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Del Patrimonio
AL
CULMINAR LA CONMEMORACION DEL CENTENARIO DE CARLOS RAUL VILLANUEVA
(1900-1975)
La Ciudad Universitaria de
Caracas, reto perenne
Para
cerrar la agenda conmemorativa del centenario del nacimiento de
Carlos Raúl Villanueva
(1900-1975), marco dentro del cual la Ciudad Universitaria de Caracas
fuese declarada
por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, un grupo de arquitectos
retoma, repiensa y revaloriza dicha obra, sin obviar las actuales
coyunturas socio-políticas por las que atraviesa el país.
A no dudar, la concepción de Villanueva del espacio, del arte, y
de la interrelación
del hombre con éstos, sigue siendo un desafío
Es
sabido que el espíritu de la modernidad halló cuerpo
en la obra de Carlos Raúl Villanueva:
en particular, y hasta convertirla en referencia internacional,
en la Ciudad Universitaria
de Caracas que, sobre todo en los últimos meses, ha sido
escenario de disquisiciones
de distinto orden que conducen a William Niño Araque, Silvia
Hernández de Lasala,
Oscar Tenreiro y Ciro Caraballo Perichi, a rememorar su valía
para apuntalarla, desde
un horizonte de perspectivas que abarca así lo ético
como lo estético


Fotos: Luis Brito
¿Patrimonio
de la Humanidad o de Caracas?
La
reciente declaratoria de la Ciudad Universitaria de Caracas como
Patrimonio Mundial de la Humanidad pareciera neutralizar la incertidumbre
desmedida que se ha perpetrado durante los últimos años
en contra de la gran ciudad.
Y es que en
torno a la Ciudad Universitaria ciertamente se cierne la mayor incertidumbre:
¿Cómo hacer de este recinto sagrado de la modernidad
un Patrimonio de Caracas?; ¿cómo hacer de Caracas
el escenario (ya lo es desde el paisaje) de una legalidad extrema
de funcionamiento y potencialidad que merezca esta distinción?
Tal vez, el eje de la mayor incertidumbre está justamente
en la ausencia de proyectos en torno al destino de la ciudad futura.
La celebración
de los universitarios resultó ciertamente grotesca, porque
la declaratoria no fue otorgada a la UCV misma, sino al recinto
de la Ciudad Universitaria (cosa muy distinta); la declaratoria
pertenece exclusivamente al territorio donde se fraguó un
proyecto de modernidad único en Occidente; allí se
hicieron posibles la filosofía de la racionalidad cívica;
allí se experimentó un laboratorio de la tecnología
de la construcción, de integración y síntesis
de las artes; allí se desencadenó en una espacialidad
lírica y abstracta, una conmovedora poética moderna,
tropicalizada y caribeña, concebida por el maestro insigne
de la arquitectura latinoamericana del siglo XX. Tal vez por ello,
más que un "megabonche celebratorio" o de "anárquicas
tomas" exigimos de los universitarios ucevistas (porque la
Ciudad Universitaria es de todos los caraqueños) una profunda
reflexión a propósito del desafío que implica
subir el estatus y prestigio de la UCV a un nivel tan abarcante
y tan alto, que domine toda la región andino-caribeña-amazónica;
en consecuencia a la UCV sólo le resta hacer votos y fomentar
méritos, que le permita merecer la distinción de desarrollar
su vocación académica y social en semejante recinto
histórico.
Sin embargo,
fomentar estos méritos no sólo corresponde a los universitarios
sino a los caraqueños todos. Al comenzar el nuevo siglo,
gracias a la declaratoria de la Unesco, Caracas se incorpora a un
itinerario de peregrinación y espacios memorables; el valle
avileño y su espléndida geografía tropical
atesoran un lugar tan interesante como la Piazza de la Señoría
en Florencia, el Foro en Roma, el Zócalo en Ciudad de México,
el Gran Canal en Venecia, los Jardines de Le Notre en París.
Caracas, a raíz de su esencia moderna y ya anacrónica,
comienza a competir con las ciudades del barroco, del románico,
neoclacisismo y de la modernidad. Ampliará su interés
al ingresar en un circuito de interés internacional, no sólo
turístico, ni de expertos y arquitectos; un circuito de grandes
inversiones no sólo para la restauración del recinto
universitario, sino para la restauración de todas las joyas
modernas que atesora el valle de Caracas, pertenecientes a ese tiempo
memorable del siglo XX: las Torres del Centro Simón Bolívar,
Los Próceres, el Hotel Humboldt, el Hotel Avila, el Hipódromo
La Rinconada, el Club Táchira, el Parque del Este, la Autopista
Caracas-La Guaira, El Silencio y tantas otras edificaciones y lugares.
