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RECIBIRA
UN "ELEGANTEMENTE DEMORADO" RECONOCIMIENTO, EL PREMIO
CERVANTES
Jorge Edwards en íntima disputa
con la realidad
De la constante
confrontación del escritor chileno con el paisaje que lo
circunda -ora político, ora vital, ora intelectual- ha sido
testigo el ensayista peruano Julio Ortega, y de allí
entonces que, a escasos días de que Edwards fuese galardonado
con el Premio Cervantes,
aquél no demorase en brindarnos la entrevista que sigue y
en la que identifica "la calidad durable de la obra de Edwards",
"obra -añade- de larga actualidad", aunque
de "demorado" reconocimiento. Advierte Ortega -y se advierte
a lo largo
de la conversación- que a pesar de que el diálogo
se efectuase en 1990 -nótese
que aún el novelista no había culminado de escribir
su biografía de Neruda, publicada finalmente en 1992-, cada
palabra resuena como pronunciada a esta hora

Foto: Vasco Szinetar
Jorge Edwards: "La transición chilena,
extraña, anómala, ha exigido una especie de reescritura
del pasado"
JO: Después de leer la parábola irónica
que es El anfitrión (1987) me he convencido de que tú
estás, desde tus primeros libros, escribiendo la biografía
política de nuestro tiempo latinoamericano. Desde El peso
de la noche (1964) hasta El anfitrión encuentro que el escenario
político es un balance colectivo, o al menos generacional,
y que esa introspección del destino público se da
en las formas más lacónicas e irónicas de la
biografía. Estas "vidas ejemplares" por arquetípicas,
y "vidas imaginarias" por estar hechas del discurso de
lo político, son también "vidas paralelas",
formas de desvivir lo latinoamericano en íntima disputa con
sus realidades. Para empezar por aquí esta indagación
sobre tu narrativa, quisiera preguntarte por la definición
política de la biografía, esto es, ¿crees que
la experiencia política es la que articula, en efecto, nuestras
interacciones con los otros y con nuestro tiempo? ¿Es ésta
una diferencia latinoamericana, una pregunta por nuestra identidad?
JE: Desde que la narrativa chilena, alrededor de los años
cincuenta, dejó de ser rural o costumbrista, la experiencia
política pasó a ser uno de sus elementos centrales,
recurrentes, omnipresentes. Dejó de buscar la diferencia
latinoamericana en la naturaleza; búsqueda que se había
vuelto monótona, estéril, y empezó a encontrarla,
a veces sin proponérselo, en la historia. En esto, por lo
demás, la novela chilena reanudaba la tendencia de los orígenes.
Alberto Blest Gana, al descubrir la obra de Balzac
e intentar hacer una Comedia humana chilena, fue el primero
en escribir la biografía política de su tiempo. El
personaje de Martín Rivas corresponde a una vida paralela;
vida imaginaria, no ejemplar, pero sí ejemplarizadora. Y
el Loco Estero, oficial revolucionario, víctima de las guerras
civiles, que su hermana hace declarar loco y encierra en una propiedad
familiar, es un caso perfectamente vigente. Por eso, en mi novela
El anfitrión, el Loco Estero figura entre la población
del manicomio e institución para toxicómanos que es
la puerta por donde los dos personajes, Faustino y Apolinario, entran
a Chile.
Todo esto, sin duda, toca el tema de nuestra identidad. Los países
latinoamericanos son invenciones políticas y administrativas,
injertadas en medio de una naturaleza indiferente
y superior.
La poesía de un Neruda o de una Gabriela Mistral
se dedicó a cantar, en sus momentos mejores, la superioridad
de esta naturaleza ("Antes de la peluca y la casaca",
"El Gran Océano", "Materias"). El relato
(narración literaria sin ficción), el cuento, la novela,
se ensañan en la exploración y la exposición
del tejido deteriorado de la sociedad, con su pululación
de historias. Como dice Vargas Llosa en alguna parte, el
novelista se especializa en la carroña.
