Del Patrimonio

AL CULMINAR LA CONMEMORACION DEL CENTENARIO DE CARLOS RAUL VILLANUEVA (1900-1975)

La Ciudad Universitaria de Caracas, reto perenne

Para cerrar la agenda conmemorativa del centenario del nacimiento de Carlos Raúl Villanueva
(1900-1975), marco dentro del cual la Ciudad Universitaria de Caracas fuese declarada
por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, un grupo de arquitectos retoma, repiensa y revaloriza dicha obra, sin obviar las actuales coyunturas socio-políticas por las que atraviesa el país.
A no dudar, la concepción de Villanueva del espacio, del arte, y de la interrelación
del hombre con éstos, sigue siendo un desafío

Es sabido que el espíritu de la modernidad halló cuerpo en la obra de Carlos Raúl Villanueva:
en particular, y hasta convertirla en referencia internacional, en la Ciudad Universitaria
de Caracas que, sobre todo en los últimos meses, ha sido escenario de disquisiciones
de distinto orden que conducen a William Niño Araque, Silvia Hernández de Lasala,
Oscar Tenreiro y Ciro Caraballo Perichi, a rememorar su valía para apuntalarla, desde
un horizonte de perspectivas que abarca así lo ético como lo estético


Fotos: Luis Brito

¿Patrimonio de la Humanidad o de Caracas?

La reciente declaratoria de la Ciudad Universitaria de Caracas como Patrimonio Mundial de la Humanidad pareciera neutralizar la incertidumbre desmedida que se ha perpetrado durante los últimos años en contra de la gran ciudad.

Y es que en torno a la Ciudad Universitaria ciertamente se cierne la mayor incertidumbre: ¿Cómo hacer de este recinto sagrado de la modernidad un Patrimonio de Caracas?; ¿cómo hacer de Caracas el escenario (ya lo es desde el paisaje) de una legalidad extrema de funcionamiento y potencialidad que merezca esta distinción? Tal vez, el eje de la mayor incertidumbre está justamente en la ausencia de proyectos en torno al destino de la ciudad futura.

La celebración de los universitarios resultó ciertamente grotesca, porque la declaratoria no fue otorgada a la UCV misma, sino al recinto de la Ciudad Universitaria (cosa muy distinta); la declaratoria pertenece exclusivamente al territorio donde se fraguó un proyecto de modernidad único en Occidente; allí se hicieron posibles la filosofía de la racionalidad cívica; allí se experimentó un laboratorio de la tecnología de la construcción, de integración y síntesis de las artes; allí se desencadenó en una espacialidad lírica y abstracta, una conmovedora poética moderna, tropicalizada y caribeña, concebida por el maestro insigne de la arquitectura latinoamericana del siglo XX. Tal vez por ello, más que un "megabonche celebratorio" o de "anárquicas tomas" exigimos de los universitarios ucevistas (porque la Ciudad Universitaria es de todos los caraqueños) una profunda reflexión a propósito del desafío que implica subir el estatus y prestigio de la UCV a un nivel tan abarcante y tan alto, que domine toda la región andino-caribeña-amazónica; en consecuencia a la UCV sólo le resta hacer votos y fomentar méritos, que le permita merecer la distinción de desarrollar su vocación académica y social en semejante recinto histórico.

Sin embargo, fomentar estos méritos no sólo corresponde a los universitarios sino a los caraqueños todos. Al comenzar el nuevo siglo, gracias a la declaratoria de la Unesco, Caracas se incorpora a un itinerario de peregrinación y espacios memorables; el valle avileño y su espléndida geografía tropical atesoran un lugar tan interesante como la Piazza de la Señoría en Florencia, el Foro en Roma, el Zócalo en Ciudad de México, el Gran Canal en Venecia, los Jardines de Le Notre en París. Caracas, a raíz de su esencia moderna y ya anacrónica, comienza a competir con las ciudades del barroco, del románico, neoclacisismo y de la modernidad. Ampliará su interés al ingresar en un circuito de interés internacional, no sólo turístico, ni de expertos y arquitectos; un circuito de grandes inversiones no sólo para la restauración del recinto universitario, sino para la restauración de todas las joyas modernas que atesora el valle de Caracas, pertenecientes a ese tiempo memorable del siglo XX: las Torres del Centro Simón Bolívar, Los Próceres, el Hotel Humboldt, el Hotel Avila, el Hipódromo La Rinconada, el Club Táchira, el Parque del Este, la Autopista Caracas-La Guaira, El Silencio y tantas otras edificaciones y lugares. Sin embargo, de todo este universo de arquitecturas, queda como prioridad la Zona Rental de la Ciudad Universitaria; un centro metropolitano clave para las nuevas grandes inversiones de una ciudad sólidamente enclavada en la región.

