Preguntando a los Poetas

El carpe diem de Rafael Castillo Zapata

¿Qué dice el poeta enfrentado a sus versos? ¿Qué muestran las palabras que hacen
el poema? Con estas interrogantes Adriana Gibbs se acerca a la poesía de Rafael Castillo Zapata: Arbol que crece torcido, 1984; Estación de tránsito, 1992 y Providence, 1995
-sus tres libros hasta hoy editados- develan a "un poeta que, internándose
en las complejidades del lenguaje, ha hecho espeleología íntima de las emociones";
una suerte de "vocabulario de sus afectos" que la periodista aquí explora


Foto: Lisbeth Salas-Soto
Rafael Castillo Zapata "ha hecho espeleología íntima de las emociones"

La poesía de Castillo Zapata (Arbol que crece torcido, 1984; Estación de tránsito, 1992; Providence, 1995) devela a un hombre que siente fascinación por las palabras y por las relaciones que ellas tejen, a un poeta que, internándose en las complejidades del lenguaje, ha hecho espeleología íntima de las emociones.

Su escritura se propone como un prolongado texto sobre los sentimientos, y por ello quise explorar el vocabulario de sus afectos. Como bien señalan José Antonio Marina y Marisa López Penas en Diccionario de los sentimientos, no basta con leer las palabras amor, desamor, miedo, nostalgia y desazón, entre otras tantas. A cada una de ellas "hay que paladearlas, jugar con ellas, navegar por sus cauces interiores". Que cada palabra muestre la belleza de su textura. Que el léxico afectivo de Castillo Zapata nos lleve a navegar en su poética. He aquí un breviario de su diccionario sentimental que ha sido concebido a partir de sus poemas.

Estación de tránsito
AG: "Cuando viajan, los poetas también olvidan, se deshacen de pesadas cosas". ¿Qué han significado los viajes en la vida de Rafael Castillo Zapata? Los traslados, un paisaje nuevo, ¿qué lugar tienen en su escritura?
RCZ:
En ese poema, con esos versos, estaba evocando ciertos viajes de la infancia; los rescataba como un contraste feliz frente a otros viajes, viajes de la madurez, llenos también de gozo, de extrañas alegrías, pero atravesados, sobre todo tratándose de mí, por algún descalabro amoroso. Enamorado, uno supone que crear distancia en el espacio equivale a crear una distancia en los afectos; pero resulta que los recuerdos, ciertos recuerdos, pesan demasiado y te persiguen, te encuentran donde quiera que te imagines que estás a salvo. Son viajes, entonces, emprendidos con la intención de olvidar, de romper con alguien, poniendo tierra (o aire, o agua) de por medio. "Antipostal de Venecia" es una muestra de esa experiencia: marcharse con la esperanza de que el viaje permitirá alcanzar una cierta paz, una posibilidad para rehacerte anímicamente en la distancia y, sin embargo, parece que ocurre precisamente lo contrario: se te vienen de golpe todos los recuerdos de lo que dejaste y no puedes desprenderte de lo que arrastran con ellos; la nostalgia hace de las suyas y el viaje, en ese sentido, se frustra. Pero estos son viajes emprendidos para huir de algo o de alguien; y no todos los viajes se emprenden por esa razón. Sin embargo, si me pongo a pensarlo, veo que, en realidad, la mayor parte de mis viajes han sido, en verdad, viajes para escapar de alguien, de alguien muy concreto. Por suerte, al final han resultado, como era de esperarse, viajes para encontrarme con nuevas cosas, volver a enamorarme, escribir. En fin, lo que le pasa a todo el mundo. En realidad el poeta no tiene una vida diferente al resto de la gente y los viajes me parece que funcionan en mí un poco como para todos. ¿Qué cosa podría contarte que no fuera sino otra versión, la mía, de la humana historia de la inevitable necesidad de desplazarse, de cambiar, que nos caracteriza?

-"A veces una copa de vino blanco helado puede salvar una tarde como ésta, u otra cualquiera; puede ser suficiente para atravesar densos bancos de niebla". Hablemos del sentimiento de la fragilidad.
-El poema retoma el viejo tópico del carpe diem y no hace sino reescribir la idea de que, frente a la fragilidad de nuestra existencia, estamos, casi diría que moralmente, obligados a celebrar la vida, a aprovecharnos del minuto que pasa, a gozar el momento, incluso en los casos en que se trate de un momento doloroso: aprender de la vida, aferrarse a la maravilla del instante. El poema se llama, no en balde, "Vivir"; y el leitmotiv de la botella de vino blanco helado no tiene en él otra función que la de reiterar esa otra idea que dialoga con el mandato de la primera: que, frente a la adversidad, frente al desamparo cotidiano, siempre podremos ingeniárnoslas para no claudicar, echando mano de lo que la propia vida nos pone al alcance en el momento, incluso aquellas cosas que parecieran menos relevantes o trascendentales (una copa de vino blanco helado, por ejemplo). Pero, dicho así, todo suena demasiado obvio. Creo que es preferible escuchar a los poemas que escuchar a quien los escribe. Los poemas hablan por sí solos y a veces el poeta, al intentar hablar a través de ellos, enreda las cosas. Pero la culpable eres tú.