Sin embargo, de todo este universo de arquitecturas, queda como
prioridad la Zona Rental de la Ciudad Universitaria; un centro metropolitano
clave para las nuevas grandes inversiones de una ciudad sólidamente
enclavada en la región.
Tal vez, la
mayor de las incertidumbres se puntualiza en el entorno de la Ciudad
Universitaria: ¿Cómo incorporar el circuito cultural
de los museos y el Parque de Los Caobos?; ¿cómo recuperar
y restaurar la actualmente "hoyadizada" Plaza Venezuela?;
¿cómo configurar una puerta de acceso monumental al
recinto universitario?; ¿cómo recuperar y restaurar
la vida y actividades en torno al Paseo Los Ilustres y Los Próceres?
En Caracas
se hace necesario invertir esa resonancia de satanización
y desprestigio fundamentado en un odio desmedido e ignorante hacia
el significado de la capitalidad (y el prejuicio que la descentralización
representa). Caracas posee una incuestionable vocación regional;
El Litoral Central, La Hoyada y el Cerro de Petare son las materias
pendientes y avergonzantes de toda una sociedad, mientras que la
Ciudad Universitaria de Caracas resulta el regalo más gigantesco
y conmovedor que sólo un hombre, pero también la inteligencia
de todo un tiempo, dejó como clave y herencia a la gran ciudad.
William
Niño Araque. Curador de arquitectura / GAN
Conservar
lo intangible
La
Ciudad Universitaria de Caracas está poblada de bellos objetos
de arquitectura, pero es en sus vacíos donde se accede al
reino de lo sublime. El espacio exterior en esta ciudad en miniatura
no pertenece a ámbitos completamente delimitados, es fluido,
volátil, huidizo, está integrado por una sucesión
de atmósferas distintas con una rara cualidad de libertad
y cobijo que invitan a su descubrimiento y disfrute. El espacio
interno, después de los edificios de los primeros años
y salvo en el caso de las grandes salas que requieren un total confinamiento,
se vincula con el exterior y forma parte de él. Interior
y exterior, así unidos, entran en contacto con la ciudad.
La cualidades de sus espacios más notables son aportadas
por sus sutiles envolventes, por la presencia enriquecedora del
arte, por las luces y las sombras. Su disfrute requiere del detenimiento,
que permite percibir el paso del tiempo en las cualidades de la
penumbra, pero también del movimiento, que hace posible capturar
una totalidad que no pertenece a la mirada estática. La quietud
y el desplazamiento, al lado de la sensibilidad, se necesitan para
acceder a los misterios de estos excepcionales espacios del saber.
En los lugares públicos principales de la Ciudad Universitaria
de Caracas, en los ámbitos del caminar y del estar, en corredores
y plazas, reina el espacio techado, pleno de insinuaciones y velos
que producen sombras cambiantes en pisos y paredes, delicados encajes
que se trasladan a medida que el tiempo transcurre.
En la Plaza Cubierta, lo tangible ha cedido su prestigio a lo atmosférico.
Este lugar, más inmaterial que corpóreo, recuerda
la informalidad de nuestros asentamientos selváticos, pero
también la complejidad de los organismos vivos. Sus pisos,
de apariencia húmeda, refrescante, y sus techos, ásperos,
rugosos, se horadan para dar lugar a extraordinarios logros del
arte occidental. Son superficies horizontales superpuestas que sólo
se solapan parcialmente, retículas diversas que se han desplazado
una con respecto a la otra en el espacio y muestran recortes para
la vegetación en el piso y para la entrada de luz en el techo
que tampoco coinciden completamente. Todos ellos componen sutiles
movilizaciones que contribuyen a animar un espacio que nunca puede
captarse con una sola mirada y que requiere del tiempo, del recorrido
y la sensibilidad, para que cada uno establezca su idea personal
del mismo.
