Perfil

La mirada última de Arturo Uslar Pietri


Foto: Archivo
Dueño de la distancia y la lucidez crítica


Toda una etapa de la conciencia y de la vida pensante del país desaparece con Arturo Uslar Pietri.
Cuando recientemente fui a visitarlo sabía que esa podía ser la última vez que lo vería. Ya había sufrido la caída que probablemente lo conduciría a la tumba sin saberlo, porque, entre otras cosas, a raíz de esa caída la biblioteca, el mundo, su vida, habían quedado muy lejos. La distancia de unos peldaños de escalera que él ya no pudo volver a cruzar. A la salida de su cuarto en el primer piso de la casa de La Florida en donde siempre vivió, Begoña, la enfermera, improvisó lo que sería su cotidianidad, un sillón frente a esa escalera que él ya no podría bajar y una silla para las escasas visitas que ahora recibía. Me impactó verlo allá arriba en ese espacio en donde probablemente nada había cambiado en los últimos sesenta años, las mismas puertas de madera oscura haciendo juego con la baranda de la escalera, las baldosas blancas y negras tipo dominó, reminiscencias de una Caracas que desapareció bajo el humo de un olvido que todo lo arrasa. Sentado justo frente a esa escalera, por donde tantas veces debió de bajar con paso firme, seguro de sí mismo, sabiendo hacia donde iba y sin ningún temor hacia lo que sus pasos o su palabra pudieran desatar, toda una vida de retos, satisfacciones y sufrimientos debía recorrer su extraordinaria memoria. Ya no oía muy bien y la vista le fallaba. Todo esto, a sus noventa y cuatro años y unido a la imposibilidad de moverse libremente, representaba el símbolo del final, la despedida. Largas horas de silencio y soledad le permitían regresar de nuevo a la imagen y al recuerdo, a una introspección que en lugar de amargarlo le dio suavidad a la mirada y calidez a sus palabras. Frente a esa escalera la imagen de Isabel Braun, su esposa y compañera incondicional, debió de cobrar fuerza junto al recuerdo de su hijo Arturo y la tristeza de su súbita desaparición. Allí frente a esa escalera Arturo Uslar recurría al amor por Federico, el único hijo que le quedaba y que representaba junto con Anala, la hermana de Isabel, algunos otros familiares y un pequeño grupo de amigos, el núcleo de sus últimos afectos.

Hay algo que sus ojos grises me transmitieron en esa última visita: lo sentí mucho más cercano. Arturo Uslar Pietri siempre fue muy deferente conmigo, quizá porque sintió siempre el aprecio y respeto genuino que yo le profesaba; pero esa deferencia raras veces se tradujo en cercanía. Su abrazo, que yo hubiera querido estrechar, sus despedidas, su mirada detrás de aquellos ojos grises a veces, azules otras, guardaban siempre una distancia casi insoslayable. Esto cambió en las últimas semanas de su vida. En esta última visita percibí esta transformación. Quizá la vulnerabilidad de su realidad y tantas decepciones le habían hecho redimensionar muchas cosas, entre ellas el afecto y la calidez humana. Seguía recordando momentos claves de su reflexión en torno a Venezuela, a América Latina, a su muy a menudo desafortunada historia, a la importancia del mestizaje en todo lo que ha sido la trayectoria del continente. A veces se detenía en ciertos aspectos que habían atraído su atención en la revisión de su memoria. ¿Cuál fue el verdadero significado de las guerras federales? Ese fue el tema que surgió ese día en la conversación. El cuerpo quizá ya no le respondía, leía con muchísima dificultad, pero milagrosamente la lucidez nunca le abandonó.

¿Cuántos episodios de esa vida que cubre el siglo XX venezolano no recorrerían su cabeza con la mirada puesta en aquella escalera? ¿Cuántos testimonios se podrían desprender de aquellos peldaños que tuvo una vez que abandonar por la fuerza, cuando, a la caída del gobierno del general Isaías Medina Angarita, le confiscaron la casa y partió temporalmente para el exilio? Pero también esa escalera lo acompañó día a día en el proceso de escritura, en esa "necesidad biológica" de expresarse y encontrarle un sentido a la vida a través de la palabra. Porque, como bien dijo Miguel Angel Asturias, en relación a Las lanzas coloradas: "El trabajo del novelista (es) hacer visible lo invisible con palabras. Arturo Uslar Pietri cuida su idioma, sabe o intuye que la palabra es la sabiduría del novelista, del escritor, del poeta. Sin este saber y conocer, no hay novela ni poema. En la palabra, todo. Sin la palabra, nada".

