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Premio Nobel de Literatura
LAS
DIVERSAS ARISTAS QUE APUNTALAN LA OBRA DE V. S. NAIPAUL
Savia
hispánica y caribeña en el árbol naipauliano
Las indagaciones de
Gerardo Vivas en la obra del hoy Premio Nobel le conducen a aseverar
que "picarizando sus historias, haciendo de la burla su mejor arma
para derribar los yugos que en el Caribe parecen imponer la condición
de ex colonias, la raza, el sincretismo y los nuevos imperios, cierra
el narrador trinitario el primer ciclo de su obra, que, en efecto,
contiene en diversos grados todos los elementos estructurales de
la picaresca española". Como contiene y expresa la necesidad de
exilio que signa a los escritores antillanos, la necesidad de irse
para narrar "los fragmentos y lo que no calza, revelándonos una
isla que tal vez no hubiéramos visto, sin su escepticismo", acota
Michaelle Ascensio, mientras Lulú Giménez señala la "difícil hermandad"
de América Latina y el Caribe que en la voz de Naipaul se torna
desgarradura

"En el mapa de Trinidad, el que llevaba en mi cabeza mientras crecía,
Venezuela era una inexplicada pequeña península en la punta de la
esquina izquierda" Foto Reuters/Chris Ison/Pool
El
Injerto trinitario
Si usted encontrara
en la obra narrativa de un autor hispanoparlante contemporáneo
algunos protagonistas pobres, víctimas de una desesperante
hambre crónica y que al mismo tie mpo
filosofan para justificar su coqueteo con el delito, probablemente
recordaría aquellas novelas picarescas españolas que
durante los siglos XVI y XVII sembraban el realismo en la literatura
europea, tan edulcorada primero por la fantasía de las novelas
de caballería, y luego por los empalagosos amores de la novela
sentimental o pastoril. Pero si ese autor fuera de habla inglesa,
y su base cultural rebozara del sincretismo multicolor del Caribe,
usted quizás dudaría de la procedencia hispánica
de esa picaresca renacida en la actualidad. En estas líneas
intentaremos exponer cómo la literatura del trinitario Vidia
Naipaul nos deparó hace veinte años esa oportunidad
de encontrar una reelaboración del género picaresco
en pleno siglo XX. Ya Naipaul sonaba para el Nobel en aquel
entonces, aunque nadie en los predios literarios daba por descontado
que lo ganaría. Era como un extraño Borges
tropical condenado a quedarse sin el galardón por la aspereza
de su pensamiento, con la diferencia de que su propio destino le
tenía aplazada la muerte para devolver la dignidad al premio
que la misma Academia Sueca había desvirtuado por motivos
extraliterarios.
De Naipaul apenas habíamos leído aquella rara
traducción al español que, medio amarillenta y empolvada,
languidecía en algunas librerías caraqueñas
por aquellos últimos años del dólar a 4,30.
Era La pérdida de El Dorado, curioso ensayo publicado
en inglés en 1969 y vertido al español un año
después por una pujante Monte Avila (¡qué años
aquellos!), donde el narrador trinitario escarbaba ansiosamente
fuentes historiográficas españolas e inglesas para
inaugurar su urticante visión del colonialismo europeo. Según
Naipaul, si España había dejado en Trinidad
poco menos que olvido y abandono, el cambio a manos inglesas en
1797 no le reportó a la isla más que una nueva condición
fantasmal basada en un renovado régimen esclavista. Nada
bueno podía esperarse de una nación con esos antecedentes.
"Ya no había futuro en Trinidad
", decía,
porque la isla "
había demostrado ser un error
y un fracaso".
A decir verdad, después de esta primera experiencia no quedamos
muy animados a continuar la lectura del autor. Parecía bastarnos
nuestra propia bilis para sondear las amarguras humanas. Pero mientras
resolvíamos este dilema, escuchábamos rumores acerca
de un Naipaul narrador cuya escritura de ficción prometía
originales interpretaciones literarias del Caribe que, sin embargo,
conservaban esa característica acidez en su punto de vista.
