|
"ME
COMUNICO MEJOR CON LOS POETAS LATINOAMERICANOS... QUE CON LOS POETAS
ESPAÑOLES"
Valente, el apocalíptico ángel
de la creación
En íntima
y vehemente confesión incitada por Ana Nuño, el poeta
gallego José Angel
Valente (Orense/1929) reitera sus firmes votos de fidelidad a "la
tradición troncal de la lírica española",
a la que estima poco o nada correspondida por los autores de su
generación. El eje
de conexión y de entrega a la poesía española
que naciera de labios de San Juan de la Cruz
-"poeta mucho más difícil y mucho más
revolucionario que Góngora"-, lo halla entre
los autores latinoamericanos, así en Lezama Lima como en
Darío, Neruda y Westphalen

Foto: Elisa N.
Cabot
José Angel Valente: "Lezama ha sido
siempre para mí un punto de partida grato"
AN: "Valente sabe y precisa lo que es la verdadera
comunicación, el silencio que entreabre la almendra de una
blancura presente por ausente, el silencio que se articula y ofrece".
La frase es de Lezama Lima. ¿Qué relación
hubo entre ustedes?
JAV: Creo que esa frase forma parte de un artículo
que Lezama escribió sobre mí. Entre Lezama
y yo se estableció una relación fulminante de comprensión
mutua. El quería escribir algo sobre mi poesía y mi
ensayística. Y ese artículo -creo que se reprodujo
por primera vez entero en Quimera- ha sido citado en numerosas
ocasiones, incluso en la contracubierta de algunos de mis libros.
En Lezama, la creación y la relación personal
estaban prácticamente fundidas. Era, por supuesto, un gran
creador escribiendo prosa, poesía y narraciones cortas, y
también un gran creador de amistad, don que no suele ser
muy frecuente. Era un hombre de letras integral, un hombre totalmente
marcado por la creación literaria, por la palabra. Y poco
importaba que esa palabra fuera escrita u oral. Yo no había
visto nunca nada parecido. Había conocido aquí a algunos
escritores de la generación del 27, en la que cada vez creo
menos. Creo en el valor de la obra de algunos de ellos -no de muchos-,
pero ninguno de los que yo conocí tenía ese poder,
casi sacro, que emanaba de la figura de aquel hombre inmenso, en
todos los sentidos. Así que Lezama ha sido siempre
para mí un punto de partida grato.
-Has mencionado la generación del 27. ¿Cómo
se han integrado a la tradición literaria española
-bien, mal, fácilmente- obras como la de Lezama o la de otros
latinoamericanos, o incluso la obra de San Juan de la Cruz?
-Hay que distinguir muy bien lo que fue la evolución de la
literatura española hasta el siglo XVII, es decir, hasta
la explosión barroca. Una vez que se produjo ésta,
España empezó a apartarse de sí misma, fue
perdiendo contacto con su propia tradición. Algún
movimiento que vino después tuvo interés, desde un
punto de vista político o ideológico y también,
claro, literario; me refiero a los Ilustrados. Pero ello no oculta
el hecho de que nos fuimos apartando cada vez más de determinadas
esencias. Y no sólo de los místicos. Piensa que el
mayor crítico de la literatura española, el hombre
que creó la historia de la literatura española, un
hombre extraordinario, no supo comprender a Góngora. Lezama
habla de Góngora, habla de Garcilaso. Hay un ensayo
bellísimo de Lezama sobre la muerte de Garcilaso
y otro, a mi entender, capital: la Sierpe de don Luis de Góngora.
Este es muy interesante, porque bajo el ensayo sobre Góngora
subyace un ensayo sobre San Juan de la Cruz. Yo considero
a Góngora un grandísimo poeta; pero, en realidad,
un poeta mucho más difícil y mucho más revolucionario
que Góngora es San Juan de la Cruz Ahora bien,
piensa en cómo ha abordado a San Juan de la Cruz la
crítica española, con qué torpeza se ha acercado
a él, y, además, cómo este poeta, que considero
el más importante de la tradición literaria española,
no actuó sobre ella. El propio Menéndez Pelayo,
que no entendió a Góngora, afirmaba que San
Juan de la Cruz pertenecía al mundo de lo inefable. El,
que era católico y tradicionalista, se negó a entrar
en una de las manifestaciones más hondas que ha tenido, no
sólo la literatura, sino el pensamiento español. No
haber aprovechado el impulso que las místicas dieron a ciertas
formas de concebir el mundo ha impedido también que se desarrolle
el pensamiento en España. Algo muy distinto de lo que pasó
en Alemania, donde la tradición de pensamiento inaugurada
por los místicos renanos, como Eckhart, llega hasta
Hegel; o en Leibniz, por ejemplo, que habla de Molinos.