-A diferencia de las novelas políticas de Carlos Fuentes
y Vargas Llosa, donde el Estado corruptor distorsiona la
experiencia posible de lo político, en las tuyas sí
hay una cotidianidad política suficiente, en el sentido de
que los héroes o antihéroes discurren en un mundo
definido en los términos de uno u otro discurso político.
Eso supondría que hay una dimensión legítima
de lo político. ¿Cómo asumes, entonces, el
fracaso que permanentemente subraya a la experiencia política?
¿También el fracaso político es parte de una
experiencia generacional y, por eso, su legitimidad, piadosa o irónica,
resulta novelesca?
-En el Chile de mi tiempo ha sido imposible introducir coherencia
y corporeidad en la vida cotidiana sin recurrir a determinadas categorías
políticas. Por ejemplo, un radical, militante o allegado
al Partido Radical, en los años cincuenta, tenía una
manera extremadamente concreta y definitoria de vestirse, de hablar,
de comer, de reunirse, de exhibir sus presupuestos ideológicos
y éticos. Un comunista y un conservador también. Un
conservador con "inquietudes sociales" era un social cristiano;
años más tarde, un demócrata cristiano. Dentro
del Estado coexistía un conjunto complejo de equilibrios
más o menos inestables, parcelas de poder que disfrutaban
de algún espacio y que renegociaban continuamente sus respectivas
situaciones. A raíz del fracaso de la experiencia de Allende,
la dictadura creyó que podría terminar para siempre
con esta fragmentación y esta especie de compadrazgo colectivo,
fenómenos a los que muchos atribuían la supuesta decadencia
o la insalvable mediocridad del país. Pero no hubo una guerra
interna, como habrían querido algunos. Sólo hubo una
guerra ficticia, inventada. La dictadura no pudo evitar que ese
tejido, con su cotidianidad política desdramatizadora, empezara
a reconstituirse. La transición chilena, llena de etapas
que vistas desde fuera parecen inexplicables, no se explica de otro
modo.
En mi generación, el paso a la acción política,
seguido de un inevitable fracaso, ha derivado de una visión
crítica, rebelde, insatisfecha, de la sociedad existente
con sus precarios y grisáceos equilibrios. Silverio Molina,
personaje principal de mi novela Los convidados de piedra, héroe
derrotado, ha querido defender primero la tradición, y después,
en un proceso de conversión clásico, ha defendido
la opción revolucionaria. Su historia personal desembocará
en la comprobación melancólica de que ambas actitudes
eran imposibles. Quedará, como balance positivo, en verdad
piadoso e irónico, su amor exaltado a la naturaleza de la
región de Los Queltehues, La Punta, Mongoví, espacios
geográficos ficticios, con equivalencias aproximadas pero
no enteramente exactas. En este punto, intenté hacer la síntesis
de la visión de los poetas épicos, "naturales"
(la tradición de Ercilla y Pedro de Oña
hasta Neruda y Mistral), y de los cronistas y novelistas.
En estos días he pensado en un nuevo capítulo final,
más realista y más cruel: la playa de Los Queltehues
bajo la democracia recuperada, pero atravesada por motocicletas
y automóviles areneros que ahuyentan las antiguas bandadas
de patos, queltehues, gaviotas, zarapitos, ocasionales garzas, pelícanos
-Sospecho que tu visión de la política latinoamericana,
por ser más novelesca y menos sancionadora, es más
moderna. Volvamos a la perspectiva biográfica. Si en tus
primeros textos el balance era más realista, en los últimos
es más imaginativo, incluso humorístico. Después
de todo, El anfitrión es una ingeniosa versión
del Fausto. Y, por lo mismo, su tesis básica es que
es posible, gracias a un pacto demoníaco, cambiar la vida,
vivir de nuevo, ser otro. Nostálgico, Faustino Piedrabuena
es transportado del severo exilio alemán al Chile de sus
quereres. Sólo que la política lo ha fijado en una
vida, real o imaginaria, que lo persigue como un malentendido. ¿Cómo
se te ocurrió esta biografía paralela? ¿Es
Faustino un tipo de la galería del exilio, una máscara
amable de esa vida grandilocuente y becada?