En la médula de su visión del mundo llegó entonces
la sorpresa para nosotros: personajes, ambientes, conductas y argumentos
relativamente picarescos inundaban en diversos grados la obra naipauliana.
Y sin necesidad de ser muy suspicaces pudimos adivinar rápidamente
que esa picaresca como género -y el sustrato social que lo
enmarcaba-, reflejaba inconfundibles elementos estructurales de
la picaresca española original, creadora del género
en Europa durante el siglo XVI. ¿Cómo era posible
esa sintonía a cinco siglos y varias culturas de distancia?
No debíamos quebrarnos mucho la cabeza para saberlo. Una
lectura profunda de la picaresca española, y el apoyo en
el aparato crítico más reconocido, nos ayudó
a aclarar el panorama. Género y protagonista surgieron de
una revolución no tanto técnica como sí temática
e ideológica, llevada a cabo mediante pseudoautobiografías
donde un protagonista novedoso para la época -jovenzuelo
desarrapado, ladrón a la fuerza, astuto y filósofo-,
cuenta sus aventuras de mala vida a lo largo de diversos episodios
y lugares. Esta novelística, desde la aparición del
Lazarillo de Tormes, sentó sus bases y expandió
sus alcances durante el siguiente siglo, no sólo dentro de
los límites fronterizos españoles, sino en Inglaterra,
Francia, Alemania y Portugal. Su realismo característico
se nutrió de las transformaciones sociales de una nación
recién arrebatada a los moros, eufórica por la explotación
de las riquezas de ultramar, donde esas clases olvidadas representaban
una fuerte contradicción para la España de los nobles
y los hidalgos.
Las consecuencias literarias saltaron a la vista: el pícaro
adoptó una actitud burlona en sus raíces. Ella apuntaba,
en primer término, al derribamiento de ese yugo del honor
que durante siglos había oprimido al pueblo español,
y al mismo tiempo pretendía criticar la aplicación
de los dogmas religiosos; es decir, la religiosidad, sobre todo
la de sus ministros y sacerdotes. A este logro había llegado
mediante un instrumento característico del género:
la sátira. En términos generales, el objetivo crítico
se encontraba en la sociedad global, en la que él moraba
dentro de los más corrompidos estratos, desde los que catapultaba
sus intenciones de vida fácil para realizar pasantías
en estratos superiores. Allí aprendió un oficio básico
fundamental -aunque no exclusivo-, como era una delincuencia "light"
a través de su ocupación quintaesencial: el robo de
pequeñas cosas y alimentos. Sobre este aspecto se configuró
otra cualidad arquetípica: el pícaro no llegaba a
la criminalidad profesional gracias a su capacidad de autocrítica,
de vergüenza, arrepentimiento y moralización.
El pícaro genuino invariablemente provocaba elogios irónicos
a pesar de su harapienta condición. Este hecho estético
representó la consagración popular y literaria del
género, y su estrellato habría de estar garantizado
por los próximos tres siglos. De hecho todavía en
los embarques de libros que venían a La Guaira durante el
siglo XVIII El Guzmán de Alfarache, La pícara Justina
y El Diablo Cojuelo figuraban con frecuencia en las listas
sometidas a los controles de la Inquisición, de los cuales
salían indemnes a ocupar los anaqueles de las principales
bibliotecas caraqueñas.
Armados con este arsenal teórico de la picaresca, acometimos
la tarea de rastrear estas categorías en la prosa de Naipaul
ambientada en el Caribe. Para nuestra fortuna, descubrimos cómo
el trinitario desarrolló su obra por etapas: primero su narrativa
de ficción, y dentro de ella los cuentos prepararon el camino
de las obras mayores posteriores; y luego los ensayos y libros de
viajes. Los relatos breves -publicados entre 1950 y 1962 y reunidos
en el volumen A Flag on the Island-, representan, en efecto,
un tímido pero constante tanteo de las posibilidades picarescas.
