Libros, Lecturas y Lectores

CON EL SELLO DE MONTE AVILA Y BAJO EL TITULO DE "EL MEDICO CHINO"

Strepponi se inclina a decir, mas no a contar

La escritura de Ian McEwan (Inglaterra, 1948) pareciera explorar y complacerse con
la perversidad también subyacente en la realidad cotidiana. He ahí su fama
de enfant terrible, de la que da cuenta César Baena: este narrador británico (premio Somerset Maugham en 1976 y Booker en 1999, entre otros) es "maestro en combinar la normalidad con situaciones excéntricas, a menudo extremas"; en su imaginario "las fuerzas oscuras del ser humano se esconden detrás del gesto más corriente"


Foto: Lisbeth Salas-Soto
"Blanca Strepponi no se remite a una sola geografía"

Este libro ofrece cosas diversas. Tenemos un médico chino, una latinoamericanista polaca, unos futuros rabinos y, entre otros, varios venezolanos. Tenemos también Escocia, Rhode Island y Nueva York, Francfort y, entre varios más, Caracas y otros sitios de Venezuela. Los lugares son emblemas, señalan ser ellos mismos y por ende no otra cosa. Esta proliferación de sitios y procedencias señala lo obvio, que Blanca Strepponi no se remite a una sola geografía, e indica también algo menos claro, que se desprende de ello, y que este libro, supongo, se propone plantear: que la experiencia, más que unas circunstancias que deben ser referidas, es una serie de acontecimientos menores que necesitan ser fijados antes de que su propio vértigo los confunda. A la narradora de estos cuentos no le interesa contar; solamente se inclina a "decir" como una manera de dejar establecida la verdad de lo referido y, a la vez, de bordear su inmediata precariedad. Entre "decir" y "contar" hay más de una diferencia semántica. En el caso de la literatura, contar es referir una experiencia; decir es invocarla, aludirla, incorporarla a la misma acción de transmitirla.

La realidad es contradictoria, si fuera sencilla sería intolerable y sus facetas se superponen más rápido de lo que somos capaces de aceptar. ¿Qué cuento ciclópeo podría ordenar el caos y entregarnos una promesa de legibilidad? Nada en estos relatos asume un compromiso semejante; al contrario, desde un comienzo se lo entiende como una promesa inadecuada. Por ello, porque antes que contar prefieren decir, y porque la realidad no sólo es abstrusa sino también hipotética, estas narraciones tienen una mezcla sugestiva de tonos, donde no sabemos si leemos partes de un diario de viajes, de un cuaderno de notas, de cartas, crónicas, apuntes o papeles privados en general. En esta indefinición literaria quizá resida lo más literario del libro, porque consigue guiarnos por los vericuetos de su decir, sin impostaciones ni promesas incumplidas, con su leve tono de soliloquio y confidencia.

No puedo imaginar cómo serán los próximos relatos de Blanca, pero sí creo que los que ahora se bautizan son el resultado de un atento trabajo con las unidades mínimas. Imagino la prehistoria de estos personajes de novela, precisos pero tímidos, vergonzosos y vacilantes, verborrágicos que optan por el silencio, y creo ver una dama que atesora tarjetas postales, fotos y recuerdos como quien trama con paciencia una breve venganza literaria: darle un orden precario, como el de todo papel escrito, a lo inarticulado.

Sergio Chejfec. Narrador y ensayista


Ian McEwan explora
la extraña naturaleza humana


Foto: Archivo


En el imaginario de Ian McEwan las fuerzas oscuras del ser humano se esconden detrás del gesto más corriente y la situación más cotidiana. McEwan tiene la fama de ser el enfant terrible de las letras inglesas. Su nombre es ineludible entre los escritores ingleses contemporáneos, junto a Martin Amis, Salman Rushdie, Kazuo Ishiguro y William Boyd. Su última novela, Amsterdam, se adjudicó el Premio Booker, el más codiciado de las letras inglesas. Con su escritura afilada y poética a la vez, McEwan nos adentra en el universo de los reveses de la mente y las situaciones escabrosas que surgen de los sentimientos y las intenciones más conocidas. La atmósfera es tal vez lo más importante en la escritura de McEwan, maestro en combinar la normalidad con situaciones excéntricas, a menudo extremas.

En su primer libro, Primer amor, últimos ritos, en el cuento del mismo nombre, unos jóvenes amantes se inician en la práctica del amor alquilando durante un verano una habitación. Su vida se verá perturbada por la aparición de un tercer elemento: una rata. La relación ya no será la misma. Los amantes se sentirán observados, conscientes de la presencia del animal; el afán por exterminarla concentra todos sus esfuerzos. Es como si nos hicieran recordar que toda experiencia amorosa, por más precoz que sea, contiene los fantasmas de su derrota. En su segunda colección de cuentos, Entre las sábanas, en el relato que sirve de título al libro, un padre cobra conciencia, como si asistiera al espectáculo aséptico de una inocente amistad, de la relación de dependencia afectiva y sexual que su hija adolescente mantiene con una chica de extraña fisonomía y edad imprecisa.

La primera novela de McEwan, El jardín de cemento, explora el comportamiento primitivo e incestuoso de unos hermanos adolescentes que se quedan a vivir solos después de que su madre muere y la entierran en el sótano de la casa. En El inocente, novela que transcurre en el Berlín ocupado de posguerra, la vida de unos amantes cambia radicalmente cuando deciden matar al esposo de la mujer y cortarlo en varios pedazos para sacarlo del apartamento sin despertar sospechas.