-Si se sostiene que es posible cambiar la vida mediante un pacto
con el Diablo, se insinúa, en forma irónica, que no
es posible cambiarla, ya que suponemos que el Diablo no existe.
Sin embargo, El anfitrión es, en realidad, una novela
sobre la memoria y la transición política, que usa
el tema de Fausto con desenfado (como debe usarse). La transición
chilena, extraña, anómala, ha exigido una especie
de reescritura del pasado. Y el Diablo de El anfitrión
no compra las almas de sus "clientes" sino los pasados,
que colecciona en unos archivadores polvorientos de sus oficinas
del centro de Santiago. Vivir en West Berlin invitado por el DAAD
alemán, junto al Muro, en presencia de dos exilios chilenos,
el del lado capitalista, donde se daban casos interesantes de picaresca
criolla, y el del lado comunista, donde los problemas del stalinismo
seguían vivos, experiencia que hice en forma paralela a una
lectura de Faustos clásicos y modernos -el de Goethe,
el de Christopher Marlowe, el de Thomas Mann- me dio
la idea.
-En El anfitrión resulta que el demonio reescribe
las biografías. Se declara "coleccionista de pasados",
dice que "la venta del alma, que es una entelequia" no
sirve de mucho; pero sí, en cambio, los pasados "con
su diversidad, su ocasional belleza, su tristeza, su corrupción,
sus vergüenzas y sus minutos de gloria
". Y advierte:
"Cuando su historia personal ingrese a mi colección,
ya nadie se acordará más de ella. Su pasado se habrá
convertido en una hoja en blanco. Podremos escribir ahí lo
que más nos convenga" (114-115). Este demonio autoritario
propone al pobre Piedrabuena un pacto extraordinario: hacerlo candidato
a la presidencia de Chile en las próximas elecciones. Así,
con humor, la historia de una vida se convierte en una vida sin
historia: la política es una experiencia de extravío,
de pérdida, y la sustituye una comedia manipulatoria. ¿Es
esta una biografía del antiheroísmo político,
de la política como carencia?
-En la política real, por lo menos en la de esta transición
chilena, cierta mala memoria, algo que podríamos denominar
olvido piadoso, ha sido factor útil. Los poderes de naturaleza
demoníaca y los de naturaleza fáustica han sido capaces
de darse la mano.
Esto
no significa que estemos irremisiblemente condenados. Demuestra,
por el contrario, la sabiduría de la idea goetheana: el Diablo,
Mefistófeles, siempre planea el mal, pero de su acción
siempre termina por derivar el bien.
-Me llamó la atención el paralelo entre tu personaje
y Chance, el personaje de Jerzi Kosinski, que es un jardinero ingenuo
que pasa por sabio y llega a ser presidente. Me pregunto si en el
fondo el esquema de este tipo de novelas no se remonta al prototipo
de El asno de oro, donde lo casual se convierte en el mecanismo
fantástico que transforma lo cotidiano. Esa biografía
a nivel equivalente, por decirlo así, termina siendo una
radiografía de la sociedad política. En El museo
de cera (1982) y en La mujer imaginaria concurren la
biografía de un antepasado tuyo en España y la de
una pintora en su arte de las equivalencias. ¿Cuál
sería el trasfondo político de estas máscaras
novelescas, de estas crónicas de biografía anticipada?
-Creo que mi Faustino Piedrabuena es un mediocre, pero no, precisamente,
un ingenuo. Su visión lúcida le permitirá,
en definitiva, vencer sus infinitos miedos y convertirse en otro.
Los personajes de El museo de cera y de La mujer imaginaria,
a partir de situaciones rígidas, enmarcadas y enclaustradas
(el viejo conservador, la señora del barrio alto santiaguino,
son tan prisioneros de sus circunstancias como el comunista chileno
exiliado en Berlín Oriental), experimentan una evolución
inesperada y extraordinaria. Salen a la aventura y a una suerte
de marginalidad creativa. Quizás el sentido de los textos,
escritos desde una situación política paralizada,
era en el fondo optimista. Bueno, el Muro de Berlín cayó,
y el pinochetismo muere de una muerte más o menos suave e
indolora. Quiere decir que mis ficciones no estaban tan desorientadas.