El interior del Aula Magna de la Ciudad Universitaria de Caracas
constituye el máximo logro de lo sublime. El acondicionamiento
acústico trascendió en arte e inundó el espacio
que se pobló ahora de nubes de colores. Las dimensiones del
lugar y de las volátiles piezas de gran tamaño creadas
por Calder, contribuyen a producir la sensación de sobrecogimiento
ante este espectáculo artificial, donde el arte abandona
sus localizaciones habituales y se ubica en el techo, encima de
nosotros, grandioso y amenazante.
Hoy en día, cuando recorremos una y otra vez los espacios
de la Ciudad Universitaria de Caracas no podemos dejar de preguntarnos
¿dónde reside la dificultad para conservar los logros
más sutiles, intangibles, de nuestra casa de estudios?
Es necesario reconocer que la conservación de la Ciudad Universitaria
de Caracas no es fácil. Ella fue diseñada para un
país rico, seguro, y hoy en día, las dificultades
económicas nos oprimen a pesar de los privilegiados ingresos
del país. La inseguridad que caracteriza nuestros centros
urbanos se traduce, en el campus de la Ciudad Universitaria de Caracas,
en pérdidas lamentables. Los precarios mecanismos de seguridad
que se improvisan día a día han afectado la concepción
del espacio urbano fluido que pone en contacto el interior con el
exterior, ese continuo ambiental que comunica el adentro con la
vegetación y la montaña cercana, o que vincula el
suelo con el cielo y nos habla de un espacio único, total,
sólo posible en países tropicales. Hoy en día,
encontramos rejas en los pozos de luz y las entradas múltiples
han sido canceladas, inhabilitando importantes dispositivos de acceso
como las rampas exteriores, más dispuestas a regalarnos el
placer del recorrido que a resolver un problema de eficiencia en
las circulaciones.
La concepción original del lugar en constante transformación,
como mutante organismo vivo que tuvo sus frutos durante la vida
de Villanueva, se ha convertido en uno de sus peores enemigos debido
a la ausencia de límites aceptables. La masificación
de nuestras universidades y el consecuente crecimiento de la matrícula
ha generado una presión interna que exige nuevas edificaciones
que amenazan los vacíos hábilmente concebidos, y a
pesar de que se ha logrado controlar la población estudiantil,
los requerimientos actuales ejercen todavía una demanda difícil
de satisfacer. La conservación del espacio abierto como un
valor formal fundamental es uno de los objetivos que más
ha costado asimilar, principalmente a quienes en el pasado han ejercido
la autoridad y de cuyas iniciativas han surgido las más insólitas
apropiaciones.
La avidez por lo útil ha actuado también en detrimento
de los espacios urbanos cubiertos, uno de los principales logros
de esta ciudad en miniatura. Las generosas áreas comunes
techadas, tales como amplios corredores y plazoletas, han sido invadidas
con los más diversos usos y su existencia se encuentra constantemente
amenazada por quienes tienen un concepto estrictamente utilitarista
del espacio y por la dificultad de vislumbrar un valor excepcional
en los ámbitos urbanos techados y en las sutiles atmósferas
de la Ciudad Universitaria de Caracas. En el centro del problema
del deterioro creciente se ubica la falta de comprensión
de los valores fundamentales del conjunto, a lo cual se suma la
multiplicidad de instancias que han tenido la facultad para intervenir
su planta física. Hoy en día, esperamos los frutos
de una nueva autoridad única con injerencia para actuar en
el complejo, con la cual se intenta poner fin a varias décadas
de intervenciones no coordinadas.
La transparencia y el embrujo de los velos ha sido también
muy difícil de mantener. Las sutiles tramas mediante las
cuales el interior y el exterior se mantienen en contacto y permiten
la mirada velada y el presentimiento del misterio del adentro desde
afuera, herencia rescatada con un lenguaje moderno de la cultura
del Islam que España nos regalara, es difícilmente
comprendida y la afectación de los delicados encajes con
aparatos de aire acondicionado está todavía a la orden
del día.
El reciente logro de la declaratoria de la Ciudad Universitaria
de Caracas como Patrimonio Mundial por la Unesco, es visto como
una esperanza para su conservación. Sin embargo, sólo
la sensibilización de la comunidad hacia sus edificios y
espacios, al lado del conocimiento de sus cualidades más
profundas, permitirá su disfrute pleno, al lado de una actitud
cada vez más favorable hacia la conservación tanto
de sus atributos materiales como de sus admirables valores intangibles.
(Una versión
más completa de estas ideas se encuentra en la tesis doctoral
de la autora, titulada En busca de lo sublime. Villanueva y la ciudad
Universitaria de Caracas, actualmente en vías de publicación).
