|
Tributo
SUGIRIO
SER LLAMADO
Oswaldo Trejo, el textor,
el relator
A Oswaldo Trejo
le hubiese gustado ser denominado "textor" antes que escritor, y
así lo evoca Violeta Rojo, al ser invitada por Espacios Unión a
rememorar su obra. Su arte fue una erótica antes que una retórica
y, como cita Rojo, apostaba por el "disfrute de las mismísimas palabras
al verse unas junto a las otras". Ciertamente fue un autor para
iniciados, "pero no en la erudición, sino en el disfrute de lo no
fácil, de lo que hay que desentrañar, como si fuera la búsqueda
de una almendra"
Foto: Archivo
Oswaldo Trejo, narrador nato
"Nació
mi hijo José Oswaldo el día 10 de julio de 1924, a
las cinco de la tarde en el municipio Matriz de la ciudad de Ejido.
Fueron sus padrinos el coronel José María Jiménez
y su esposa doña Carmen Belandia de Jiménez. Y padrino
de confirmación fue el doctor Aurelio Beroes. El día
5 de agosto es San Oswaldo en el almanaque de Hermanos Belloso Rosel".
Esto lo escribió Rafael Trejo Cortés, el esposo de
Elvia Alcira Febres Cordero de Trejo Cortés en un cuaderno,
especie de diario en el que escribía los hitos importantes
de su vida. Allí están las circunstancias y fechas
de nacimiento de sus hijos y primeros nietos. También oraciones
de vigilia, recetas para endurecerle los cascos a las bestias y
anotaciones sobre nacimientos de becerros, la compra de un reloj,
deudas por 9 libras de carne de oveja. En las escasas páginas
de su diario hay una mezcla de diferentes aspectos de su circunstancia,
escritos con una letra anticuada y elegante. El diario de su hijo
Oswaldo, escritor reconocido y Premio Nacional de Literatura, es
muy parecido aunque más intelectual: un batiburrillo de descripciones
de personas y situaciones, amén de comentarios, sueños,
reflexiones y descripciones, mezclados con apuntes literarios. Todo
escrito en una letra muy parecida, por no decir idéntica
a la de su padre: anticuada, elegante, un poco picuda y temblorosa.
Al tiempo que los diarios de padre e hijo, que tuvieron existencias
tan disímiles, son parecidos, la literatura de Oswaldo
Trejo aparenta ser muy distinta a sus propios hechos y a los
diarios en los que daba cuenta de éstos. Mientras su literatura
es difícil, aparentemente hermética, experimental
y alejada de la anécdota fácil, la vida de Trejo
fue totalmente novelesca y llena de eventos. El posteriormente culto,
cosmopolita y elegante Oswaldo fue un niño nacido en un pequeño
pueblito de los Andes. A su llegada a Caracas, en medio de la pobreza,
dedicó largos años a ganarse la vida de muchas maneras:
hacía bolsas de papel para farmacias en los años cuarenta;
fue policía en Caracas gracias a un curso de contabilidad
y mecanografía, lo que le permitió llevar un revólver
con el que no sabía qué hacer. Según sus palabras
era el policía más bello de la ciudad, y cuando se
encargaba de dirigir el tránsito, los conductores al verlo
se distraían y chocaban. Consiguió un trabajo como
encargado de la porqueriza en el Instituto de Agricultura y Zootecnia
de El Valle, y aprendió mucho de los cochinos, sus razas
y cómo inseminarlos. Después fue oficinista en una
aseguradora, en la que fue ascendiendo hasta llegar a vicepresidente
de la compañía. Durante unos meses estuvo preso por
el gobierno de los tres cochinitos por pertenecer al Instituto Cultural
Venezolano Soviético y recordaba que Elisa Lerner
le llevaba frutas a la cárcel. Posteriormente entró
en la Cancillería, fue diplomático en varios destinos.
Su pasión por el arte lo llevó primero a las artes
plásticas -fue pintor- y posteriormente a la literatura,
llegando a ser uno de los escritores más originales y de
obra más sólida de nuestro país.