Personajes que filosofan y se ufanan de esa capacidad; narradores
en segunda persona para llevar de la mano al lector; el sincretismo
religioso como blanco de la crítica; el enfrentamiento traumático
entre padres e hijos y el castigo infantil; el racismo que se resuelve
en un chiste tragicómico; y un ambiente social descompuesto
donde el robo involucra a la misma autoridad, son evidentes muestras
picariles repartidas en estos cuentos. Pero, aisladas como aparecen,
todavía representan apenas un calentamiento de motores picarescos
por parte de Naipaul.
Nuestro autor asume definitivamente el género en sus primeras
cuatro novelas. El curandero místico (1957), Elecciones
en Elvira (1958), Miguel Street (1959), y Una casa
para el señor Biswas (1961) confirman la picarización
naipauliana. En las dos primeras la charlatanería constituye
la principal vía de acceso a la política, y la burla
al electorado instrumentaliza la satirización como perspectiva
narrativa. Por su parte, los protagonistas ajenos a la política
-el narrador sin nombre de Miguel Street, y Mohun en Una
casa para el señor Biswas-, repiten en sus huidas aquella
típica actitud escapista originada por las limitaciones de
la sociedad colonial y por su estratificación impermeable
que nutría la picaresca española. Recordamos cómo
en aquel escenario episódico de Miguel Street el joven
narrador, agobiado por el sentimiento de culpa producido por su
involucramiento en la bebida y la prostitución, formula un
nuevo voto de arrepentimiento -"En verdad no es mi culpa. Es
culpa de Trinidad"- del cual se desprende aquella misma futilidad
de lo trinitario que años después sería la
principal sentencia de La pérdida de El Dorado apuntada
por nosotros al comienzo. Como hombres coloniales -bien sean trinitarios,
venezolanos, caribeños o latinoamericanos-, estos personajes
comparten el abandono, el desarraigo y la pérdida de identidad
que el pícaro español lograba resolver parcialmente
mediante sus repetidos viajes. En el Caribe naipauliano la única
salida será, precisamente, el exilio, y así lo confirma
el autor en sus ensayos y libros de viajes posteriores. Cuando finalmente
pusimos nuestras manos en The Middle Passage (1962), un recuento
de su visita a las Antillas inglesas, encontramos a lo largo de
varias páginas una auténtica teorización de
Naipaul sobre la picaresca española que terminó
de explicarnos su voluntariosa adopción narrativa del género
hispánico: "Trinidad siempre admiró el carácter
sagaz -sharp character en la versión original inglesa-
que, como el pícaro del siglo XVI en la literatura española,
sobrevive y triunfa gracias a su ingenio en un lugar donde se acepta
que toda distinción se alcanza por la viveza". Los protagonistas
de las novelas -Ganesh, Harbans y Biswas- son auténticos
renegados en la frontera de la desnacionalización, cuyo desplazamiento
psicológico y geográfico -como el pícaro español-
necesariamente busca un reacomodo social, que en la realidad del
Caribe no tiene lugar, pero en sus relatos sí. En este proceso
denigran del lugar de procedencia, en este caso Trinidad y el Caribe,
cuando el ambiente y la sociedad insisten en someterlos a una dominación
neocolonial. Por algo Naipaul sigue siendo odiado en su isla
nativa tanto hoy en día, al estrenar premio Nobel, como hace
50 años cuando empezó a escribir.
Así, picarizando sus historias, haciendo de la burla su mejor
arma para derribar los yugos que en el Caribe parecen imponer la
condición de ex colonias, la raza, el sincretismo y los nuevos
imperios, cierra el narrador trinitario el primer ciclo de su obra,
que, en efecto, contiene en diversos grados todos los elementos
estructurales de la picaresca española. Pero no es necesario
releerla toda para apreciar la picaresca caribeña de Naipaul.