El cambio comienza en la conciencia, lo racional es real.
-Por cierto, si la biografía es uno de los medios de representar
la identidad cultural, ¿por qué resulta ser un género
escaso en español y, en cambio, el género más
popular en inglés? Otro tanto ocurre con la autobiografía,
escasamente practicada entre nosotros. ¿Crees que pueda deberse
a las distancias, a veces contradictorias, entre la vida privada
y la vida pública? ¿Es precisamente la política
una autorreescritura, una memoria revisada y reeditada? Te lo pregunto
porque precisamente en Persona non grata (1982) tú
lograste una espléndida solución narrativa al fundir
memorias, autobiografía política, y crónica
histórica.
-En mi trabajo he intentado demostrar que se puede, a pesar de todo,
escribir autobiografías y memorias en lengua española.
Estos géneros son, sin duda, los más afectados por
la censura, y no sólo por la censura oficial, sino por esa
otra, insidiosa, enquistada en las costumbres, en los códigos
grupales y tribales, en el conjunto de las ideas recibidas. Los
anglosajones y los franceses también las tienen, desde luego,
pero suelen ser más inclinados que nosotros a desafiarlas.
-Me acuerdo que Persona non grata se iba a llamar El
dedo en el ventilador, título que dramatizaba, justamente,
el peligro de escribir este tipo de autobiografía política;
por un lado, sobre una experiencia excepcional y actual; por otro,
en contra de la corriente de opinión dominante. Y, lo más
difícil, hacerlo con un exacto sentido de la palabra justa.
Justa a los hechos y su interpretación. Los años han
pulido ese sentido político del libro, su aguda crítica
hecha a nombre de la inteligencia y la justicia en una situación
conflictiva. ¿Cuáles fueron las consecuencias, biográficas
y políticas, de este libro? Y, por otra parte, ¿afectó,
si acaso, a tu escritura de ficción escribir este libro?
-La escritura de Persona non grata y la decisión de
publicar el libro, decisión implícita en su escritura
(el texto se dirige y se refiere con frecuencia al lector, esa entidad
antigua, mítica, y a la vez extremadamente concreta y actual),
tuvo para mí un efecto liberador. Los libros de ficción
que escribí después, y la completa reescritura que
hice de Los convidados de piedra, no habrían sido
posible sin la catarsis y el acto de higiene mental que significó
para mí Persona
Gracias a eso, mi visión
de la política chilena de mi tiempo en Los convidados
se hizo menos rígida, más libre, en cierto modo más
ambigua e irónica y, en definitiva, más histórica.
Los detractores de Persona non grata dijeron que Los convidados
de piedra era una novela "clasista", ya que la mirada
del narrador, de los narradores, enfocaba la situación de
ciertos grupos de la clase dirigente; pero es absurdo: es una novela
sobre la mala conciencia y la ruptura de clase. El personaje principal,
Silverio Molina, sigue precisamente un periplo que lo lleva a encontrarse,
primero, y después a identificarse con los pescadores, los
artesanos, los campesinos, los militantes revolucionarios, de la
zona que antes sólo miraba con una visión clasista.
Su evolución tiene algunos matices "tolstoyanos",
y en la novela sí insinúan irónicamente los
límites de un proceso. En La mujer imaginaria hay
una evolución comparable, en un tono ya muy diferente. El
tono "político fantástico" de El museo
de cera y de El anfitrión tampoco habría
sido concebible sin la ruptura de esquemas y el desafío "a
la corriente de opinión dominante", como dices con toda
precisión, que implicó escribir y publicar Persona
non grata.
-¿Cómo concibes tu proyecto de una biografía
testimonial de Neruda? Me gustaría saber qué
dificultades vas encontrando en ese proyecto, aparte de la natural
e inmediata de tener que contar las cosas que sólo tú
puedes contar de sus años parisinos. ¿No sería,
después de todo, una biografía de Neruda el magnífico
telón de fondo de una verdadera Comedia política,
un escenario dantesco de la política como la verdadera naturaleza
americana?
