Reflexión

El libro, cura del alma

"¿Qué es hoy un libro?", se pregunta y pregunta el escritor y periodista Armando Tomo, luego
de la exposición que se abriera en Milán con los miles de manuscritos y códigos miniados
del siglo IV al XVI reunidos en la Biblioteca Ambrosiana, fundada en 1609. Allí, como lo deja saber
en la traducción que hiciera del Corriere della Sera Douglas A. Palma, se escucharon algunas respuestas: el libro "no es otra cosa que un 'hospital del espíritu'…"; sin él, "nosotros
todos seríamos toscos e ignorantes…"


Foto: Archivo


Fue Karl Popper quien intuyó cómo ningún libro puede jamás considerarse verdaderamente acabado. Las tramas y las ideas que hospeda a menudo se le escapan al autor, cambian al lector, entran en conflicto con el conocimiento que circula, buscan un lugar en la memoria. Hoy las páginas, cargadas de infinitas palabras, llaman desde las pantallas de los computadores y piden una nueva audiencia. Casi parece que el alma tuviera necesidad de reunir siempre más libros, quizás por el temor de perderse entre los días que pasan, quizás porque no soporta la soledad. Mientras tanto los ojos se nos enrojecen como los del copista medieval y hurgan entre los signos y los espacios en blanco con la misma ansia que acompañaba al escriba egipcio.

Pero, ¿qué es hoy un libro, una biblioteca? En Milán, cuando se inauguró la exposición Codex en la Biblioteca Ambrosiana circularon algunas respuestas a esas preguntas. La primera viene de Antonio Fazio, presidente del Banco de Italia. En su intervención ha señalado: "El libro es admirado, gozado con los ojos, tocado con las manos. Habla. A veces responde a nuestras interrogantes. Nos llama a la realidad de la existencia. En latín liber coincide con el adjetivo de la libertad".

Gianfranco Ravassi, prefecto de la Ambrosiana, ofreció una definición de esas que nos dejan con la boca abierta. El libro que se junta a otros hasta formar una biblioteca, no es otra cosa que un "hospital del espíritu". La imagen la tomó de Hecateo de Abdera, un gramático y filósofo griego discípulo del escéptico Pirrón, quien vivió durante los últimos años de Alejandro Magno. Hecateo leyó las palabras recordadas en Egipto. Pero hay también otra respuesta cara a Ravassi. Está contenida en una carta del cardenal Bessarión al doge de Venecia Cristóbal Moro. Lleva la fecha de 31 de mayo de 1468.

Dice Bessarión: "Si no hubiera libros, nosotros todos seríamos toscos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ejemplo alguno, no tendríamos conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos, cancelaría también la memoria de los hombres". Palabras que muy bien concuerdan con los códices expuestos y se entrelazan con los valores "fundantes de la humanidad" custodiados en estas páginas miniadas. Pero mientras se indagan los nexos entre las imágenes antiguas y las nuevas, se hace patente otra definición: "son muchos 'pasantes' del alma"; que debemos poner junto a las palabras que nos dejó Marguerite Yourcenar: construir bibliotecas es como edificar graneros contra un posible invierno del espíritu.

Y todo eso, gracias a los singulares acoplamientos de hombres y tiempos que permiten las páginas, lo avecinamos a la presencia del cardenal Martini, de quien no diremos nada. Dejemos a los voluntariosos buscar entre sus libros el texto de una prédica en el Duomo donde habla de las tres bibliotecas descritas por Manzoni en Los novios: la modesta, del sastre; la inflada de orgullo de don Ferrante y aquella útil al mundo de Federico, la cual se convertirá en la Ambrosiana.

Vale la pena reflexionar sobre estas definiciones y hacer notar que el alma está siempre conectada con los libros. Lo estuvo en el Egipto tolemaico en tiempos de Hecateo y lo está hoy, aunque los folios sean menos preciosos, se llenen con menor fatiga y puedan volar de un video a otro. Los códices expuestos en la Ambrosiana nos ofrecen otra posibilidad: maravillarse ante los esfuerzos hechos para construir un libro.

En esas páginas, más allá de los relicarios blindados, están encerradas vidas perdidas, copistas cuyo nombre se perdió, célebres ilustradores y autores inmortales, figuras que repiten sus gestos infinitas veces; pero este consorcio humano, que a través de los siglos se abraza sin distinciones o grados, se ha constituido simplemente para transportar en el tiempo documentos sobre el alma. Por el motivo de siempre: en los libros se conserva el espíritu de autores y lectores, quien escribe y quien lee se cura el alma recurriendo a los libros.

Traducción y selección: Douglas A. Palma

Armando Tomo. Periodista / Corriere della Sera



N° 50 Aņo III
Caracas, sábado 15 de abril de 2000
 
 
"ME COMUNICO MEJOR CON LOS POETAS LATINOAMERICANOS... QUE CON LOS POETAS ESPAÑOLES"
Valente, el apocalíptico ángel de la creación

(Entrevistado por Ana Nuño)
 
Tributo
SUGIRIO SER LLAMADO
Oswaldo Trejo, el textor, el relator

(Violeta Rojo)
Creación
GUSTAVO VALLE DEJA ESCUCHAR SU LLANTO POR EL CUERPO HERIDO
Silba la bayoneta en el pecho partido de la guerra
(poemas)
Apuntes
JOSU LANDA NO HACE CONCESIONES A LA MODA

Zarandona, una épica de la pobreza
(Ednodio Quintero)

Reflexión
El libro, cura del alma
(Armando Tomo)

 
 

 

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