A veces basta con vivir en un ambiente realmente picaresco. Por
eso probablemente seamos los venezolanos el público mejor
preparado para entender este injerto de culturas en la obra de Naipaul.
¿No le parece, amigo lector?
Gerardo
Vivas Pineda. Historiador
Entre
América Latina y el Caribe
Una
difícil hermandad
En los años sesenta del siglo XX se reveló un nuevo
mapa del Caribe: territorios que hasta entonces habían estado
desdibujados, por su carácter de posesiones coloniales del
Imperio bri tánico,
se constituyeron en repúblicas independientes, como resultado
de los procesos de descolonización emprendidos, décadas
atrás, a escala planetaria. Jamaica, Barbados, Trinidad-Tobago,
Guyana, Grenada y Belice, debían ser nombradas y reconocidas
en lo sucesivo, en igualdad de condiciones con el resto de las repúblicas
americanas. En un continente harto desconocido, se suscitó
un nuevo asombro: aquellos territorios fragmentados -más
por causa de la historia colonial que de la geografía- no
eran sólo "guijarros en el agua" (para usar una
expresión de George Lamming, reconocido escritor caribeño);
también eran espacios nacionales, con características
culturales propias.
Hasta entonces, el Caribe no había sido nombrado como región
particular de las Américas, sino sólo para denotar
el área geográfica definida como "zona de seguridad"
y "patio trasero" de Estados Unidos de América.
Pero las nuevas repúblicas, con personalidad propia y voto
en la Organización de Estados Americanos, requerían
una conexión regional identificadora, la cual surgió,
por su cercanía geográfica, aparejada con el conjunto
continental de América Latina. A comienzos de los setenta,
ya se hablaba, en los foros internacionales, de América Latina
y el Caribe.
Sin embargo, los caribeños anglófonos no se sentían
muy a gusto con esta difícil hermandad. A su modo de ver,
en general, les unía a América Latina la condición
de ser espacios del "Tercer Mundo", pero no parecían
proclives a esperar que de este lado del continente les llegaran
las claves del progreso y de la viabilidad económica y social.
Por ello, acuñaron la consigna "With but not within
Latin America" (Con América Latina pero no dentro
de ella), todavía vigente en variados códigos y coyunturas.
¿Dónde
queda el continente?
En este contexto, le toca a Vidiadhar S. Naipaul,
Premio Nobel de Literatura 2001, pensar a la América Latina
desde su propia complejidad, típicamente caribeña.
Descendiente de una familia brahmánica de las Indias Orientales,
culturalmente mestizo, nació en un lugar llamado Chaguanas,
en la isla de Trinidad, entre la impronunciable toponimia arauaca
de las Indias Occidentales, que los españoles, "más
por falta de imaginación que por respeto" (parafraseando
a Naipaul), mantuvieron fonéticamente intacta.
A lo largo de su vida en Trinidad, Naipaul tuvo una idea
vaga de la existencia de este continente remotísimo e innombrado
en los textos de educación formal británica. En
Finding the Center (1984) revela este desconocimiento: "Trinidad
era pequeña, una isla, una colonia británica. Los
mapas en nuestros libros de geografía, concentrados sobre
las islas británicas en el Caribe, parecían enfatizar
nuestra pequeñez y nuestro aislamiento. En el mapa de Trinidad,
el que llevaba en mi cabeza mientras crecía, Venezuela era
una inexplicada pequeña península en la punta de la
esquina izquierda".
Esa era toda su referencia continental. Resalta aquí el hecho
de que a los caribeños anglófonos, como consecuencia
de la política educativa colonial, les ha estado vedado desde
su propia situación dependiente, el apropiarse de la realidad
continental que les era pertinente.