Mientras que en España Molinos no existió:
Menéndez Pelayo no leyó a Molinos en
español, lo leyó en italiano; como era un hombre superdotado,
adivinó que debajo de la prosa italiana había una
prosa española bellísima. Volviendo a tu pregunta,
se ve cómo España se separa poco a poco de su propia
tradición. Por ejemplo, la generación del 27, que
surge enarbolando la bandera de un clásico, en realidad se
atasca en seguida, no saca ninguna lección.
-¿Ni siquiera de Góngora?
-¿Cuál fue en esa generación la influencia
de Góngora? ¿Algunos libros tremendamente amanerados,
escritos "a la manera de" con motivo de aquel homenaje
generacional
? En todo ello no había un concepto entrañable
de esa tradición. Este concepto sí se halla en Lezama,
quien convivía con ella mucho más que los españoles.
El tenía mucho más viva la tradición troncal
de la lírica española, mucho más que los propios
españoles. También hay otro poeta latinoamericano
que tiene una especial relación con la tradición literaria
española: Neruda. En este caso, se trata de una relación
espacial con Quevedo. Y no cabe duda de que la aportación
de Rubén Darío a la triste segunda mitad del
siglo XIX español es fundamental. Darío, antes
de publicar aquí, ya había incorporado a su obra la
poesía tradicional española. El Darío
de Azul, por ejemplo, era un poeta que admiraba profundamente
a Campoamor, y también a Santa Teresa. Hace
poco participé en Chile en el acto de presentación
de la edición conmemorativa del 110 aniversario de la publicación
de Azul, que se editó por primera vez en Valparaíso.
Los testimonios de los escritores que convivieron con Darío
insisten en esa relación de Darío con la poesía
en lengua española. Uno de los poetas vivos -aunque está
muy enfermo- más importantes de la lengua española,
Emilio Adolfo Westphalen, en los años treinta y pocos,
cuando estaba de moda cierto gongorismo de pacotilla en España,
escribe un libro que se llama Las ínsulas extrañas.
Es decir, establece ya entonces la conexión con el eje central
de la poesía española. Yo, personalmente, me comunico
mejor con los poetas latinoamericanos de mi edad y con los jóvenes
que con los poetas españoles, al menos con los que están
llevando la política en este país.
-¿Dirías que con esos poetas latinoamericanos se
produjo algo parecido a la relación que supieron establecer,
en el ámbito de la poesía en lengua inglesa, Eliot
y Pound con los poetas metafísicos, con Donne,
con Herbert, con Crashaw? ¿Y que el hecho de
que su equivalente no ocurriera en España puede haber contribuido
a producir ese hiato entre los poetas españoles y cierta
tradición de la poesía española?
-En efecto, yo creo que eso es así, que ese fenómeno
que se produjo en la poesía inglesa con Ezra Pound
y T.S. Eliot no tuvo su equivalente en España. Nosotros
hubiésemos debido establecer la relación correspondiente
con nuestra literatura. Hubo escritores españoles que sí
lo entendieron. Por ejemplo, Unamuno, quien decía
que la poesía española que había recibido él
era una poesía "tamborilera", superficial, la poesía
de Núñez de Arce, de Zorrilla
En uno de mis ensayos, "Cernuda y la poesía de la meditación",
me refiero al hecho de que Unamuno va en busca de ese elemento
del pensamiento poético, que formula casi en los mismos términos
que los metafísicos ingleses: "piensa el sentimiento,
siente el pensamiento". Tuvimos un siglo XIX que no dio más
que dos poetas que merezcan el nombre de tales: Bécquer
y -para mí mucho más que Bécquer todavía-
Rosalía de Castro. En nosotros falta esa religación
al mundo tradicional que, en efecto, Eliot y Pound
hacen con los metafísicos ingleses. Además, una tradición
como la nuestra, que desconoce la Biographia literaria de
Coleridge, que no sabe lo que hay en ese libro, no pertenece
a la tradición literaria europea. Nuestros escritores no
se dan cuenta -porque no tienen pasión, lo que les interesa
es ocupar puestos o ganar premios- de que han perdido el enlace
con la troncalidad, ya no sólo de la tradición española,
sino también de la tradición europea. Y esto es muy
grave. No hay que olvidar la influencia que tuvieron en Europa determinados
autores, como Miguel de Molinos o, antes, Juan de Valdés.