Silvia
Hernández de Lasala. Arquitecto e historiadora / UCV
Arquitectura y revolución
Cuando
en mi adolescencia, antes de estudiar Arquitectura, podía
curiosear en el edificio del Rectorado o pasear por la Plaza Cubierta,
mi estado de ánimo era irremediablemente optimista. Esos
espacios, entonces nuevos y nítidos, resumían para
mí la capacidad de la arquitectura para trascender un determinado
tiempo y convertirse en señalamiento de un futuro que, a
esa edad y en ese escenario, no podía ser sino mejor. Un
futuro que prometía y me estimulaba a pesar de que intuyera,
un tanto ingenuamente, los obstáculos que habría que
superar para construirlo, entre ellos los que se oponían
a una democracia.
Pero al ver
hace poco por televisión lo que allí ocurría
a propósito de la famosa "toma", me parecía
imposible evocar ese optimismo y más bien me esforzaba en
rechazar una idea que me asalta de modo recurrente: en esta contemporaneidad
que revive actos, proclamas y desplantes que no más ayer
revelaron su futilidad y sobre todo el enorme vacío que los
inspira, parece imposible realizar algún sueño colectivo.
Pensaba que esa coreografía del absurdo, escenificada en
un fragmento urbano que es "Patrimonio de la Humanidad"
constituía toda una alegoría del drama venezolano:
el contraste entre un contexto físico privilegiado y la inconsciencia
de quienes lo habitan. Sobre eso quisiera discurrir un poco.
Ese contraste
es tal vez lo más agresivo de la realidad actual venezolana.
No sólo es la arquitectura, también el escenario natural
caraqueño denuncia por la vía del contraste las insensateces
de una ciudad en crisis, y sin duda nuestra privilegiada geografía
parece una ironía de la Providencia comparada con la cadena
de desencuentros que ha sido nuestra historia. Ironía bien
explicada por el mal chiste que dice que Dios creó a Venezuela,
y para compensar su exceso de bondad, también creó
a los venezolanos.
Le escuché
una vez decir a Rafael López, psicólogo y profesor
de la UCV, que "hacer" (o "crear") es, pura
y simplemente, un instinto humano. Y por ello, agrego, una de las
exigencias claves de toda sociedad es que sus miembros puedan expresar
ese instinto. A la vista de los obstáculos para el "hacer"
que han prosperado en las décadas democráticas, no
me cabe duda que lo revolucionario aquí, hoy, sería
luchar porque se preserve la capacidad de "hacer". Y que
los que pueden "hacerlo" mejor tengan un lugar para entregarse
a la acción sin necesidad de sujeciones ideológicas
de ningún tipo. Esa, me parece, es una de las mejores enseñanzas
de la Ciudad Universitaria.
Cuando ella
se construyó había espacio, a pesar de las circunstancias,
para "hacer" cosas en Venezuela. Lo prueba el hecho de
que Pérez Jiménez tuvo buen cuidado de no relevar
a Carlos Raúl Villanueva de su responsabilidad de
creador de nuestro mayor aporte a la cultura moderna universal,
y para lograr su culminación colocó a un hombre íntegro
y lúcido como el entonces capitán Luis Damiani
como gerente ejecutor de una obra cuya magnitud y complejidad aún
sorprende, cincuenta años después.
Pero cuando
se instaló la democracia, no sólo se detuvo el ritmo
de la construcción hasta el punto de que se emplearon más
de diez años para construir la Facultad de Economía,
sino se dejó a Villanueva prácticamente sin
trabajo público hasta que en 1966 el arquitecto Eduardo
Trujillo, su ex estudiante, le encargó el Pabellón
de Montreal. Durante ese tiempo se construyó el campus universitario
que vendría a ser la respuesta "democrática"
a la grandeza de la Ciudad Universitaria: el de la Universidad Simón
Bolívar. Que pese a sus jardines y a todas las cosas positivas
que allí acontecen, lo que muestra con su pobreza arquitectónica
es la dificultad profesional de un arquitecto cuya principal credencial
era la de ser amigo del ministro de entonces
y de su partido.
¿No hay allí un testimonio sobre la ética de
un orden político?
Tal vez somos
parte, podría decirse, de una sociedad incapaz de aprender
del pasado aunque sea inmediato. Acaso un rasgo de los tiempos,
lo cual nos consolaría un poco, pero también muestra
de ignorancia.