No obstante, los trinitarios no podían dejar de percibir
lo que a simple vista asomaba más allá de la Boca
del Dragón. Así lo relata Naipaul en la obra
mencionada, rememorando el viaje de tantas generaciones de trinitarios
que se han atrevido a cruzar el torbellino acuoso que arroja hacia
el mar el Orinoco. Algunos vinieron ilegales; otros, con documentos
forjados por los agentes de migración, donde eran registrados
con personalidad de mulatos hispanohablantes, "Morales o García
o Ibarra". "Pero estos hombres no venían sólo
por dinero
Ellos venían por la aventura. Venezuela
era el idioma español, Suramérica: un continente"
(Subrayado LGS).
Allí está la respuesta, la referencia que el antillano
requiere para afirmar su sentido de pertenencia a un territorio
cultural, insiste Naipaul a lo largo de su obra. Más
aún, teniendo en cuenta la unidad territorial que, quizás
durante milenios, estuvo conformada por las Antillas y el continente
suramericano. Pero esta unidad se fracturó como consecuencia
de las disputas de los imperios europeos por anexarse pedazos de
tierras americanas y, en ello, todos hemos experimentado una pérdida.
El germen del caos
En su libro La pérdida de El Dorado, cuya primera
edición en español publicó Monte Avila en 1970,
el autor analiza las razones por las cuales Trinidad fue separada
de Venezuela, cuya unidad constituía, para la mirada europea,
un reino de maravillas y depredación al mismo tiempo, objeto
de fantasías y despojos generalizados. La amarga historia
que separa aquello que la geografía une comenzó con
la colonización española, caracterizada por Naipaul
como caótica, carente de orientaciones válidas, pues
las que existían nunca se adecuaron a la azarosa nueva realidad.
Naipaul observa como mestizos simuladores a los principales
actores de la gesta americana, que conspiraban o se refugiaban en
Trinidad: hombres engreídos, que hablaban un lenguaje altisonante
y declamativo, cargado de ideas de la Revolución Francesa
y de la pesada retórica castellana, pero infinitamente solos
en el escenario de los intereses imperiales que jugaban todas las
cartas al mismo tiempo. Bajo esta luz, "la revolución
era una farsa" y Miranda, el creador intelectual
del Estado independiente de Colombia y de su Constitución,
"era un fraude. Miranda aspiraba a convertirse en el emperador-inca
de la América hispánica". De Bolívar
no elabora un mejor retrato, considerándolo un furibundo
bonapartista, al menos de palabra, "pues en cuanto a palabras,
a los venezolanos no les faltaban". A estas alturas, la
separación estaba consumada; las Antillas no formaban parte
del proyecto suramericano y los libertadores "de buen grado
entregarían todas las islas, con excepción de Cuba,
a cambio del apoyo inglés".
Naipaul considera esta separación, este aislamiento,
como una desgarradura, un acontecimiento no legitimado por las necesidades
y los deseos. Su imagen de Venezuela lo predispone para formarse
una opinión general del continente suramericano: sobre la
simulación, el apasionamiento, la torpeza, la retórica
vacua y el misticismo político, sin embargo, América
Latina ha desarrollado una civilización, como afirma en The
Middle Passage (1962). Desde esta perspectiva América
Latina podría representar una opción cultural viable
para los pequeños territorios del Caribe anglófono.
