Creación

GUSTAVO VALLE DEJA ESCUCHAR SU LLANTO POR EL CUERPO HERIDO

Silba la bayoneta en el pecho partido de la guerra

Cuerpos mutilados, sangrantes… el horror de la guerra y el vértigo que ella desata, desgarran y penetran los sueños del poeta y ensayista residenciado en Madrid, Gustavo Valle (Caracas, 1967). He allí que en su poemario inédito, Materia de otro mundo, encare la muerte y le diga
al soldado: "Entrega tu armadura. Caminaremos. Serás de la legión de los invisibles".
Pues -le recuerda- "el héroe muere joven, desaparece su cuerpo"


Foto: Archivo

Materia de otro mundo
(Fragmentos)

La sangre sólo sabe
sangrar, sangrar. No se te ocurra
detener su melodía. Sangra
para botar lo que ya no te pertenece. El brazo
llora la mano que le falta. La sangre
debe salir y referirte.

 

-La vida, Doctor, está en otra parte. Hemos
perdido el adiós y su timbre. Nadie, es decir: nosotros
con el cauce de nosotros no somos más que eso. Aquí
la mano, el brazo, la cabeza. -Dónde, Doctor,
dígalo con palabras propias. Anoche
soñamos con esqueletos.

 

Las lombrices, sí, las asquerosas. ¡Y qué manera
de comer! Hambre de lobos, sus mandíbulas
muerden en silencio. Hacen
la digestión con la memoria del mundo. De niño
me daban vértigo, las pisaba con horror. Su
anatomía es tan débil que repugna. Ciegas
bajo la hierba, mudísimas como peces. Portadoras
de la materia encadenada. Mulas
de tres estómagos en que viajamos para desenterrarnos. -¿A qué
saben las lombrices? ¿Has visto
cómo brillan?

 

Adónde la llevan. Adónde. Un cuerpo
arrastra a otro. El vendaje no deja
ver el fantasma que eres. Bella
la más bella de las hermanas. Lugar de la belleza, lugar
ahora de la guerra. Destino surcado por vidrios
estallados en tus mejillas. Una Parca trabaja
exclusivamente para ti.

 

Invisibles. Invisibles. Los cuerpos
súbitamente desaparecen. Técnicamente
se hacen inútiles. Insistentemente
me persiguen desde la sombra. Me llaman:
-Soldado, tiempo es
de cambiar de nombre. Descálzate. Entrega
tu armadura. Caminaremos. Serás
de la legión de los invisibles. Podrás
verte en un espejo en la tierra. Tu huella
te alcanzará para definirte. Soldado, observa
cómo la línea se desdibuja. Tu sombrero
carece de sentido. El sol
brilla de otro modo. Soldado, el sol
ahora suena.

 

Me congelaron este dedo. El pequeño,
¿ves? Aquí
había crecido una verruga. Yo la quería
como se quieren las cicatrices, encariñado
con amor de caries o juanetes. Sí, te cuento,
para dormirlo lo congelaron. Le dieron
técnicamente por muerto-muerto. Le soplaron
encima con nitrógeno líquido. Pobre
dedito, para quemarle con soplete
la florecita de carne. Y la florecita se hizo humo, vaya,
cómo olía el humo de mis dedos.
Al principio, nada. Después
el deshielo. -Y lo doloroso
que son los deshielos.

 

Otro es el excremento, soldado. Allí
tu pasado reconvertido en inútiles
sueños. Aparta
la maleza con manotazos de olvido. Trae
tus ojos a esta tu ciénaga confusa. -¿Ves
los caminos retorcidos enredándose?
Reconócete en lo abandonado. Tuyo
es el reino que te expulsa. Vamos, cobarde,
depón tus armas. Cuentas
con un espejo y un horóscopo.

 

Te escribirán, ya verás, las cartas
no demoran. Pero es tan largo el viaje
de las palabras. Te dirán: -Vuelve pronto, estamos
ansiosos de abrazarte, tus hermanas han crecido
y piensan en ti, los amigos quieren
apretarte la mano con fuerza, tu madre
llora de la alegría de quererte, aquí
te extrañamos con sonrisas, regresa
a casa a la hora de comer, todo
estará listo sobre la mesa, vuelve pronto, no olvides
traerle algo a los niños, ellos
te nombran a diario en sus boquitas.

 

Silba la bayoneta en el pecho
partido de la guerra. Inmolaba el siglo
otro vástago. -Recuerda, el héroe
muere joven, desaparece su cuerpo. La raza
de padre obedece un destino. En los campos
derramados, boquiabiertos como ciénagas, silba
la costumbre viuda y orgullosa. Bayoneta
cubierta de flores. Duro beso
en el vértigo del pecho. -Soy, mi benjamín,
tu mitología. Vengo
de lejos a señalarte. Canta,
la canción de los mutilados. Eres
mi cuerpo nuevo.

 

Apoya
tu cara de vértigo. Mañana
te salvarás. Te veremos
salir de puntillas por el pasillo oloroso
a agua de colonia. Ella
cargará con tus juguetes. El día es tuyo. Afuera
los árboles silban, y sus hojas
también irán tras de ti. Todos
te acompañaremos. Quita esa cara. El día
te pertenece.

 

 

 

N° 50 Aņo III
Caracas, sábado 15 de abril de 2000
 
 
"ME COMUNICO MEJOR CON LOS POETAS LATINOAMERICANOS... QUE CON LOS POETAS ESPAÑOLES"
Valente, el apocalíptico ángel de la creación

(Entrevistado por Ana Nuño)
 
Tributo
SUGIRIO SER LLAMADO
Oswaldo Trejo, el textor, el relator

(Violeta Rojo)
Creación
GUSTAVO VALLE DEJA ESCUCHAR SU LLANTO POR EL CUERPO HERIDO
Silba la bayoneta en el pecho partido de la guerra
(poemas)
Apuntes
JOSU LANDA NO HACE CONCESIONES A LA MODA

Zarandona, una épica de la pobreza
(Ednodio Quintero)

Reflexión
El libro, cura del alma
(Armando Tomo)

 
 

 

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