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Apuntes
ENERO, DE DELFINA
MUSCHIETTI
Mundo de sensaciones vibrantes
e imperceptibles
El mundo de sensaciones
fugaces que atraviesa la poesía toda de Delfina Muschietti
(Argentina, 1953) encuentra nuevamente eco en su más reciente
poemario, Enero (La marca, 1999).
El sentimiento pareciera aquí -señala Mercedes Roffé-
"apenas un color más
en la paleta de los sentidos"; pero "esta ausencia de
emociones fuertes,
abruptas" es, tal vez, "lo que más contribuye a
preservar la intensidad
de una experiencia quizás más total, más completa"

Foto: Archivo
Si alguna constante
puede señalarse en la obra de Delfina Muschietti publicada
hasta hoy, es ese rasgo ya anunciado en el título de su primer
libro, Los pasos de Zoe: esa atención al gesto suspendido,
como el paso de la Gradiva, a la densidad que cobra el aire en ese
ángulo tremulante que forma el pie en su ligero apartarse
de la tierra. No es, sin embargo, el gesto humano el centro de la
poesía de Muschietti, como no es más que infinitesimalmente
humana Zoe, la vida. Poeta de las sensaciones, se le ha llamado,
y en este sentido poeta impresionista: poeta de la sensación
captada en su cruce con la fugacidad del tiempo que la atraviesa,
la disuelve y, de algún modo también, la eterniza,
al aire de su vuelo, sin fijarla.
"Allá
/ sobre el costado brumoso / de la distancia / se acicala el aire",
decía en el poema "Roces" de su primer libro. El
aire "se acicala", una rama "cimbrea", otra
"se inquieta", el agua de las zanjas "germina",
la tarde "se hamaca", todo reverbera y se inclina y todo
es leve y, sin embargo, preciso, como el resplandor del sol en el
agua o en la hoja de un cuchillo. Si Baudelaire caminaba
por la naturaleza como por entre los pilares de un templo, aquí
se camina por la naturaleza, pero la naturaleza y el yo que la percibe,
sujeto y objeto, paisaje y protagonista, son aquí uno, una.
En lugar de dualidad, unión profunda, comunión de
los dos polos en que suele desplegarse la experiencia, en un solo
ser: el poema. Como la mirada del pintor en el lienzo, el gesto
de la atención queda inscripto en el verso, así como
el lugar desde el que se mira: "la cabeza inclinada hacia un
costado / para atender / el movimiento de las hojas / tras el vidrio
del balcón: afuera la luminosa / independencia del aire"
(15).
Sería
fácil decir que en este mundo de sensaciones vibrantes e
imperceptibles cambios en el color del alma, el paisaje expresa
un estado de los sentimientos, el ánimo o el espíritu.
Pero en los libros de Muschietti, el mundo natural que conmueve
los sentidos no es ni un espejo ni un telón de fondo (a la
manera petrarquista) de los sentimientos del yo. La actividad de
los sentidos es aquí siempre más abarcadora, alerta
y múltiple. El sentimiento -la pena o la expectativa amorosa,
la espera, el cansancio, la melancolía o el abatimiento-
parecería apenas un color más en la paleta de los
sentidos, un armónico que aporta su voz particular, no más
grave ni estridente que otras, uno de los tantos riachos que confluyen
en el mar de la experiencia toda.
Es, tal vez,
esta ausencia de emociones fuertes, abruptas -esta "ausencia
de lo trágico", como se ha dicho a propósito
de los prerrafaelistas- lo que más contribuye a preservar
la intensidad de una experiencia quizás más total,
más completa. Según algunos textos religiosos orientales,
en el primer momento de toda experiencia, antes de que se produzca
cualquier reacción, hay sólo percepción pura.
La fuerza vital que participaría en esta experiencia pura
sería la misma que anima la sabiduría primordial,
la energía que subyace en la experiencia, antes de cualquier
reacción de apego o aversión, y libre de ella; un
flash de experiencia pura que pronto desaparece bajo la fuerza
de la reacción emocional que habitualmente solemos tomar
por la experiencia misma. Sería allí, en ese momento
fugaz de la experiencia prístina, previo a todo juicio y
a todo sentimiento, que parecerían originarse estos textos.
De allí tal vez la autonomía -o la total completud-
de un suceder que impone, implacable, su rotunda belleza.
El universo
de lo humano, sin embargo, se hace presente, aun cuando quizá
no se perciba sino como una respiración más. ¿Qué
personajes, fuera del río, la espuma, la costa, la copa de
los árboles cimbreantes, los campos de lino y el paso de
las estaciones, habitan este mundo? Alientos presentidos cerca.