Lulú
Giménez Saldivia. Sociólogo
Narrar
la isla
Las
islas aíslan y encarcelan, por eso los antillanos siempre
piensan en salir, en viajar, en irse de la isla; también
es verdad que hay que resistir a la perenne invitación del
mar. Pero la mayoría de los antillanos partían sólo
en sueños, hasta que la dictadura de los Duvalier obligó
masivamente a los haitianos a dejar el país a toda costa,
más de un millón de haitianos conforman lo que se
llama hoy la diáspora haitiana. De la isla de Cuba también
se han ido los cubanos. En las otras islas, algunas de ellas colonias
de Francia, como Martinica y Guadalupe, en otras que estrenaron
en los años sesenta, una independencia paulatina, de Inglaterra
y Holanda, como Curaçao y Aruba, Trinidad, Santa Lucía,
Dominica, la salida de la isla es un continuo pálpito que
anuncia un anhelo de viaje, de estadía en la metrópolis,
de vivir en la gran ciudad. De todos los personajes antillanos,
el novelista es el que más se va de la isla, incluso algunos
no viajan, no se van, sino que se exilian voluntariamente. Pero
las islas también atraen, fijan a sus suelos flotantes, los
sargazos se enredan en los pies y es difícil desprenderse,
y entonces los novelistas se van de las islas para hablar de las
islas, inaugurando, así, una sugestiva distancia entre el
escritor y su isla, para narrar, para narrarla. Porque de eso se
trata, en resumidas cuentas, de una distancia geográficamente
establecida para contar la isla. Y cada isla y cada artista tiene
su forma particular de echar el cuento: salir por fin de la dictadura,
del oprobio y de las penurias y sentir cómo la nostalgia
va pintando una infancia, un lugar a la vez perdido para siempre,
pero recuperable por la escritura, es lo que nos cuentan muchas
novelas haitianas del exilio; la infancia convertida en la patria
(no esa patria empobrecida y humillada por la tiranía y la
exclusión), sino esa otra, el lugar donde tengo visiones,
como nos dice el novelista Jean-Claude Charles, cuyo narrador
ya no vive en ninguna parte, pues ha hecho del exilio un modo de
vida, el exilio-errancia. Un perpetuo balanceo entre Francia y las
islas de Martinica y Guadalupe es lo que nos cuenta la novela de
estas islas, más que desarraigo, desasosiego permanente entre
la isla que no se termina de ir -aunque se la despache con una frase
al estilo de la esclavitud y el negro son una vieja historia- y
la metrópolis albina que encandila. También los escritores
de las islas llamadas con el horrible adjetivo de "anglófonas"
cuando tan bello nombre tiene Trinidad, Barbados, Grenada, Bahamas,
Jamaica, conocida en tiempos coloniales como "Pequeña
Guinea" por sus numerosos esclavos cimarrones, Cayman, Antigua,
Isabella
También de ellas viajan y se van los escritores,
pero con menos aspavientos, más sencillamente, si se quiere.
Y de todos los escritores antillanos, Naipaul parece que
se ha ido definitivamente de la isla, pero Naipaul no se
fue para tener visiones, tampoco se fue huyendo del pasado, se fue
porque no le gusta la isla, no le gusta vivir en la isla. A Naipaul
le gusta vivir en el centro, y el centro, para él, es una
gran capital, la suya, Londres. El, que es tal vez, el más
amargo de los escritores antillanos, no encuentra nada que valga
la pena en el Caribe, y busca como los héroes legendarios,
un centro. Y de ese centro, encontrado o no, surge una escritura
que revela una visión pesimista de la isla pero que se sustenta
en una búsqueda hasta cierto punto heroica. Y desde ese centro,
literalizado en Londres, desde esa distancia geográfica,
cultural e histórica, Naipaul mira a la isla y la
escribe
y no ha dejado de narrar su isla, Trinidad, desde
otra isla más grande, great, Gran Bretaña.
Qué bien hicieron nuestros antepasados arios al crear
dioses. Buscamos sexo y nos quedamos con dos cuerpos privados en
una cama manchada. El sueño erótico mayor, el dios,
se nos ha escapado. Así ocurre siempre que, saliendo de nosotros
mismos, buscamos extensiones de nuestro propio ser. Con las ciudades
sucede igual que con el sexo. Buscamos la ciudad física y
encontramos sólo una conglomeración de células
privadas. En la ciudad como en ninguna otra parte se nos recuerda
que somos individuos, unidades. A pesar de todo, la idea de la ciudad
permanece; es el dios de la ciudad lo que perseguimos, en vano.