Tal vez, la mayor de las incertidumbres se puntualiza en el entorno de la Ciudad Universitaria: ¿Cómo incorporar el circuito cultural de los museos y el Parque de Los Caobos?; ¿cómo recuperar y restaurar la actualmente "hoyadizada" Plaza Venezuela?; ¿cómo configurar una puerta de acceso monumental al recinto universitario?; ¿cómo recuperar y restaurar la vida y actividades en torno al Paseo Los Ilustres y Los Próceres?

En Caracas se hace necesario invertir esa resonancia de satanización y desprestigio fundamentado en un odio desmedido e ignorante hacia el significado de la capitalidad (y el prejuicio que la descentralización representa). Caracas posee una incuestionable vocación regional; El Litoral Central, La Hoyada y el Cerro de Petare son las materias pendientes y avergonzantes de toda una sociedad, mientras que la Ciudad Universitaria de Caracas resulta el regalo más gigantesco y conmovedor que sólo un hombre, pero también la inteligencia de todo un tiempo, dejó como clave y herencia a la gran ciudad.

William Niño Araque. Curador de arquitectura / GAN

 


 

Conservar lo intangible

La Ciudad Universitaria de Caracas está poblada de bellos objetos de arquitectura, pero es en sus vacíos donde se accede al reino de lo sublime. El espacio exterior en esta ciudad en miniatura no pertenece a ámbitos completamente delimitados, es fluido, volátil, huidizo, está integrado por una sucesión de atmósferas distintas con una rara cualidad de libertad y cobijo que invitan a su descubrimiento y disfrute. El espacio interno, después de los edificios de los primeros años y salvo en el caso de las grandes salas que requieren un total confinamiento, se vincula con el exterior y forma parte de él. Interior y exterior, así unidos, entran en contacto con la ciudad.
La cualidades de sus espacios más notables son aportadas por sus sutiles envolventes, por la presencia enriquecedora del arte, por las luces y las sombras. Su disfrute requiere del detenimiento, que permite percibir el paso del tiempo en las cualidades de la penumbra, pero también del movimiento, que hace posible capturar una totalidad que no pertenece a la mirada estática. La quietud y el desplazamiento, al lado de la sensibilidad, se necesitan para acceder a los misterios de estos excepcionales espacios del saber.
En los lugares públicos principales de la Ciudad Universitaria de Caracas, en los ámbitos del caminar y del estar, en corredores y plazas, reina el espacio techado, pleno de insinuaciones y velos que producen sombras cambiantes en pisos y paredes, delicados encajes que se trasladan a medida que el tiempo transcurre.
En la Plaza Cubierta, lo tangible ha cedido su prestigio a lo atmosférico. Este lugar, más inmaterial que corpóreo, recuerda la informalidad de nuestros asentamientos selváticos, pero también la complejidad de los organismos vivos. Sus pisos, de apariencia húmeda, refrescante, y sus techos, ásperos, rugosos, se horadan para dar lugar a extraordinarios logros del arte occidental. Son superficies horizontales superpuestas que sólo se solapan parcialmente, retículas diversas que se han desplazado una con respecto a la otra en el espacio y muestran recortes para la vegetación en el piso y para la entrada de luz en el techo que tampoco coinciden completamente. Todos ellos componen sutiles movilizaciones que contribuyen a animar un espacio que nunca puede captarse con una sola mirada y que requiere del tiempo, del recorrido y la sensibilidad, para que cada uno establezca su idea personal del mismo.
El interior del Aula Magna de la Ciudad Universitaria de Caracas constituye el máximo logro de lo sublime. El acondicionamiento acústico trascendió en arte e inundó el espacio que se pobló ahora de nubes de colores. Las dimensiones del lugar y de las volátiles piezas de gran tamaño creadas por Calder, contribuyen a producir la sensación de sobrecogimiento ante este espectáculo artificial, donde el arte abandona sus localizaciones habituales y se ubica en el techo, encima de nosotros, grandioso y amenazante.
