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Reseña
Ensayos
a la luz de los tiempos
Talante de ensayista
es el de Román Gubern, quien, en fecha reciente, ha sumado
a su estimada obra dos nuevos títulos: Proyector de luna
y El eros electrónico. Ambos, en palabras de Raquel
Luzárraga, ilustrativos de la talla intelectual del autor
catalán y del tipo de pensamiento que ha cultivado: "Gubern
nos brinda con su trabajo el ejemplo de las tareas del científico
y el humanista combinadas. La interpretación -subjetiva,
emocional, inevitable y rotundamente exigible- es la clave de ambas
tareas y el punto de combinación"
Román
Gubern publica, casi al mismo tiempo, dos libros que ilustran
tipos de ensayo diferentes. Ambos han sido recibidos con éxito
y no se sabe cuál resultará más perdurable.
Proyector de luna, frase con que César Arconada
se refiere al proyector cinematográfico, recoge uno de los
pocos momentos históricos de "maridaje" entre el
cine y la literatura. Este momento se produce cuando la imagen penetra
a través del cine mudo en la vida de los escritores y poetas
de la generación del 27, adscritos o coetáneos del
movimiento surrealista, causando en ellos una extraordinaria fascinación.
A partir de aquí, muchos de los poemas, sobre todo, y de
la escritura de estos intelectuales quedará influida por
la referencia al cine y a la imagen, circunstancia favorecida por
la convivencia de muchos en la Residencia de Estudiantes de Madrid.
Con el título
"La contaminación cinematográfica" empieza
el capítulo que, basándose en las relaciones que se
dieron entre ambas partes, ejemplifica mejor que nada los complejos
mecanismos de intertextualidad que a veces se han producido entre
literatura y cine, y que pueden producirse entre la palabra y la
imagen. Asentando con pertinencia el tema en el contexto histórico,
sociocultural y político, el autor avanza por el estudio
del surrealismo funambulesco de Gómez de la Serna,
del ultraísmo madrileño, "toque de clarín
de la modernidad estética", y de las vanguardias españolas,
para centrarse plenamente en "el maridaje" y en las figuras
de Buñuel, García Lorca y Giménez
Caballero. Unos excelentes análisis de poemas de Pedro
Salinas, Cernuda o Alberti ilustran las innumerables
sinestesias que sellaron esa producción poética -la
"voz desenfocada" de Lillian Gish entre otras muchas-
y que tan bien sirvieron para la expresión de las intenciones
surrealistas. El libro termina, como termina también la magia
de este momento de unión, con la aparición del cine
sonoro y el eclipse del cine de vanguardia. La portentosa aportación
de datos que ofrece Gubern -en la que los expertos destacan
la exhaustiva investigación sobre la exhibición cinematográfica
en la Residencia de Estudiantes- parece cerrar hasta el momento
los estudios sobre el tema.
Como decimos,
distinto es el otro libro, El eros electrónico. Y
recalco la diferencia entre ambos porque ilustra la talla de intelectual
de Román Gubern y, a la vez, la necesidad actual de
un tipo de pensamiento y, sobre todo, de interpretación determinados.
El eros electrónico recoge preocupaciones ya antiguas
del autor, ensamblándolas en la atractiva perspectiva -y
finalmente inevitable- de nuestros sentimientos en el alba crecida
de la tecnología comunicacional. En palabras del autor, vivimos
en una época de "simulacros de lo real", lo cual
ha devenido, peligrosamente, en una situación de simulacros
de lo íntimo. A partir del análisis de los nuevos
usos amorosos de Internet, el cibersexo y los símbolos eróticos
que instaura la televisión, descubrimos que de manera cada
vez más evidente vivimos sin emociones o transfiriendo las
emociones. Gubern nos señala que el aislamiento del
individuo es paradójicamente progresivo y se centra en los
estudios actuales de las posibilidades de "desarrollo completo"
de los ordenadores, es decir de su equivalencia a la inteligencia
humana, asimilación que parece imposible por la carencia
de emociones de la máquina.
Aunque se haya
desprendido de las necesidades afectivas, el sujeto no puede eliminar
su necesidad emocional. Así, ante la incipiente y cada vez
más extendida incapacidad de enamorarnos, mantenemos la necesidad
del contacto físico, aquello que Mario Vargas Llosa
llamó con acierto "esa vieja costumbre de sentir".
Precisamente por observada e intuida, esta cuestión debía
analizarse y formularse con palabras. Que la prisa mata la ternura,
en palabras de Marina, nos lleva a ver que la velocidad crea por
sí misma nuevos acontecimientos. Y observamos que analizar
hoy las causas de nuestros sentimientos y emociones es, en buena
medida, analizar las influencias de las fuerzas globales que los
originan.
Ni apocalíptico
ni integrado, Gubern no desdeña la nueva tecnología
sino que da luz global a la existencia del hombre junto a ella.
Y su mismo trabajo es una prueba de este estadio: la interpretación
humanista es lo único que da sentido a la ciencia; lo que
puede convertirla en un instrumento a nuestro servicio. Gubern nos
brinda con su trabajo el ejemplo de las tareas del científico
y el humanista combinadas. La interpretación -subjetiva,
emocional, inevitable y rotundamente exigible- es la clave de ambas
tareas y el punto de su combinación. La interpretación
del científico en una obra histórica -con sus características
propias de mesurabilidad y adaptabilidad- y la interpretación
del pensador, del humanista, sobre la ciencia o sobre un momento
de la existencia del hombre.
Raquel
Luzárraga Alonso de Ilera. Ensayista y crítico
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N°
51 Aņo III
Caracas, sábado 22 de abril de 2000
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