De todos modos,
es una incapacidad que nos incluye a todos, no sólo a los
"malos". Si los estudiantes protagónicos se veían
a sí mismo como los "buenos", podría ser
útil que se dieran cuenta de que no supieron captar las enseñanzas
de la arquitectura que los cobijaba, tal vez porque ellos mismos
son muestras directas de los obstáculos para "hacer"
que existen en la realidad actual venezolana.
bstáculos
que producen migraciones y desencantos, pero también violencia
y ceguera. Si se hubiesen detenido un instante a pensar que ese
recinto en el que pernoctaron recitaba la moraleja de que los verdaderos
aportes culturales vienen de la garantía de espacio para
la creación, acaso se habrían dedicado a señalar,
resistiendo y persistiendo, por vías realmente democráticas,
los obstáculos que la burocracia universitaria, ese cáncer
que se traga a la UCV, opone para la definición de ese espacio.
En vez de repetir viejas e ineficaces consignas de cogobierno carentes
de sentido histórico y hasta de mínima lógica,
aplicables a otro lugar y a otras circunstancias.
Me parece irrefutable
una idea que he recalcado muchas veces: el dominio de lo construido
es la expresión directa de toda intención política.
La ciudad, podría decirse, "es" la política.
Con lo cual, de algún modo, hechos como la Ciudad Universitaria
sirven para compensar los errores de un período político
reciente que conocemos como "la dictadura", y que sin
embargo no ejerció dictados que impidieran totalmente el
"hacer" lúcido.
Pero la incapacidad
para leer la arquitectura o para situarla en su rango real de testimonio
político, no es patrimonio exclusivo de unos estudiantes
exaltados. También hemos asistido todos estos años,
impávidos, al abandono y la agresión ranchificadora
de la posmodernidad venezolana en esas aulas, pasillos y corredores
que hoy son oficialmente patrimoniales. Cuando se dio la declaratoria
de la Unesco, pude decir en un programa de radio que más
que una celebración de feria populista y absurda, como la
que se hizo en plena Plaza del Rectorado, lo que correspondía
era que las autoridades hiciesen un llamado al gobierno central
y a toda la comunidad para que se apropiasen los fondos para una
renovación total del conjunto. Eso no se hizo, como no se
han hecho tantas cosas necesarias en esa universidad durante los
largos años de desidia que han padecido noblemente esos edificios.
Ese es un punto esencial de las necesarias reformas que se anuncian
ahora cuando el agua ha llegado al cuello.
Porque no puede dejar de reconocerse que han sido las omisiones
y el conformismo, en todos los terrenos, el abono que termina disparando
confrontaciones desenfocadas cuyo resultado previsible puede ser
la hipocresía.
Oscar
Tenreiro. Arquitecto y profesor / UCV
Una
responsabilidad colectiva
La
globalización del planeta no se limita a la apertura de fronteras
para el intercambio comercial, también se globalizan las
responsabilidades.
Nada distinto
es lo que ha acontecido con la inscripción de la Ciudad Universitaria
de Caracas en la Lista de Patrimonio Mundial de la Unesco.
A diferencia de un Kino dominical, se ingresa a ese muy exclusivo
listado, luego de que un conjunto de expertos de varias naciones
del planeta aprueba la opción del bien cultural o natural
a optar por dicho título.
Allí,
con un ejemplo de cultura construida, Venezuela demostró
la honestidad moral, ética y artística de Carlos Raúl
Villanueva y de los cientos de profesionales, albañiles y
obreros que fueron artífices de este ejemplo de valor universal;
allí se plasmó la expresión artística
contemporánea de la mano de creadores consagrados, así
como también de las nuevas generaciones plásticas
que pondrían a Venezuela en el mapa mundial; allí
se materializó ante el país el inmenso valor social
que representa la Universidad Central de Venezuela como gestor primogénito
de la transformación intelectual de la nación; allí
se dejó expreso el deseo de un país de formar parte
del mundo civilizado. Estos fueron los valores que sirvieron de
aval para que el propietario del bien, en este caso la Universidad
Central de Venezuela, presentara ante la Unesco varios tomos de
información y se comprometiera a la inmediata transformación
de los organismos de gestión de su planta física,
asumiendo de esta manera la responsabilidad de preservar este patrimonio
cultural para beneficio de todos los habitantes del globo. Esa firma
está respaldada por el compromiso que asumió Venezuela
ante la comunidad internacional de naciones en 1992, donde se obliga
a proteger todo bien cultural inscrito en la lista, para asegurar
ante todo el planeta la posibilidad de que las siguientes generaciones
puedan, a través de tan magníficos y únicos
ejemplos de naturaleza y cultura, explorar nuevos caminos en la
búsqueda de una mejor calidad del hábitat de la humanidad.