Hoy en día, cuando recorremos una y otra vez los espacios de la Ciudad Universitaria de Caracas no podemos dejar de preguntarnos ¿dónde reside la dificultad para conservar los logros más sutiles, intangibles, de nuestra casa de estudios?
Es necesario reconocer que la conservación de la Ciudad Universitaria de Caracas no es fácil. Ella fue diseñada para un país rico, seguro, y hoy en día, las dificultades económicas nos oprimen a pesar de los privilegiados ingresos del país. La inseguridad que caracteriza nuestros centros urbanos se traduce, en el campus de la Ciudad Universitaria de Caracas, en pérdidas lamentables. Los precarios mecanismos de seguridad que se improvisan día a día han afectado la concepción del espacio urbano fluido que pone en contacto el interior con el exterior, ese continuo ambiental que comunica el adentro con la vegetación y la montaña cercana, o que vincula el suelo con el cielo y nos habla de un espacio único, total, sólo posible en países tropicales. Hoy en día, encontramos rejas en los pozos de luz y las entradas múltiples han sido canceladas, inhabilitando importantes dispositivos de acceso como las rampas exteriores, más dispuestas a regalarnos el placer del recorrido que a resolver un problema de eficiencia en las circulaciones.
La concepción original del lugar en constante transformación, como mutante organismo vivo que tuvo sus frutos durante la vida de Villanueva, se ha convertido en uno de sus peores enemigos debido a la ausencia de límites aceptables. La masificación de nuestras universidades y el consecuente crecimiento de la matrícula ha generado una presión interna que exige nuevas edificaciones que amenazan los vacíos hábilmente concebidos, y a pesar de que se ha logrado controlar la población estudiantil, los requerimientos actuales ejercen todavía una demanda difícil de satisfacer. La conservación del espacio abierto como un valor formal fundamental es uno de los objetivos que más ha costado asimilar, principalmente a quienes en el pasado han ejercido la autoridad y de cuyas iniciativas han surgido las más insólitas apropiaciones.
La avidez por lo útil ha actuado también en detrimento de los espacios urbanos cubiertos, uno de los principales logros de esta ciudad en miniatura. Las generosas áreas comunes techadas, tales como amplios corredores y plazoletas, han sido invadidas con los más diversos usos y su existencia se encuentra constantemente amenazada por quienes tienen un concepto estrictamente utilitarista del espacio y por la dificultad de vislumbrar un valor excepcional en los ámbitos urbanos techados y en las sutiles atmósferas de la Ciudad Universitaria de Caracas. En el centro del problema del deterioro creciente se ubica la falta de comprensión de los valores fundamentales del conjunto, a lo cual se suma la multiplicidad de instancias que han tenido la facultad para intervenir su planta física. Hoy en día, esperamos los frutos de una nueva autoridad única con injerencia para actuar en el complejo, con la cual se intenta poner fin a varias décadas de intervenciones no coordinadas.
La transparencia y el embrujo de los velos ha sido también muy difícil de mantener. Las sutiles tramas mediante las cuales el interior y el exterior se mantienen en contacto y permiten la mirada velada y el presentimiento del misterio del adentro desde afuera, herencia rescatada con un lenguaje moderno de la cultura del Islam que España nos regalara, es difícilmente comprendida y la afectación de los delicados encajes con aparatos de aire acondicionado está todavía a la orden del día.
El reciente logro de la declaratoria de la Ciudad Universitaria de Caracas como Patrimonio Mundial por la Unesco, es visto como una esperanza para su conservación. Sin embargo, sólo la sensibilización de la comunidad hacia sus edificios y espacios, al lado del conocimiento de sus cualidades más profundas, permitirá su disfrute pleno, al lado de una actitud cada vez más favorable hacia la conservación tanto de sus atributos materiales como de sus admirables valores intangibles.

(Una versión más completa de estas ideas se encuentra en la tesis doctoral de la autora, titulada En busca de lo sublime. Villanueva y la ciudad Universitaria de Caracas, actualmente en vías de publicación).