Este último, por ejemplo, pesaba enormemente en Inglaterra,
y tuvo una importancia indudable en el centro de "Little Gidding"
-que es el título de uno de los Cuartetos de Eliot.
Valdés, como después Molinos, pasó
por Italia, y su influencia en los medios letrados del Renacimiento
italiano -en Vittoria Colonna, por ejemplo- fue capital.
Pero a nosotros, ¿qué nos ha interesado de Juan
de Valdés? ¿Qué hemos recogido de Miguel
de Molinos? ¿Y de Huarte de San Juan? Huarte es
el autor de un libro que tuvo una influencia considerable en el
pensamiento europeo de su época, y sin duda en Richard
Burton y su Anatomy of Melancholy. ¿Qué
fue el garcilasismo en España? Un movimiento repugnante,
un movimiento de tapujo para que no se hablara de los crímenes
de la dictadura. En suma, no se produjo un descenso profundo a los
centros de la tradición, y como no se produjo ese descenso,
no hay un rebote creador, todo se queda en espuma, en la superficie.
-El año pasado se cumplieron veinticinco años de
la muerte de Américo Castro. Salvo Pre-Textos, que
publicó unas cartas de Castro a Goytisolo,
esa efemérides pasó en silencio. De modo que se tiene
la impresión de que este país sigue teniendo enormes
dificultades para asumir plenamente ciertas facetas de su desarrollo
histórico...
-Sí, el caso de Américo Castro es realmente
hiriente. Castro escribió el libro que yo considero
más importante de interpretación de la historia de
España y de su literatura, un libro que cambia la visión
de las cosas y que expone un asunto que había sido ocultado:
que España se construye sobre la relación entre las
tres razas que convivieron en su suelo. ¿Qué ha ocurrido?
Pues que a Américo Castro comenzaron a atacarlo desde
las parcelas de los especialistas. Ciertamente, en España
en su Historia hay errores; pero la tesis central y su visión
son muy
importantes, y no se pueden rechazar arguyendo que Castro
no tradujo bien a tal poeta árabe. En este sentido, yo me
siento próximo a Juan Goytisolo. Nos unen, además,
muchas otras cosas. Hemos vivido fuera, seguimos viviendo a medias
fuera, sobre todo él; yo vivo en Almería, aunque esto
viene a ser casi lo mismo.
¿Qué se produce con respecto a don Américo
Castro? Algo que es típicamente español: el odio
o el rechazo hacia el hombre que se levanta con un gran brillo de
pensamiento. Se hace todo por ocultarlo. Cuando conocí a
Américo Castro en Oxford -él visitaba a menudo
a don Alberto Jiménez Fraud, y yo también;
aprendí mucho de mi convivencia con él-, ya don Américo
era un hombre muy atacado desde España. Por Emilio García
Gómez, por ejemplo, y por Dámaso Alonso.
Don Américo decía que teníamos muy mala suerte,
los de mi generación, con nuestros maestros universitarios.
Yo le dije: mire, don Américo, tenemos los maestros que nos
quedaron. Castro decía que eso de la estilística,
que se había inventado Dámaso, se venía haciendo
desde hacía un montón de años, que eran meras
taxonomías
Y agregaba: "Mire usted, Dámaso
se comunica conmigo cuando viene a dar conferencias a Estados Unidos.
Una de esas veces lo llevé a una parte de mi biblioteca y
le enseñé los estantes: todos eran libros de filosofía.