Era
un extraordinario narrador, aunque muy distinto en su expresión
oral y en la escrita. Contaba sus historias con tanto encanto, picardía
y destreza, que dejaba encantados a sus oyentes. Posiblemente una
de las preguntas que más contestó era por qué
no escribía sus memorias. A lo que siempre contestaba: "¡qué
fastidio! ¡pura anécdota!". O, como recuerda Luis
Barrera Linares en su libro El traje narrativo de Trejo,
exclamaba como Robin el de Batman: "¡Santa Anécdota!".
Hablaba divertido de los rosarios narrativos que escribían
otros narradores a los que consideraba facilistas, repetitivos y
seguidores de modelos literarios del siglo XIX. El dejaba las deliciosas
anécdotas y las narraciones divertidas para la conversación.
Como la vez en que un crítico (fue delante de mí,
así que lo puedo ratificar) le preguntó sobre la reacción
de sus padres cuando vieron sus textos publicados. El crítico
quería saber si se habían sentido orgullosos o hubieran
preferido otro oficio. Trejo, serísimo, le contestó
que sus padres nunca supieron que había sido escritor porque
eran analfabetas. Le contó con maestría de narrador,
su soledad de escritor rodeado de personas para las que la palabra
nada significaba. Fue un relato conmovedor. Tiempo después,
descubrí que nada de aquello era verdad, que se había
divertido mucho inventándose una vida e impresionando al
crítico con el relato de una falsa y triste niñez.
Como el mismo Trejo dice en uno de sus diarios "Lo que
se habla no se escribe y lo que se escribe no se habla porque es
el caletre mismo".
La
literatura de Oswaldo ha sido temida por difícil desde siempre.
Lourdes Sifontes en su aguda introducción a Tres textos
tres, se refiere a ella como una obra única en la literatura
venezolana, en la que la acción no es lo preponderante, sino
que el protagonista es la escritura, al tiempo que hace mención
a su aparente (léase bien, aparente) hermetismo. Para Sifontes,
los textos de Oswaldo, inclasificables y totalmente originales no
deberían ser llamados cuentos ni novelas, ni textos, ni ejercicios
narrativos, sino trejos. Debo decir que pocas veces me he
encontrado con un nombre tan acertado. En los trejos lo más
importante es el "disfrute de las mismísimas palabras
al verse unas junto a las otras". Creo que este comentario
nos puede explicar la obra de Oswaldo Trejo. En ellos lo
importante es el ejercicio deconstructor, reconstructor, desarticulador
de las palabras, de la anécdota, de la acción. Para
ese narrador nato (como lo llama Adolfo Castañón)
que era Trejo, era demasiado fácil fabular, relatar
historias y relatarlas bien. Tan fácil que en su literatura
elegía otra vía, porque, "¡hasta cuándo
escribir igualito a como uno habla!". La dificultad textual
en los trejos tiene que ver también con un amor extraordinario
por el lenguaje y por las posibilidades de expresión, falsedad,
disfraz y encubrimiento que tiene éste. No es casual que
uno de sus textos se titule "Horas escondido en las palabras".
En
sus diarios, aunque no con demasiada frecuencia, Trejo explicaba
su visión de la literatura. No se percibe aquí afán
hermético ni de experimentalismo incomprensible, sino de
puro amor y juego con el lenguaje, incluso de cierto sentido poético
de la narración. A partir de sus diarios es posible ver que
le asombraba cuando no entendía lo que hacía ni por
qué lo hacía. En uno de sus diarios, llamado Blancos
explicables y que corresponde a 1970, Oswaldo Trejo escribe
sobre Textos de un texto con Teresas: "Escribo como
lector y como lector ya no me interesa sino aquello en lo que la
palabra es más importante, demolida hasta donde sea posible,
como la ortografía, la puntuación, la sintaxis, cosas
no de la gramática sino de la realidad dándoseme ahora
al derecho y al revés en el desarrollo de TTT".