Silvia Hernández de Lasala. Arquitecto e historiadora / UCV


 


Arquitectura y revolución

Cuando en mi adolescencia, antes de estudiar Arquitectura, podía curiosear en el edificio del Rectorado o pasear por la Plaza Cubierta, mi estado de ánimo era irremediablemente optimista. Esos espacios, entonces nuevos y nítidos, resumían para mí la capacidad de la arquitectura para trascender un determinado tiempo y convertirse en señalamiento de un futuro que, a esa edad y en ese escenario, no podía ser sino mejor. Un futuro que prometía y me estimulaba a pesar de que intuyera, un tanto ingenuamente, los obstáculos que habría que superar para construirlo, entre ellos los que se oponían a una democracia.

Pero al ver hace poco por televisión lo que allí ocurría a propósito de la famosa "toma", me parecía imposible evocar ese optimismo y más bien me esforzaba en rechazar una idea que me asalta de modo recurrente: en esta contemporaneidad que revive actos, proclamas y desplantes que no más ayer revelaron su futilidad y sobre todo el enorme vacío que los inspira, parece imposible realizar algún sueño colectivo. Pensaba que esa coreografía del absurdo, escenificada en un fragmento urbano que es "Patrimonio de la Humanidad" constituía toda una alegoría del drama venezolano: el contraste entre un contexto físico privilegiado y la inconsciencia de quienes lo habitan. Sobre eso quisiera discurrir un poco.

Ese contraste es tal vez lo más agresivo de la realidad actual venezolana. No sólo es la arquitectura, también el escenario natural caraqueño denuncia por la vía del contraste las insensateces de una ciudad en crisis, y sin duda nuestra privilegiada geografía parece una ironía de la Providencia comparada con la cadena de desencuentros que ha sido nuestra historia. Ironía bien explicada por el mal chiste que dice que Dios creó a Venezuela, y para compensar su exceso de bondad, también creó a los venezolanos.

Le escuché una vez decir a Rafael López, psicólogo y profesor de la UCV, que "hacer" (o "crear") es, pura y simplemente, un instinto humano. Y por ello, agrego, una de las exigencias claves de toda sociedad es que sus miembros puedan expresar ese instinto. A la vista de los obstáculos para el "hacer" que han prosperado en las décadas democráticas, no me cabe duda que lo revolucionario aquí, hoy, sería luchar porque se preserve la capacidad de "hacer". Y que los que pueden "hacerlo" mejor tengan un lugar para entregarse a la acción sin necesidad de sujeciones ideológicas de ningún tipo. Esa, me parece, es una de las mejores enseñanzas de la Ciudad Universitaria.

Cuando ella se construyó había espacio, a pesar de las circunstancias, para "hacer" cosas en Venezuela. Lo prueba el hecho de que Pérez Jiménez tuvo buen cuidado de no relevar a Carlos Raúl Villanueva de su responsabilidad de creador de nuestro mayor aporte a la cultura moderna universal, y para lograr su culminación colocó a un hombre íntegro y lúcido como el entonces capitán Luis Damiani como gerente ejecutor de una obra cuya magnitud y complejidad aún sorprende, cincuenta años después.

Pero cuando se instaló la democracia, no sólo se detuvo el ritmo de la construcción hasta el punto de que se emplearon más de diez años para construir la Facultad de Economía, sino se dejó a Villanueva prácticamente sin trabajo público hasta que en 1966 el arquitecto Eduardo Trujillo, su ex estudiante, le encargó el Pabellón de Montreal. Durante ese tiempo se construyó el campus universitario que vendría a ser la respuesta "democrática" a la grandeza de la Ciudad Universitaria: el de la Universidad Simón Bolívar. Que pese a sus jardines y a todas las cosas positivas que allí acontecen, lo que muestra con su pobreza arquitectónica es la dificultad profesional de un arquitecto cuya principal credencial era la de ser amigo del ministro de entonces… y de su partido. ¿No hay allí un testimonio sobre la ética de un orden político?

Tal vez somos parte, podría decirse, de una sociedad incapaz de aprender del pasado aunque sea inmediato. Acaso un rasgo de los tiempos, lo cual nos consolaría un poco, pero también muestra de ignorancia.