Este compromiso es lo que diferencia a una nación comprometida
con los derechos de la humanidad, incluidos en ellos el patrimonio,
de las huestes salvajes que miran sólo sus intereses inmediatos,
como los tristemente recordados talibanes de Afganistán
al menos eso era la esperanza hasta los recientes sucesos de la
UCV.
Quizá
este deseo sea sólo producto de la ilusión de aspirar
un país mejor, un país orgulloso de su herencia, un
país comprometido por participar de una humanidad más
honesta. Esta postura se hace difícil mantener cuando observamos
la situación de Coro, incorporada a la lista recién
en 1992, cayéndose a pedazos. Nada distinto sucede si volteamos
la vista al Parque Nacional Canaima, otro de los bienes declarados
en la Lista del Patrimonio Mundial, hoy plagado de basura
abandonada por los turistas nacionales, aguas envenenadas por los
garimpeiros y torres de electricidad que castigan el azul del cielo,
mientras nuestra sociedad nacional, autista, mira el televisor esperando
el próximo Kino.
¿Cuánto
nos va a dar la Unesco por eso?, preguntaba ignorantemente hace
unos meses un profesor de la propia Universidad Central cuando se
enteró de la presentación de la Ciudad Universitaria
ante el Comité del Patrimonio Mundial. Es allí, en
nuestra generalizada y hasta orgullosa ignorancia, donde reside
el verdadero peligro para los bienes patrimoniales, para nuestro
futuro como sociedad. En nuestro país las responsabilidades
parecieran no existir, por lo que las necesidades de hoy se logran
pisoteando cualquier derecho ajeno, sin temor alguno a la sanción
moral y mucho menos a la penal, que nunca llegará. El problema
no es el causado por los tomistas de ayer, acción que de
paso causó mucho menos daño en el patrimonio que cualquier
juego de béisbol dominical en el único stadium
del mundo clasificado en la Lista del Patrimonio Mundial
o que los destrozos que produce cualquier asamblea gremial en el
Aula Magna. El problema es la ignorancia de los participantes en
las consecuencias de su acción y la generalizada impunidad
de los daños causados. El problema no es la realización
de marchas, de protestas o la instalación de pancartas, reclamen
éstas la transformación estructural de la UCV, o el
aumento del monto del cheque quincenal. El problema es la impunidad
colectiva, la vista gorda de la sociedad, el "no importismo"
complaciente. El problema es el poco desarrollo de la responsabilidad
individual y colectiva que se ha generado en la sociedad venezolana
y eso no es más que la expresión de un problema más
profundo, el extravío cultural, de la ética, de los
valores colectivos.
La Convención
del Patrimonio Mundial, Natural y Cultural fue creada por la Asamblea
General de la Unesco en 1972, con el fin de salvaguardar aquellos
bienes de la humanidad con valores excepcionales que permiten mostrar
la posibilidad de lograr un mundo distinto. Un mundo donde los derechos
a la primigenia naturaleza y a la posibilidad de aprender de los
grandes momentos de la creación cultural no sean meros deseos
e ilusiones. Derechos humanos que, como el de la vida, comienzan
a ser reclamados globalmente por una sociedad cansada de atrocidades.
Una declaración de principios que deberíamos enseñar
cada mañana en las escuelas; que debería estar en
la primera página de la prensa de todos los días;
que debería ser recordada luego del Himno Nacional en las
tempraneras emisiones de radio; que debería ser repetida
una y otra vez en cada aula universitaria; que debería ser
recitada de memoria por cada miembro de la comunidad ucevista.
La globalización
termina a la larga penalizando las actuaciones salvajes, tal como
hoy lo hace con las atrocidades de Pinochet y mañana lo hará
con la de los talibanes.
¿Estaremos
ya inscritos en la lista de enemigos del Patrimonio Cultural de
la Humanidad?
Ciro
Caraballo Perichi. Arquitecto e historiador / UCV
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N°
34 Año IV
Caracas, sábado 26 de mayo de 2001
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