-"Descorcha la segunda botella de vino de la tarde ya como si nada y olvida, olvida la cuenta de tus remordimientos, viejas deudas que ya no saldarás, mares de cosas pendientes que deberías para tu propio bienestar mantener así irrealizadas". Hablemos del sentimiento de lo inconcluso.
-Hay cosas que no tienen solución, hay otras que no tienen por qué realizarse, hay algunas que se frustran, y todo esto hay que aprender a aceptarlo. Puedes entonces descorchar una botella de vino y reconocer que tu voluntad tiene límites, que puedes desear muchas cosas, pero la vida dispone otras. Estación de tránsito sería, en este sentido, el resultado de una cierta madurez, si por esto último entendemos algo parecido al desencanto asumido con ironía, la aceptación cínica de que sólo podemos aprovecharnos de lo efímero, que nada es eterno, que no tiene sentido que nos echemos a morir por eso. Hablo, por supuesto, del amor. Es el tema del carpe diem otra vez. Es un tópico; una vez más se trata, al menos en lo que escribo, de retomar cosas que le pasan a todo el mundo y volver a decirlas a ver si por un matiz, un desvío, algo, esas cosas se revelan de nuevo ante la mirada de quien las reencuentra dichas en el poema con otra música, con otro sesgo. No es gran cosa; pero tal vez no podamos pedirle mucho más que eso a la poesía.

Providence
-Hablemos del deseo, de ese "algo parecido a un incendio se apoderará de ti desprevenidamente: la fiebre, librándote del sueño, azuzando tu esplendor".
-Es obvio para quien lo lee que Providence es, más que la celebración de una ciudad, la celebración de una persona que la ciudad enmascara: un rostro humano respira bajo la nieve que la cubre. Cuando supe que iría a Providence en invierno celebré la oportunidad que se me presentaba de saldar cuentas con un recurrente fantasma de mi imaginario: la nieve. Venía de ensayar con la prosa poética escribiendo Mecánica celeste, un libro que, por cierto, permanece todavía congelado, y emprendí mi viaje pertrechado con tratados de meteorología, testimonios de exploraciones al Artico y un libro en especial que intuía me ofrecería útiles lecciones para lo que pensaba escribir (una suerte de De rerum natura de la nieve, de los elementos invernales), y era el libro que Ives Bonnefoy escribió para celebrar a la ciudad bretona de Douve. Sin embargo, el libro que más me animó en este intento fue una biografía de Glenn Gould, el pianista canadiense, errante por los paisajes helados de su país. De cualquier modo, todas estas previsiones no sirvieron de nada, pues cuando contemplé la ciudad sepultada bajo una tormenta de nieve, no más llegar, la escritura comenzó a fluir sin darme tiempo a prepararme. Así, pues, escribí Providence al dictado de un rapto; yo estaba realmente embrujado por la nieve y, por supuesto, enamorado. Poco a poco, la persona que amaba y que lo ignoraba por completo, se fue confundiendo con la ciudad enterrada viva bajo el hielo, como el amor no declarado; y, bueno, comenzó a gestarse ese fantasma del verano venidero, de las fogatas solares que liberarían a la ciudad dormida, que harían que se desnudara y se mostrara como, en mi deseo, yo deseaba que la persona amada, o el amor mismo, despertara, se desnudara gozosamente para mí, se me mostrara. En fin, lo que se jugó en el libro fue la ficción de que una palabra o un gesto del enamorado pueden hacer el milagro de despertar en el otro el amor y lograr la fiesta de la coincidencia, como por un acto de magia, como el beso del príncipe que despierta a la doncella dormida. Las palabras del poema querían hacer el efecto de ese beso.

Arbol que crece torcido
-"…días de gozo bécquer y de dolor más bécquer todavía / que a lo mejor no vuelven un carajo golondrinas del carrizo / porque ahora corazón ya tú te has ido". Hablemos del despecho y del sentimiento del desengaño.
-Arbol que crece torcido es un poemario que trata de saldar cuentas con la infancia y la adolescencia, un libro que cierra simbólicamente un ciclo de mi vida. Los 17 años fueron para mí el descubrimiento del amor correspondido, de una felicidad inocente y primeriza que, luego, como era de esperarse, acabó. El libro es, al mismo tiempo, el intento de elaborar la pena de esa primera gran catástrofe amorosa. Por eso hay tantas referencias al bolero, al Bécquer que mi madre leía y copiaba en sus cuadernos.