De todos modos, es una incapacidad que nos incluye a todos, no sólo a los "malos". Si los estudiantes protagónicos se veían a sí mismo como los "buenos", podría ser útil que se dieran cuenta de que no supieron captar las enseñanzas de la arquitectura que los cobijaba, tal vez porque ellos mismos son muestras directas de los obstáculos para "hacer" que existen en la realidad actual venezolana.

bstáculos que producen migraciones y desencantos, pero también violencia y ceguera. Si se hubiesen detenido un instante a pensar que ese recinto en el que pernoctaron recitaba la moraleja de que los verdaderos aportes culturales vienen de la garantía de espacio para la creación, acaso se habrían dedicado a señalar, resistiendo y persistiendo, por vías realmente democráticas, los obstáculos que la burocracia universitaria, ese cáncer que se traga a la UCV, opone para la definición de ese espacio. En vez de repetir viejas e ineficaces consignas de cogobierno carentes de sentido histórico y hasta de mínima lógica, aplicables a otro lugar y a otras circunstancias.

Me parece irrefutable una idea que he recalcado muchas veces: el dominio de lo construido es la expresión directa de toda intención política. La ciudad, podría decirse, "es" la política. Con lo cual, de algún modo, hechos como la Ciudad Universitaria sirven para compensar los errores de un período político reciente que conocemos como "la dictadura", y que sin embargo no ejerció dictados que impidieran totalmente el "hacer" lúcido.

Pero la incapacidad para leer la arquitectura o para situarla en su rango real de testimonio político, no es patrimonio exclusivo de unos estudiantes exaltados. También hemos asistido todos estos años, impávidos, al abandono y la agresión ranchificadora de la posmodernidad venezolana en esas aulas, pasillos y corredores que hoy son oficialmente patrimoniales. Cuando se dio la declaratoria de la Unesco, pude decir en un programa de radio que más que una celebración de feria populista y absurda, como la que se hizo en plena Plaza del Rectorado, lo que correspondía era que las autoridades hiciesen un llamado al gobierno central y a toda la comunidad para que se apropiasen los fondos para una renovación total del conjunto. Eso no se hizo, como no se han hecho tantas cosas necesarias en esa universidad durante los largos años de desidia que han padecido noblemente esos edificios. Ese es un punto esencial de las necesarias reformas que se anuncian ahora cuando el agua ha llegado al cuello.
Porque no puede dejar de reconocerse que han sido las omisiones y el conformismo, en todos los terrenos, el abono que termina disparando confrontaciones desenfocadas cuyo resultado previsible puede ser la hipocresía.

Oscar Tenreiro. Arquitecto y profesor / UCV


 

Una responsabilidad colectiva

La globalización del planeta no se limita a la apertura de fronteras para el intercambio comercial, también se globalizan las responsabilidades.

Nada distinto es lo que ha acontecido con la inscripción de la Ciudad Universitaria de Caracas en la Lista de Patrimonio Mundial de la Unesco. A diferencia de un Kino dominical, se ingresa a ese muy exclusivo listado, luego de que un conjunto de expertos de varias naciones del planeta aprueba la opción del bien cultural o natural a optar por dicho título.

Allí, con un ejemplo de cultura construida, Venezuela demostró la honestidad moral, ética y artística de Carlos Raúl Villanueva y de los cientos de profesionales, albañiles y obreros que fueron artífices de este ejemplo de valor universal; allí se plasmó la expresión artística contemporánea de la mano de creadores consagrados, así como también de las nuevas generaciones plásticas que pondrían a Venezuela en el mapa mundial; allí se materializó ante el país el inmenso valor social que representa la Universidad Central de Venezuela como gestor primogénito de la transformación intelectual de la nación; allí se dejó expreso el deseo de un país de formar parte del mundo civilizado. Estos fueron los valores que sirvieron de aval para que el propietario del bien, en este caso la Universidad Central de Venezuela, presentara ante la Unesco varios tomos de información y se comprometiera a la inmediata transformación de los organismos de gestión de su planta física, asumiendo de esta manera la responsabilidad de preservar este patrimonio cultural para beneficio de todos los habitantes del globo. Esa firma está respaldada por el compromiso que asumió Venezuela ante la comunidad internacional de naciones en 1992, donde se obliga a proteger todo bien cultural inscrito en la lista, para asegurar ante todo el planeta la posibilidad de que las siguientes generaciones puedan, a través de tan magníficos y únicos ejemplos de naturaleza y cultura, explorar nuevos caminos en la búsqueda de una mejor calidad del hábitat de la humanidad. Este compromiso es lo que diferencia a una nación comprometida con los derechos de la humanidad, incluidos en ellos el patrimonio, de las huestes salvajes que miran sólo sus intereses inmediatos, como los tristemente recordados talibanes de Afganistán… al menos eso era la esperanza hasta los recientes sucesos de la UCV.