Y le dije: cuando usted haya leído todo eso, entonces podrá
empezar a escribir sobre literatura". Evidentemente, esto no
lo perdonó Dámaso. Don Américo era muy pasional,
tampoco soportaba que le llevaran la contraria. Pero lo cierto es
que abrió un camino de una fecundidad extraordinaria. Nosotros
recibíamos una versión de la Historia totalmente deformada
por los dogmatismos católicos y fascistas. Pero, ¿quién
hablaba de la literatura árabe? ¿Quién explicaba
que detrás de La Celestina había un converso?
¿Que Santa Teresa de Avila no era Santa Teresa
de Avila, sino una señora que se llamaba Teresa Sánchez,
como su abuela, y que su abuelo había ido con un capirote
en un burro y que lo habían castigado y paseado y escarnecido
por judío? ¿Quién explicaba por qué
Santa Teresa abrió la Orden a las conversas, y cómo
la Iglesia, después de su muerte, volvió a oponerse
a eso, como ocurrió con los jesuitas? Porque Ignacio de
Loyola tuvo también una visión revolucionaria
de las cosas. En otras palabras, el haber perdido esas nociones
ha vaciado de substancia nuestra visión de la Historia. Entonces,
claro, que haya gente, como Juan Goytisolo, que tenga el
valor de ir a eso, a mí al menos me hace sentir menos solo.
-Háblame un poco de tu interés por la Cábala.
-La Cábala ha determinado formas radicales de mi concepción
estética. Si me preguntas cuál es mi concepto de creación,
yo te responderé según la visión de los cabalistas
del siglo XVI. Que, además, venían de España.
Es en la segunda generación cuando aparece la figura de Isaac
de Luria. Luria explica cómo Dios crea el mundo, y la
idea de creación ex nihilo -que está en él
como está en toda la tradición judeocristiana- es
una estética para mí. Lo que explica Luria
es que todo era Dios, y mientras Dios lo ocupaba todo, no había
espacio para la creación; Dios no podía crear porque
lo ocupaba él todo. Fíjate qué idea más
bonita, en un mundo donde el exilio comenzaba a ser un eje radical
de la Historia. Para crear, ¿qué hace Dios?: se exilia
hacia el interior de sí mismo, con el objeto de dejar un
espacio en el que pueda crear. Interpretando esa visión de
Luria, yo digo que lo primero que crea Dios es la Nada. Para
que algo pueda ser creado, primero crea la Nada. Antes lo que había
era el Todo, que era El; El crea un espacio de Nada, y ahí
crea el Mundo.
-¿Es verdaderamente esencial para que la palabra poética
pueda aparecer que se produzca esa nada, ese vacío? Este
parece ser el eje de tu escritura poética, sobre todo desde
Material memoria.
-Sí, pero no solamente a partir de Material memoria,
ya lo era antes. Hay cosas en Material memoria que tienen
su punto de apoyo en libros anteriores que están incluidos
en Punto cero; el mismo título de Material memoria
viene de un poema de este libro. No hay ruptura, sino una radicalización.
Yo he tanteado, me he asomado a un sitio y a otro, pero, en última
instancia, hay que jugarse el todo por el todo. Porque se escribe
con peligro. Una cosa es ocupar un sillón de Academia y otra
cosa es escribir. Escribir es correr el riesgo de caer en lo oscuro
Muchos poetas han caído en la locura, Hölderlin
vivió casi los mismos años loco que cuerdo, y es uno
de los más grandes poetas de la tradición europea.
-Hölderlin diagnosticó el tiempo en el que
vivimos: "dürftiger Zeit"...
-Ese será
el motivo de mi conferencia en la Pompeu Fabra: cómo la palabra
se halla en un tiempo de miseria, de precariedad.
 |
|
Foto:
Elisa N. Cabot
Valente: "Nuestros ecritores
no se dan cuenta de que han perdido el enlace con la troncalidad"
|
-Has abordado en tus ensayos un asunto que me parece importante
para comprender tu poética: la relación entre conocimiento
y palabra poética.