Porque los personajes de Naipaul, aun viviendo en la isla,
tienen la sensación de estar fuera de sitio, descolocados,
sin lugar propio. Este exilio, especie de no-pertenencia, y de impermanencia
(así dice el narrador de Los simuladores: me gusta
la sensación de impermanencia), se relaciona, en muchas
de las novelas de Naipaul, con la fragmentación del
ser, con una especie de secuela del coloniaje que impediría
la síntesis personal y social que concilie diversas herencias
y tradiciones tan distintas y venidas de tan lejos. Tal es lo que
podemos apreciar en la encantadora historia de Leonard Side, el
musulmán que hacía arreglos florales, daba cursos
de repostería a las damas y amortajaba cadáveres cristianos.
El se sabía musulmán, nos dice el narrador de Un
camino en el mundo, pese a la imagen de Cristo que tenía
en el dormitorio. Pero tampoco él habría tenido apenas
idea de dónde venían él o sus ancestros. No
habría podido adivinar que acaso el apellido Side podría
ser una versión de Sayed y que su abuelo o su tatarabuelo
bien podrían haber llegado de la India de un grupo shií
musulmán. Acaso de Lucknow; en St. James había incluso
una calle llamada Lucknow Street (
) no puedo explicar a fondo
el misterio de la herencia de Leonard Side. La mayoría de
nosotros sabe de qué padres o abuelos proviene. Pero seguimos
remontándonos más y más; regresamos todos al
mismísimo origen; en nuestra sangre, en nuestros huesos,
en nuestro cerebro, llevamos la memoria de millares de seres. Podría
decir que un ancestro de Leonard Side procede de los grupos danzantes
de Lucknow, los lúbricos hombres que se pintan el rostro
e intentan vivir como mujeres. Pero eso sería tan sólo
un fragmento de su herencia, un fragmento de la verdad. No somos
capaces de comprender todos los rasgos que hemos heredado, y a veces
podemos ser unos extraños para nosotros mismos.
Personajes en zozobra porque han sido llevados a la isla y desconocen
o han olvidado sus orígenes y tradiciones milenarias. El
presente de la isla, la confrontación permanente, cancelan
continuamente la nostalgia y exigen de los personajes, un sobrevivir
al que, paradójicamente, se acostumbran con demasiada rapidez.
Son hindúes, chinos, musulmanes, descendientes de africanos,
pero son trinitarios también. Constituyen mundos apartes
de los que entran y salen, como entran y salen también de
sí mismos, especie de estrategia para esa misma sobrevivencia,
en el conflicto de lo que son y de lo que son los otros, distintos
a ellos. Una cosa comparten todos, la isla, el sentimiento de estar
exiliados y el desencanto por vivir fuera del centro.
El desencanto de Naipaul se traduce en esa visión
pesimista a la que constantemente aluden sus críticos, y
Walcott, aunque confiesa el orgullo que los antillanos le
profesan, arremete contra él, tildándolo de falso
y deshonesto. Walcott le reprocha al novelista su desprecio
por su tierra natal, sus refinados prejuicios y su reiterada idealización
del Orden y la Historia, pero sobre todo, el poeta condena lo que
llama la falta de amor del novelista. No nos extraña, la
poesía de Walcott, particularmente El testamento
de Arkansas, está impregnada de un sentimiento de abandono
y de la invalidez que siente el poeta para expresar el amor hacia
su gente: El abandono era algo a lo que se habían acostumbrado.
/ Y yo les había abandonado, lo supe allí, / sentado
en el autobús, en la media luz tranquila como el mar.
La poesía entusiasta de Walcott junta los pedazos
rotos de un jarrón antillano. Naipaul narra desde
esos pedazos rotos, desde los fragmentos y lo que no calza, revelándonos
una isla que tal vez no hubiéramos visto, sin su escepticismo.
Su escritura puede considerarse también como una forma de
reparar ese jarrón. Así parece reconocerlo el propio
Walcott cuando, finalmente, nos dice que, a pesar de todo,
Naipaul ha descrito un mundo con mayor sinceridad que la
mayoría.
Michaelle
Ascencio. Estudiosa de la literatura antillana
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