Quizá este deseo sea sólo producto de la ilusión de aspirar un país mejor, un país orgulloso de su herencia, un país comprometido por participar de una humanidad más honesta. Esta postura se hace difícil mantener cuando observamos la situación de Coro, incorporada a la lista recién en 1992, cayéndose a pedazos. Nada distinto sucede si volteamos la vista al Parque Nacional Canaima, otro de los bienes declarados en la Lista del Patrimonio Mundial, hoy plagado de basura abandonada por los turistas nacionales, aguas envenenadas por los garimpeiros y torres de electricidad que castigan el azul del cielo, mientras nuestra sociedad nacional, autista, mira el televisor esperando el próximo Kino.

¿Cuánto nos va a dar la Unesco por eso?, preguntaba ignorantemente hace unos meses un profesor de la propia Universidad Central cuando se enteró de la presentación de la Ciudad Universitaria ante el Comité del Patrimonio Mundial. Es allí, en nuestra generalizada y hasta orgullosa ignorancia, donde reside el verdadero peligro para los bienes patrimoniales, para nuestro futuro como sociedad. En nuestro país las responsabilidades parecieran no existir, por lo que las necesidades de hoy se logran pisoteando cualquier derecho ajeno, sin temor alguno a la sanción moral y mucho menos a la penal, que nunca llegará. El problema no es el causado por los tomistas de ayer, acción que de paso causó mucho menos daño en el patrimonio que cualquier juego de béisbol dominical en el único stadium del mundo clasificado en la Lista del Patrimonio Mundial o que los destrozos que produce cualquier asamblea gremial en el Aula Magna. El problema es la ignorancia de los participantes en las consecuencias de su acción y la generalizada impunidad de los daños causados. El problema no es la realización de marchas, de protestas o la instalación de pancartas, reclamen éstas la transformación estructural de la UCV, o el aumento del monto del cheque quincenal. El problema es la impunidad colectiva, la vista gorda de la sociedad, el "no importismo" complaciente. El problema es el poco desarrollo de la responsabilidad individual y colectiva que se ha generado en la sociedad venezolana y eso no es más que la expresión de un problema más profundo, el extravío cultural, de la ética, de los valores colectivos.

La Convención del Patrimonio Mundial, Natural y Cultural fue creada por la Asamblea General de la Unesco en 1972, con el fin de salvaguardar aquellos bienes de la humanidad con valores excepcionales que permiten mostrar la posibilidad de lograr un mundo distinto. Un mundo donde los derechos a la primigenia naturaleza y a la posibilidad de aprender de los grandes momentos de la creación cultural no sean meros deseos e ilusiones. Derechos humanos que, como el de la vida, comienzan a ser reclamados globalmente por una sociedad cansada de atrocidades. Una declaración de principios que deberíamos enseñar cada mañana en las escuelas; que debería estar en la primera página de la prensa de todos los días; que debería ser recordada luego del Himno Nacional en las tempraneras emisiones de radio; que debería ser repetida una y otra vez en cada aula universitaria; que debería ser recitada de memoria por cada miembro de la comunidad ucevista.

La globalización termina a la larga penalizando las actuaciones salvajes, tal como hoy lo hace con las atrocidades de Pinochet y mañana lo hará con la de los talibanes.

¿Estaremos ya inscritos en la lista de enemigos del Patrimonio Cultural de la Humanidad?

Ciro Caraballo Perichi. Arquitecto e historiador / UCV

N° 34 Año IV
Caracas, sábado 26 de mayo de 2001
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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