De ahí la importancia que Arturo Uslar le concedió a la escritura y de ahí también el legado de la extensísima obra que hoy nos deja. Una obra que abarca todo lo que tiene que ver con lo humano. En el apéndice a Letras y hombres de Venezuela, Uslar afirma: "Nada más maravilloso le ha sido dado al hombre que la palabra que le permite llevar a los otros lo más verdadero y valioso de su propio ser". Palabra que él ha sabido utilizar y valorar en todos los campos, desde la comunicación social y audiovisual hasta la evocación poética, el cuento, el teatro, la novela, el ensayo. Nadie en la historia de Venezuela ha sabido utilizar mejor la palabra como herramienta para la transmisión y divulgación de cultura que Arturo Uslar Pietri. Siempre intentó por encima de todo comunicar y hacer accesible el conocimiento, que, en sus palabras, "no es sino la noción de nuevas relaciones entre las cosas. A él se llega por los métodos científicos, pero hay cierta categoría de fenómenos, de parentescos, de aproximaciones, a los que el científico aún hoy no puede aspirar. Este es el dominio del poeta. Un conocimiento mágico, una iluminación inesperada; en la materia de los más bellos versos se vislumbra una noción que todavía no podemos catalogar ni definir, pero por donde el espíritu, en cierto modo, entra en posesión de un reino que está casi más allá de nuestros medios. Es en este sentido que todo verdadero poeta es metafísico".

Esto lo escribe en 1935 en el momento cuando acuña para la posteridad el término "realismo mágico" que será determinante en la comprensión de la literatura hispanoamericana. Realismo mágico y conocimiento mágico no han abandonado el imaginario latinoamericano. Uslar dice que en el arte no hay recetas eficaces, porque "el arte es un equilibrio inverosímil, una cualidad que se revela a la intuición, un conocimiento adventicio e inesperado, una relación mágica". Pero a la vez no deja de lado el realismo de la novela, en donde todo tiene cabida; la peculiaridad humana, el sexo, el sueño, el lirismo, la matemática, el estudio y la aventura, la construcción y el delirio. El texto se convierte así en gesto pueril y lúdico que ilumina la razón del lector-espectador, expande sus horizontes y despierta su sensibilidad.

El tema histórico ha predominado en su obra, no como proposición épica al estilo de la novela histórica galdosiana, sino como modalidad para desentrañar los conflictos profundos de lo humano, para develar sus fantasmas, sus angustias, sus sueños y sus realidades, sus anhelos y sus posibilidades. Uslar siempre defendió la tesis de que la realidad y la ficción se superponen y que, por tanto, toda historia genuina está contenida en las grandes obras literarias.

Su gran pasión fue Venezuela, seguida de esa comunidad de habla castellana a la que todos pertenecemos y que ha dado a la América Hispana su universalidad. Por eso en el momento de recibir el Premio Príncipe de Asturias habló de "Los expulsados de la civilización" como reivindicación del aporte de la cultura hispánica a Occidente frente a la perspectiva del británico sir Kenneth Clark quien, en su visión personal de la civilización occidental, excluye por completo al mundo hispánico. Una buena parte de su obra ensayística está precisamente dedicada al afán de conocimiento por desentrañar de manera comprensible la formación y trayectoria de lo que constituye Venezuela en particular y la comunidad iberoamericana en su conjunto. Ahí se incluyen obras de importancia como De una a otra Venezuela, Medio milenio de Venezuela, Fechas, fachas y fichas, En busca del Nuevo Mundo, Fantasmas de dos mundos y Godos, insurgentes y visionarios, entre otras. Consciente, como explica al inicio de Godos, insurgentes y visionarios, de que "América ha sido una creación intelectual de Europa. Una creación compuesta de imaginación, sorpresa, desajuste y necesidad de comprender y explicar ante una realidad geográfica, natural y humana, al principio desconocida, deformada y, finalmente, nunca enteramente explicada ni comprendida", Arturo Uslar hizo del interrogante de la identidad hispanoamericana el eje de su reflexión más profunda. "¿A qué mundo pertenece un hispanoamericano medianamente culto?", se pregunta en Fantasmas de dos mundos, y responde: "La respuesta es obvia. Pertenece a varios, distintos en el espacio y en el tiempo, pero reunidos, de un modo sui generis, en su experiencia vital. Pertenece a la circunstancia inmediata de su país, con todo lo que de propio pueda tener, después al gran ámbito, diverso y sin embargo afín, de la comunidad cultural que la historia ha formado en eso que llaman la América Latina y que presenta grandes semejanzas y grandes diferencias y, por último, al extenso, diluido y polémico complejo de la cultura occidental. Es esta cohabitación de contrarias lealtades lo que caracteriza al hombre hispanoamericano".