"Y a mis espaldas / su cabeza recostada / en la orilla de un
sueño infinito" (38). Raramente un hombre, una mujer,
un niño -sino por las voces que se confunden con los otros
murmullos de la tarde. Por la ternura podría ser, a veces,
una criatura; por la tensión del aire, quizás un cuerpo
adulto, deseado. Y sin embargo es apenas un vislumbrar, un presentir
una presencia. O más aun: el respirar de una presencia que,
más que saberse, se adivina.
A veces, ese
presentir atraviesa meses (el calendario poético de El
rojo Ucello) o imprecisas distancias. Hay, aquí y allá,
la sospecha de que algo está pasando "en otro lugar":
al otro lado de la Luna, o del silencio, o de la cúpula nocturna.
Ese anhelar del corazón tendido al otro lado de la noche,
como un puente vibrante o una vara de bambú -la escena, el
sentimiento, la retórica incluso- no se aparta mucho del
de algunas poetas japonesas de hace poco más de diez siglos.
El mejor ejemplo, quizás, siga siendo uno de los poemas de
El rojo Ucello: "¿Qué han visto tus ojos
además de los altos cardales? ¿Qué has oído
en todo este tiempo, además del croar de las ranas sobre
la hierba húmeda? Quizás algo de mi misma luz en este
doble silencio estelar" (43).
Sin embargo,
ese eterno presente en el que parecerían vivirse estas escenas,
no rechaza la prueba del tiempo ni la irrupción de lo moderno.
Si en Los pasos de Zoe el detergente "Cierto" convivía
con Girondo en la doble jornada de ese nuevo mito de nuestro
siglo, esa nueva víctima, "la mujer maravilla",
que Delfina Muschietti retrató como pocas; si en El
rojo Ucello "una voz tecno" quedaba suspendida "en
el hueco negro del teléfono"; en Enero, "el
ruido de los motores" de las lanchas, "la cinta del video"
sin apagar, y "esos dibujitos japoneses / que miran los chicos
/ todos los días" nos traen abruptamente a un presente
histórico, ineludible.
El poema "Aéreas",
que cierra la segunda parte del libro, sirve de pórtico a
la sección final, "Variaciones sobre el desierto",
un mundo donde el yo se fundirá con la memoria de Rimbaud
en el desierto; un desierto que es a la vez Africa y Suramérica,
el lugar del poeta mítico y del silencio del poeta, como
un mítico exilio, y donde el otro, el amado, el cuerpo, será
el oscuro, "con lisura de nieve negro", el árabe
indescifrable y huidizo como un corán escrito en las dunas.
Ese estar con
un pie en la vivencia inmediata y otro en la tradición, o
más aun, en la "novela familiar" literaria -Proust,
Rimbaud- aparece, también, con un sesgo particular en
la poesía de Muschietti, sobre todo en el registro
de los momentos de mayor tensión emotiva: "¿Lloraría
Kafka?", se preguntaba en El rojo Ucello. ¿Es
Enero, o es Africa? parecería preguntarse ahora, como si
ninguna experiencia -fuera, quizá, de la rotundidad de lo
sensible- se sostuviera sin el apoyo, el aval, de la Literatura.
Delfina
Muschietti nació en Entre Ríos, Argentina, en
1953. Es crítica y profesora de literatura de la Universidad
de Buenos Aires. Ha editado las obras de Alfonsina Storni
y escrito artículos críticos sobre Alejandra Pizarnik,
Oliverio Girondo, César Vallejo, así como sobre
poesía argentina de las dos últimas décadas.
Desde 1992 coordina el ciclo de lecturas "La voz del erizo",
que se lleva a cabo en el Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad
de Buenos Aires, y dirige la colección de poesía Biblioteca
del erizo. Como poeta, ha publicado Los pasos de Zoe (Caracas,
Pequeña Venecia, 1993), El rojo Ucello (BsAs, Bajo
la luna nueva, 1996), y como traductora, La mejor juventud,
una antología de la obra poética de Pier Paolo
Pasolini. Enero, el poemario que acaba de publicar la
editorial La marca, confirma su lugar en el espectro de la poesía
argentina reciente, un espectro que hace más de diez años
Muschietti contribuye a difundir y a delinear.
Mercedes
Roffé. Poeta y ensayista
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N°
51 Aņo III
Caracas, sábado 22 de abril de 2000
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