-Mi biografía testimonial sobre Neruda será,
en verdad, una autobiografía: Neruda y nosotros (uno
de sus títulos posibles). Todos, por lo menos aquí
en Chile, nos definimos alguna vez, literaria y políticamente,
en función (a favor o en contra) de la obra nerudiana y del
personaje de Neruda. Yo lo conocí en 1952, fui amigo
suyo y fui el ministro Consejero de su embajada en Francia hasta
el final. Es decir, la presencia cercana de Neruda, la amistad
con él, mi trabajo junto a él, tuvieron una indudable
influencia en mí y en otra gente de mi tiempo. La relación
no careció de altibajos, conflictos, malos entendidos. El
Neruda mío provocará algunas sorpresas e irá
en contra de algunas "ideas recibidas" sobre el personaje.
La dificultad de la escritura del texto es la dificultad de todo
relato de tipo testimonial, que requiere una libertad profunda,
que hay que luchar a cada rato y en cada línea por mantener,
y que choca inevitablemente con la "corriente de opinión
dominante".
-Si revisamos las grandes novelas políticas nuestras,
seguramente coincidiremos en La muerte de Artemio Cruz, biografía
del fracaso revolucionario mexicano; en El siglo de las luces, biografía
de la Revolución Francesa en las Antillas, hecha por la imprenta
y la guillotina; en Conversación en "La Catedral",
biografía moral de la dictadura de Odría en el Perú
de los años cincuenta. ¿Qué novelas, aparte
de estas, te importan por su exploración de la política?
-Podría agregar: El reino de este mundo, de Alejo
Carpentier; La guerra del fin del mundo de Mario Vargas
Llosa; Memorias póstumas de Braz Cubas
y Quincas Borba, de Joaquín María Machado
de Assis. La sonrisa de Machado de Assis, melancólica,
desencantada, pero en cierto modo consoladora, es lo que me parece
más afín a mi propio trabajo.
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Foto:
Vasco Szinetar
Jorge Edwards: "Opté entonces por regresar y comprometerme"
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-Jorge, después de que renunciaste a la diplomacia, volviste
a vivir y escribir en Chile, y habiendo vivido allí todos
estos años de la dictadura, ¿puedes ahora hacer un
balance de biografía sumaria sobre ese plazo de resistencias
y de hipótesis? Pudiste haber vivido fuera, como tantos,
¿por qué decidiste quedarte en Chile?
-Sabía que la dictadura sería larga y pensé
que si me quedaba afuera, terminaría por quedarme sin país.
Opté entonces por regresar y comprometerme en la lucha interna
por la restauración democrática. No estoy en absoluto
arrepentido de haber actuado así. Eso me dio una especie
de segunda vida literaria. Escribí mucho en estos años
-incluso muchas crónicas que constituyeron mi reacción
inmediata y cotidiana frente a las situaciones que se vivían-
y ahora tengo muchísimos proyectos. Si hubiera seguido en
España, no creo que hubiera podido transformarme en escritor
español con la misma creatividad.
-¿Qué proyecto, biográfico o transbiográfico,
te ocupa actualmente? Después de haber sido testigo privilegiado,
y actor intensivo, en varios escenarios y situaciones de excepción,
uno se pregunta si escribirás la verdadera biografía
del boom de la novela hispanoamericana, por ejemplo. O, mejor
aún, si escribirás tu propia biografía como
si escribieras la de todos nosotros en el espacio interlocutorio
donde la política y la literatura dialogan con elocuencia
dramática. Se requiere de la tranquila ironía tuya
para que ese cuento de la tribu pueda ser un canto con sentido.
-Pienso que me he pasado escribiendo esa biografía propia
y colectiva y que todavía no he terminado de escribirla.
Ahora me interesan dos extremos: la memoria personal (el género
clásico de las memorias) y la memoria histórica (el
género, también clásico, de la novela histórica).
Y vuelvo a escribir cuentos. Y tengo un proyecto para el teatro
Julio
Ortega. Ensayista
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N°
51 Aņo III
Caracas, sábado 22 de abril de 2000
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