En otro de ellos, Otoñando verdes, al referirse a
También los hombres son ciudades dice: "me dediqué
a una reconstrucción lírica de toda la infancia del
personaje principal". Ante las constantes peticiones de que
explicara su obra, En Oreja y ojo de un mismo lado, otro
de sus diarios, dice: "ningún libro merece ser maltratado
por su autor, desglosándolo, explicándolo, señalando
lo que dice o lo que una frase oscura o párrafo no suficientemente
explícito, adrede, quiere decir. Si el autor tiene que hacer
explicaciones, ¿por qué no sigue escribiendo el libro,
en vez de publicarlo? Llegaría así a no tener nada
que explicar después de darlo a conocer". Sentía
cierto desdén por los críticos que decían no
entender sus textos: "¡Ni que estuvieran escritos en
chino! (
) Sabía que no les gustaría el libro,
cosa fácilmente comprensible y siempre aceptable (
)
Pero de allí a no entender nada de nada (
) hay una
distancia bien grande, especialmente tratándose de personas
cultas y sensibles". También apunta: "Quienes escriben
sobre libros escritos en Venezuela o quienes sin escribir opinan
favorablemente sobre muchos libros, no parecería interesarles
la escritura para nada, de manera alarmante cabalgada por lo que
el autor expone, dice, comunica. Ya esto, nada más, ¿es
lo que tiene valor? Será así, pero cómo leer
pasando por encima de malas construcciones de frases, de torpísimas
parrafadas en las que ni siquiera existen las concordancias más
elementales. (
) ¡Adelante los satisfechos de sus decires
y los satisfacidos con los que las dicen de cualquier manera".
En No dan para más, habla de un texto que no escribió
"Para cerrar un cuerpo es el título del libro
que escribiré en el futuro. ¿Cuál es el cuerpo?
El de la experiencia obtenida como escritor, en todo sentido, en
sendas motivaciones: la que abarca lo formal en primer lugar, ¡siempre
en primer lugar!".
Adolfo Castañón, el poeta mexicano amigo de
Trejo, explica su "excentricidad narrativa", porque
hay que leer los trejos en el marco de la historia de la
poesía, en la prosa poética o en la poesía
ensayada. Ese es un camino, los trejos hay que escucharlos
para descubrir, tras el hermetismo, su cadencia. A veces sus poco
convencionales cuentos me recuerdan a esas poesías difíciles
de Góngora, que a la primera lectura no pueden ser
aprehendidas, pero que a la segunda o tercera, tras la meditación
y la lectura pausada, van descubriendo su esencia. El mismo placer
que se siente al desentrañar los recovecos del gongorismo
es el que se siente al acceder a los trejos. Sin embargo, en una
entrevista con Luis Barrera Linares, Trejo afirma: "Poeta
nunca. Escritor pareciera ser el que escribe de cuanto sabe, de
cuanto mira, de cuanto toca. Si no fuera tan fea la palabra textor,
textor sería bueno llamarme cuando los narradores no sepan
cómo hacerlo. Vayamos entonces a una palabra de transacción:
relator".
Por
otra parte, los trejos no son sólo para oírlos.
También es importante verlos, observarlos, descubrir la estética
en sus juegos tipográficos. Eso los hace tan distintos como
sus larguísimos títulos sonoros y eufónicos:
Textos de un texto con Teresas; Al trajo, trejo, troja, trujo, treja,
traje, trejo; Aspasia tenía nombre de corneta.
Hace
unos años, el actor Al Pacino dirigió una deliciosa
película llamada Looking for Richard. En ella describe
la dificultad de los estadounidenses para entender a Shakespeare,
y por tanto para montarlo. Viendo la película pensé
mucho en Oswaldo Trejo. Después entendí que,
al igual que con las obras de Old Will, las de Oswaldo son
para iniciados, pero no en la erudición, sino en el disfrute
de lo no fácil, de lo que hay que desentrañar, como
si fuera la búsqueda de una almendra. A la larga, lo único
que permanece es la obra, reflexiona Oswaldo en la última
anotación de su diario, cuando afirma: "una contienda
no la justifica indirectamente sino la competencia en la realización
de una obra de mucho peso, verdaderamente significativa y, por renovadora
e insólita, indispensable". Tal como fue la suya.
Violeta
Rojo. Ensayista
|
|
N°
50 Año III
Caracas, sábado 15 de abril de 2000
|
| |
 |
|
|
| |
|
|
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
|