye la existencia ajena en la propia", anotó
en sus Fragmentos, como si la suya sólo se cumpliera
en el cuerpo de la escritura. La primera lectura de los Himnos
me llevó a un sueño meridiano del que desperté
fatigado. Un vapor cálido parecía emanar de mi cabeza.
Estaba despierto y nada recordaba. De pronto tuve la sensación
de que una luz mi cuerpo recorría. No podía explicarme
por qué había en el cuarto tan extraño reflejo.
Me levanté y vino a mi sentido el sueño que creí
olvidar: una llama azul, algo así como un montoncito de luz
rebotaba incesante contra las paredes de una caja oscura. Todo comenzó
a parecerme el cumplimiento de una voluntad exterior a la mía.
Al promediar la tarde salí de casa. En cuestión de
minutos tocaba a la puerta del apartamento de otro amigo, quien
se apresuró en abrirme y me invitó a tomar asiento
para leerme un cuento que acaba de terminar y que versaba sobre
un hombre que por la dignidad de su vida, méritos simples
y sencillos, llegó a parecer a los demás un santo.
Curiosamente, mi amigo igualaba su personaje a una llamita humeante
de incienso. Cuando terminó de leer, nos dirigimos a la mesa
y fue cuando nuevamente ocurrió lo inesperado: íngrimo,
sobre la pulida madera estaba el libro de Gastón Bachelard
La llama de una vela. No tuve dudas: una voluntad actuaba y
me sumergía en la lectura de Novalis. La vida siempre
estará más allá de lo real y ocurrente. En
este momento soy el que está solo, el que ve entrar la luz
dando pasos desde la puerta.
La entrada en los Himnos
nos hace ver al poeta en su
alumbramiento. Está a ojos abiertos al suceder del cielo.
Se desvela alrededor de la harina del poema: "Qué ser
entre los vivos/ dotado de sensibilidad/ ante los cuadros prodigiosos/
que el espacio le muestra/ alrededor no ama/ la gratísima
luz". Luz que es ceguera para algunos y videncia para otros.
Radiación áurea y aérea. Emanación de
un espectro. Líquida, distinta y multiforme se nos da. Sobre
todo, dice Novalis, a "el de boca grávida de
música", el poeta, aquel que se vuelve "hacia la
misteriosa, inexpresable noche sagrada". Noche que para dejarse
ver solicita su Alma. Oscura noche ésta, siembra su poder
"allá en la lejanía, en las radiantes esferas".
Pero, es aquí, en nuestro pobre cuerpo humano, en nuestro
rostro, donde se espabila: "son los inmensos ojos que en nosotros
abrió la noche". Esplendor y descalabro del espíritu,
la noche se transfigura en Amada, en Madre y en Muerte: "Te
miro en tus ojos negros/y nada veo". Bachelard dice:
"Los seres del sueño, en Novalis, no existen
sino cuando se les toca". ¡Qué otra cosa estoy
sintiendo! Toda la noche vuelve a la luz; luz que es su muerte.
En el volver de la luz la noche aterriza. El poeta sabe que: "Adjudicada
fue a la luz su duración, igual que a la vigilia. Pero es
intemporal el reino de la noche y eterna es la duración del
sueño". La noche se abisma y nos abisma, clara donde
oscura es. Mujer abre su cielo al misterio. Elevación y caída
súbita. Impacto de la muerte de la Amada: el corazón
se desmigaja lento. región de lo fortuito. La muerte es la
vida de los espectros que la noche eleva: "Fluyó conmigo
la melancolía en un mundo nuevo e insondable, tú éxtasis
nocturno, somnolencia del cielo caíste sobre mí".
Noche alumbrada por el sueño: "la eterna inquebrantable
fe en el cielo nocturno y en su sol, que es la Amada". No cejar
de ver, ver lo otro, el arriba en el abajo y viceversa, esto nos
pide la noche cuando la poesía nos desvela. Nunca cierra
los ojos ella, fragua siempre un nuevo país; otro lugar.
Del vacío país de la oscuridad donde "todo sobrenada"
accedemos al país del alumbramiento. Amanecer delante de
la noche. Ciertamente, vida y muerte en una sola mirada: "sobre
la misma cima fronteriza del mundo".
La noche es una "inteligente marcha", invita a ascender
y descender: "sondearé con gusto dentro del equilibrio
de las fuerzas y las reglas del juego, maravilloso juego, de los
sinnúmeros espacios y de su tiempo innumerable". Vislumbres
del poeta, la noche le hace consciente de lo oculto y lo revelado;
noche, arcana amante, voz de la poesía: "¿Acaso
todo cuanto nos exalta no lo posee ya el color de la noche?";
súbito del fantasma creador: "Es ella quien te guía
como madre y es a ella a quien debes tu grandeza. En ti misma te
disiparías desvaneciéndote en los espacios infinitos
si no te contuviera y te atare para que te encendieses y al arder
engendraras el mundo". La rúbrica es de Dios y el poeta
lo sabe: "Para otorgar sentido, un humano sentido a lo que
tú creaste". Al final de la noche quien habla es la
muerte: "Aspira amado, aspírame con fuerza". A
la luz de la poesía es atribuible lo que María
Zambrano tuvo por "visión de lo viviente, de lo
que se enciende por sí mismo".
Mis anotaciones van poblando el margen del libro y se conectan con
los subrayados. Esta pasión contagiante me lleva a todo lo
que un poeta es capaz de engendrar y decir. Llegamos a donde Novalis
nos sugiere que la noche en que la poesía al Todo dice, es
la "noche primordial". Origen aquel de cuando "la
tierra era infinita y rica en joyas y milagros". Edén
de vuelta a los ojos del enamorado en la vigilia: "Sobre los
azulados montes del amanecer... la vivaz y siempre esplendorosa
luz". Jardín de oro donde "los ríos y los
árboles poseían un sentimiento humano". Vida
entonces hecha de vida: "llama frágil y preciosa".
Noche tras el Alma, no deja de volar oscura en busca de la luz.
Placer y dolor de lo vivo en tránsito, angustia que la imaginación
"transforma y fraterniza". Noche vislumbrando el rostro
invisible de Dios: "un santuario más hondo
un
espacio superior del alma
rostro jamás visto, en la
cabaña milagrosa de la pobreza". Corazón chispeante,
habla entonces el ángel del poeta: "Eres el joven que
desde hace tiempo hondamente llora sobre nuestras tumbas".
Rostro transfigurado de Cristo: "La muerte reveló la
vida eterna. Tú eres la muerte y tú nos curarás".
Caída del espíritu por la materia: "aquella preciosa
vida víctima fue de la honda ruina humana". Combustión
del alma posible por la fe: "No llora de dolor sobre las tumbas
quien amando cree". Espíritu en su morada, fue: "para
aplacar su ansiedad la noche le enardece". Fuego que devora
y libera: "El amor es ya libre, ya no hay separación".
La vida ondea nuevamente, plenitud por conversión. El dolor
se trueca en gozo; ascensión mística: "De una
noche de gozo/ un eterno poema/ que nuestro sol reside/ en el rostro
de Dios".
Un salto doy desde los Himnos
al libro de Bachelard.
Me basta con agregar una sola de sus afirmaciones y sosegar el calor
de mis impresiones: "¡Con qué facilidad el soñador
de mundo pasa de su vela a las grandes luminarias del cielo! Podemos
llegar a sentirnos inspirados cuando en el curso de nuestras lecturas
somos tocados por esta verdadera amplificación". Así
sea.
César
Seco. Ensayista y poeta
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N°
44 Aņo III
Caracas, sábado 04 de marzo de 2000
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