-Para entrar en este tema, que es muy amplio, yo me referiría
a una carta de Keats, escrita a Richard Woodhouse,
en la que dice que de todos los seres humanos, el único que
no tiene identidad es el poeta. Allí habla Keats del
chameleon poet. ¿Por qué dice esto? Porque
el poeta tiene que operar la aniquilación de su yo, tiene
que impedir que su yo se interponga entre la palabra y el universo.
Lo que dice Keats es que el poeta tiene que vaciarse de su
propia identidad, de su propio ego para hacerse transparente a lo
universal, para que el universo se manifieste a través de
él. ¿Qué es lo que opera el poeta? Un vaciado,
es decir, algo muy parecido al exilio divino del que hablaba antes.
Y eso es también lo que hace el místico. El místico
aniquila su yo para que Dios pueda manifestarse en él. Eso
está muy claramente dicho en Eckhart, por ejemplo,
y en San Juan de la Cruz, evidentemente, y en Molina
y en Osuna y en toda la mística. Y no digamos en la
mística oriental. Nosotros, en Occidente, hemos ido a contracorriente,
hemos separado la filosofía de la religión, pero los
extremos orientales no. Piensa, por ejemplo, que los japoneses no
tenían una palabra para decir "filosofía"
hasta hace menos de un siglo. Para ellos estaban fundidos el pensamiento,
el sentimiento religioso y el sentimiento estético. Por eso,
cuando se interesan por la filosofía occidental, leen a los
filósofos alemanes, a Hegel, a Heidegger, a
los nihilistas. Aunque los nihilistas, como Schopenhauer
y Nietzsche, no son propiamente pensadores de la nada, son
pensadores de la "nihilidad", de la nada negativa. Los
místicos son pensadores de la nada positiva, de esa nada
que genera Dios al apartarse hacia el interior de sí mismo,
una nada que hace posible la creación. Yo creo que sin el
descenso a lo oscuro, a "la noche oscura" de la que hablaba
San Juan de la Cruz, no hay experiencia creadora posible.
¿Por qué la palabra poética conlleva un conocimiento?
Porque la palabra poética es una palabra que no transmite
nada. La palabra poética avanza en la oscuridad, es como
una red que se tiende y luego se levanta, pero no se sabe nunca
lo que trae consigo. Si algo destruye la creación, ese algo
es la intencionalidad. La poesía, y la creación en
general, es sobreintencional. Las condiciones necesarias de la poesía,
y de la creación en general, son el vaciado del yo, el paso
del universo a través de ese vacío y la no intencionalidad.
No es escritor el que domina el lenguaje, sino el que deja que el
lenguaje hable de él.
-A la luz de esto, ¿cómo valoras la famosa proposición
final del Tractatus de Wittgenstein, aquella que dice
que de lo que no se puede hablar, mejor es callarse?
-Esa afirmación de Wittgenstein es fundamental. Pero
Wittgenstein no dice que lo que se calla no existe, sino que
de aquello no se puede hablar con el lenguaje proposicional; el
lenguaje de la lógica a él no le servía para
hablar de eso. Esto es de una gran honestidad. Yo tengo una admiración
profunda por Wittgenstein. El lenguaje tiene dos facetas:
la proposicional, el pasar de una cosa a otra, es decir, el discurso,
que eso quiere decir "discurso" discurrir; y lo que ciertos
filósofos americanos llaman el conocimiento presentacional,
no lo que llega después de un razonamiento, sino lo que súbitamente
llega a ti. Yo siempre sostengo, sobre todo en medios universitarios,
que el joven estudiante tiene que recibir primero el poema, sin
manuales y antes de cualquier análisis, y que si no siente
nada, ello quiere decir, que es insensible a esa palabra. Lo mismo
ocurre ante un cuadro que represente una escena bíblica,
por ejemplo. Puedes ignorar esa escena, no reconocerla, pero ello
no te impide recibir la belleza, la revelación fundamental
del cuadro. La palabra poética conduce al mismo tipo de revelación.
Lo que pasa es que ese conocimiento lleva a veces a un "inconocimiento".
Ana
Nuño. Poeta y ensayista
|
|
N°
50 Aņo III
Caracas, sábado 15 de abril de 2000
|
| |
 |
|
|
| |
|
|
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
|