Pero en medio de este conglomerado de intereses lo que más le ha dolido a Arturo Uslar Pietri ha sido Venezuela. Esa Venezuela que se ha ido transformando sin orden ni concierto y en donde el sueño de la "Venezuela posible" nunca se logró. Cuando nace Uslar, Venezuela apenas contaba con dos millones de habitantes. Era un país rural que vivía del café y del cacao, que giraba en torno al caudillo de turno y en donde el paludismo causaba estragos tan grandes como las numerosas guerras civiles, tan presentes en la memoria de sus gentes. El ha observado que "El país ha puesto siempre, de una manera curiosa, una especie de esperanza mesiánica en sus intelectuales (…). En una tierra primitiva e inculta, el intelectual vino a representar una especie de reserva de poderes mágicos para oponerlos a los hechos adversos, una suerte de piachi que podía conjurar los espíritus malos".

Uslar Pietri, como tantos otros intelectuales en la historia de Venezuela, fue un luchador activo en la vida política y social del país. Luchador frustrado con muy pocas satisfacciones en ese campo. Su pluma, como espada que bate en el viento, se convirtió en la conciencia del país, en la mala conciencia de un país que no parece saber "sembrar el petróleo". Las razones han sido muy variadas. Algunas él las ha enunciado así: "Confundimos la moneda con la riqueza, lo aparencial con lo real, el aumento de cosas con el crecimiento, y el subsidio y la pensión con la productividad". En 1985 ya pensaba que "El desenlace inescapable ha llegado. Venezuela gastó sin tino ni prudencia los desmesurados recursos monetarios que ha producido el petróleo, particularmente en el último decenio; ha contraído, además, una enorme deuda exterior e interior para lo cual es difícil hallar justificación válida; desembocó inevitablemente en la devaluación del bolívar y hoy enfrenta una difícil crisis de vastos alcances que ha podido ser evitada". Muchos años después, desgarrado, alertará sobre una realidad: nunca se llega a tocar fondo.

Afortunadamente su trabajo literario le dio muchas satisfacciones. Sus libros han sido traducidos a numerosos idiomas, ha sido merecedor de muchos premios, el internacional de novela Rómulo Gallegos fue uno de los últimos. Su labor de hacedor de palabras es probablemente lo que le ha proporcionado la serenidad interior. Y ahí la narrativa ocupa un lugar destacado que se complementa, como en un juego de espejos, con sus ensayos. En ella están reflejadas las tres etapas cumbres de la historia venezolana. Barrabás remite a la etapa colonial a través de lo universal, cristiano, Las lanzas coloradas, a la etapa gloriosa y sangrienta de la Independencia, El camino de El Dorado, Treinta hombres y su sombra, Red, Oficio de difuntos, La isla de Robinson, entre otras, remiten al proceso de búsqueda y afirmación de la identidad y de lo propiamente venezolano, y La visita en el tiempo, al "sustraer del tiempo un pedazo del tiempo", el personaje central de la obra remite a la duda sobre lo que ha significado todo eso como proceso de búsqueda y definición en torno a la angustia ontológica del destino y la identidad.

¡Quién sabe si en esos últimos días de introspección y viaje interior frente a la escalera de su casa, inicio de tantos otros viajes, esa duda, un tanto hamletiana, quedaría ya resuelta! No llegaremos a saberlo. Pero lo que sí sabemos es que la serenidad y la luz, reflejada en unos ojos que ya apenas podían mirar hacia fuera, acompañaron a Arturo Uslar Pietri por los vericuetos de ese último viaje interior. Seguramente en él, imágenes, sensaciones y vivencias se agolparon ajenas ya a la linealidad de un tiempo y de un espacio, Momentos que pudieron suceder, "hace tanto", como premonitoriamente lo expresaba ya en un poema de El hombre que voy siendo.


Foto: Archivo
Alertó siempre sobre el devenir nacional


Hace diez años, hace treinta,
hace una hora, fue ayer, esta mañana,
el año de la nana o el minuto,
todo se allega próximo o lejano
en la memoria que navega sombras.

Fue ayer o fue en la infancia,
en el año perdido o en el alba,
jugando a los ladrones o al recuerdo,
al que robaba ayeres y mañanas
y lloraba en vejez o adolescencia
lo que tiene y no tuvo y lo que tuvo
en una hora justa inalcanzable
que está fuera del tiempo de los años
en la corriente que regresa rota
anudada al segundo ya deshecho
o al segundo que viene y no se nombra.

Hace tanto desde hace este momento
Que ya no sé ni el tiempo en que he nacido.

 

María Ramírez Ribes. Ensayista

N° 22 Año IV
Caracas, sábado 03 de marzo de 2001
 
 
 

Perfil
La mirada última
de Arturo
Uslar Pietri
(María Ramírez Ribes)

 
Fotografía
Cuba
en negativo
y positivo

(Nelson Herrera Ysla)
 
 
 

 

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