En los últimos años las preocupaciones de McEwan han apuntado más hacia la introspección en la psicología de los personajes en situaciones extremas que a la indagación en los reveses oscuros de los sentimientos y las acciones que mueven la sordidez. Amor perdurable (Anagrama, 1998) es un ejemplo de esta incursión más profunda en la psiquis y la configuración intelectual de los personajes. Joe Rose es un escritor exitoso de temas científicos. Joe entiende el mundo que lo rodea a través de su mente cartesiana, para la que todo debe tener una explicación racional y cada elemento su justa posición. Joe está felizmente casado con Clarissa, una profesora de literatura que realiza una investigación sobre los últimos días del poeta Keats, quien murió en Roma. Un suceso hace que la vida de Joe y Clarissa sea trastocada, desencadenando una pesadilla de consecuencias antes inimaginables. Mientras se dispone a hacer un picnic con su esposa, Joe corre al llamado de un inexperto piloto que no consigue traer su globo a tierra. A la deriva del viento, en el globo se encuentra un niño asustado. Varios hombres acuden a sostener la soga del aparato. En ese esfuerzo, uno de los cinco socorristas encuentra la muerte, al caer en el vacío cuando los demás aflojan la cuerda ante el borde de un precipicio. Ese trágico incidente desata la trama y el descenso de Joe en los senderos irracionales de la mente humana. Entre los hombres que buscaban traer el globo a tierra se encontraba Jed Perry, quien pronto se convertirá en el perseguidor implacable de Joe. Jed interpreta ese breve encuentro con Joe como un designio de Dios; lo acosa, le deja mensajes, le envía cartas, lo espera a la vuelta de la esquina. Jed se mete en la vida de Joe para hacerla añicos. El Joe racional y sedentario se verá obligado a defenderse de este joven desequilibrado que se inmiscuye violentamente en su mundo pregonándole un amor incomprensible y obsesivo. Si este tipo de patologías es difícil de comprender para la mayoría, lo es todavía más para Joe, habituado a las explicaciones ordenadas que aportan ciertos paradigmas científicos. Pero el comportamiento de Jed tiene una explicación científica: el síndrome de De Clérambault, nombre del psiquiatra francés que en 1948 detectó ese tipo de psicosis pasional obsesiva, sin ninguna relación con la realidad. En su obsesión, Jed encuentra muestras de reciprocidad en gestos banales de Joe, como son el abrir de una cortina y el rozar de la hoja de un árbol en la calle; y en sus escritos, donde reconoce la voz de un ateo clamando por ser creyente. Su misión es ayudarlo a encontrar esa fe. La novela explora esta patología y sus consecuencias sobre la vida de Joe, narrador de la historia.

Como muchas grandes novelas, Amor perdurable incluye una reflexión sobre la novela misma y su transformación en el tiempo. Las referencias a personajes de la ciencia, como Darwin, Miescher o Einstein cohabitan con las de poetas y escritores: Keats, Balzac, Wordsworth, Dickens. Porque si bien Joe es un escritor de temas científicos, también es un esteta que trata de revivir en los escritos científicos la parte de narrativa y estética que los hacía relevantes en el pasado. En el siglo XIX, los científicos más renombrados eran grandes narradores. En el siglo XX se fue perdiendo esa tradición y el lenguaje de la ciencia ha optado por una aridez que la escinde de los valores estéticos. Joe necesita pasearse por referentes históricos para comprender el momento en que ocurrió la escisión entre las dos esferas, la ciencia y el arte. Han existido casos de teoría científica aceptada por su valor netamente estético. En los años veinte, la Teoría General de Einstein fue reconocida antes de ser comprobada en la práctica. "Su poder integral era enorme; era demasiado bella para resistírsela", nos cuenta el narrador. Lo contrario ocurrió con la electrodinámica cuántica de Dirac: "La aceptación le fue negada debido a su fealdad". Por su parte, Clarissa, la profesora de letras, no necesita el asidero de las referencias históricas para comprender una realidad que para ella es tangible: "Es verdad si es bello y es bello si es verdad". No es de extrañar entonces que la experiencia vivida por ambos personajes en esta historia sea percibida de manera radicalmente diferente por cada uno.

Amor perdurable abunda en descripciones minuciosas que tienen como origen la mente cientificista del protagonista, quien afirma que "algunas personas encuentran su larga perspectiva en las estrellas y las galaxias; yo prefiero la escala terrestre de lo biológico". Más adelante, mientras Jed mantiene a su esposa como rehén, Joe insiste en el único tono que conoce para aproximarse a entender lo que le está sucediendo:

Justo después de los árboles que exhalan oxígeno se encuentra mi auto que expele veneno, dentro del cual está mi revólver, y treinta y cinco millas hacia abajo a través de numerosas carreteras, está la enorme ciudad en cuya parte norte está mi apartamento, donde un demente me espera, un De Clérambault, mi De Clérambault, y mi esposa amenazada. ¿Qué parte de esta descripción era necesaria para el ciclo del carbón o para fijar el nitrógeno? Ya no estábamos en la gran cadena. Era nuestra complejidad la que había hecho que nos expulsaran del Jardín. Nos encontrábamos en el desorden de nuestro propio deshacer.

Amor perdurable es una novela que insiste en acompañarnos por mucho tiempo después. Con la incómoda sensación de que detrás de cada incidente, por más banal que parezca, acecha una experiencia de consecuencias insospechadas y complejas. Como la naturaleza humana.

César Baena. Narrador

N° 44 Aņo III
Caracas, sábado 04 de marzo de 2000
 
 
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