-Del bolero nos habla el Castillo Zapata poeta: "…que ni con el favor de dios ni con mandrake el mago / ni con una tanda de boleros y boleros / yo me curo corazón del timbo al tambo". Y también nos habla el Castillo Zapata del ensayo y de la crítica en su estudio Fenomenología del bolero. Cuéntenos un poco del bolero en su vida y poética. Y luego, de cómo dialogan en usted los oficios de la poesía y la crítica literaria.
-Mi madre escuchaba y cantaba boleros; me crié rodeado por esa música. Pero mi educación escolar eclipsó de alguna manera esa temprana relación con la música popular; no fue sino mucho después cuando cobré conciencia del efecto que había producido en mi sensibilidad esa relación viva y continuada de mi madre con la canción romántica latinoamericana. Durante mucho tiempo yo ignoré la riqueza de semejante herencia. Al salir del bachillerato y entrar, después de algunos tropiezos, en la Escuela de Letras, se me abrió de nuevo aquel mundo. Conocí a Alberto Márquez, a su hermano Miguel, un gran devoto de la música del Caribe. Con ellos, y con toda la gente de Tráfico, redescubrí los valores que había dejado atrás; y este encuentro desencadenó Arbol que crece torcido, en el cual celebro la belleza de esa infancia de barrio en una familia humilde caraqueña, rodeado por aquella música, por la festiva vida afanada de mi madre. Todo esto conmovió profundamente mi sensibilidad: muchas correspondencias vinculan ese primer libro con mi decisión de hacer una tesis sobre la literatura venezolana del siglo XIX y, posteriormente, con mi intento de traducir a Roland Barthes al lenguaje de la música amorosa caribeña. Fenomenología del bolero es, en buena medida, un homenaje a los Fragmentos de un discurso amoroso: un catálogo de las figuras que caracterizan un cierto imaginario caribeño de la experiencia amorosa, tal y como se ponen en escena en una de las manifestaciones más arraigadas de nuestro cancionero popular moderno. En tal sentido, no veo que haya mayor distancia entre los poemas y lo que digo en los fragmentos de la Fenomenología. Para cualquier lector resulta claro inmediatamente que este libro no es un tratado, ni nada parecido, sino simplemente un testimonio de mi relación con el bolero, otra forma de reconstrucción imaginaria, en este caso especulativa, de mi propia experiencia con las cosas. No niego que haya escrito mucha prosa académica en el peor sentido de la palabra, pero, salvo eso que considero como el producto de concesiones provisionales a las demandas de la práctica universitaria, en general, creo que escribo siempre con un mismo placer por el lenguaje, sea cual sea el asunto o el motivo.

Libros que vienen en camino
-En un poema largo titulado "Boris Pilniak, 1938", usted escribe: "¿No era entonces eso lo único que podría infundirle coraje, la promesa de lo que iría a escribir? No dejes, pues, que esa promesa muera, que esa luz al fondo del pasillo, esa corriente de aire al borde del último suspiro ceda". Hablemos del sentimiento del desamparo.
-Ese poema es el primero de una serie que me gustaría escribir y que, tal vez, termine titulándose, simplemente, Poemas rusos. La idea surgió de un artículo de prensa donde aparecían testimonios de poetas y escritores ruso que padecieron diversas formas de persecución durante el stalinismo. Uno de los testimonios que más me conmovió fue el de Boris Pilniak, quien lo único que pedía en la cárcel, después de haber aceptado declararse culpable, era papel para escribir, y nada más. Así como en Arbol que crece torcido le di en cierto modo voz a un mundo que no había hablado en el poema, he querido en este poema darle voz al Pilniak acallado por la violencia política, tratando de mostrar, en cierta forma, que la poesía se implica siempre políticamente, en tanto que tiene el poder de otorgar la palabra, de convocarla y comunicarla. En ese mismo sentido, puede decirse que la poesía algo puede contra el desamparo de los hombres; en primer lugar contra el desamparo del propio poeta y, a través de él, luego, contra el desamparo de todos.

Adriana Gibbs. Periodista y poeta

N° 67 Año III
Caracas, sábado 12 de agosto de 2000
 
 
 

Creación
La fortaleza del río está en su hondura
(Elizabeth Schön. Poemas)

Preguntando a los poetas
El carpe diem de Rafael Castillo Zapata
(Adrana Gibbs)
Apuntes
Una calzada en el desasosiego
(Miguel Márquez)

Libros, Lecturas y Lectores
Una poética del vértigo
(Gregory Zambrano)

Releer a Marta Traba
(Juan Carlos Palenzuela)

 
 
 
 
 
 

 

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