Premio Nobel de Literatura

LAS DIVERSAS ARISTAS QUE APUNTALAN LA OBRA DE V. S. NAIPAUL

Savia hispánica y caribeña en el árbol naipauliano

Las indagaciones de Gerardo Vivas en la obra del hoy Premio Nobel le conducen a aseverar que "picarizando sus historias, haciendo de la burla su mejor arma para derribar los yugos que en el Caribe parecen imponer la condición de ex colonias, la raza, el sincretismo y los nuevos imperios, cierra el narrador trinitario el primer ciclo de su obra, que, en efecto, contiene en diversos grados todos los elementos estructurales de la picaresca española". Como contiene y expresa la necesidad de exilio que signa a los escritores antillanos, la necesidad de irse para narrar "los fragmentos y lo que no calza, revelándonos una isla que tal vez no hubiéramos visto, sin su escepticismo", acota Michaelle Ascensio, mientras Lulú Giménez señala la "difícil hermandad" de América Latina y el Caribe que en la voz de Naipaul se torna desgarradura



"En el mapa de Trinidad, el que llevaba en mi cabeza mientras crecía,
Venezuela era una inexplicada pequeña península en la punta de la
esquina izquierda" Foto Reuters/Chris Ison/Pool





El Injerto trinitario

Si usted encontrara en la obra narrativa de un autor hispanoparlante contemporáneo algunos protagonistas pobres, víctimas de una desesperante hambre crónica y que al mismo tiempo filosofan para justificar su coqueteo con el delito, probablemente recordaría aquellas novelas picarescas españolas que durante los siglos XVI y XVII sembraban el realismo en la literatura europea, tan edulcorada primero por la fantasía de las novelas de caballería, y luego por los empalagosos amores de la novela sentimental o pastoril. Pero si ese autor fuera de habla inglesa, y su base cultural rebozara del sincretismo multicolor del Caribe, usted quizás dudaría de la procedencia hispánica de esa picaresca renacida en la actualidad. En estas líneas intentaremos exponer cómo la literatura del trinitario Vidia Naipaul nos deparó hace veinte años esa oportunidad de encontrar una reelaboración del género picaresco en pleno siglo XX. Ya Naipaul sonaba para el Nobel en aquel entonces, aunque nadie en los predios literarios daba por descontado que lo ganaría. Era como un extraño Borges tropical condenado a quedarse sin el galardón por la aspereza de su pensamiento, con la diferencia de que su propio destino le tenía aplazada la muerte para devolver la dignidad al premio que la misma Academia Sueca había desvirtuado por motivos extraliterarios.

De Naipaul apenas habíamos leído aquella rara traducción al español que, medio amarillenta y empolvada, languidecía en algunas librerías caraqueñas por aquellos últimos años del dólar a 4,30. Era La pérdida de El Dorado, curioso ensayo publicado en inglés en 1969 y vertido al español un año después por una pujante Monte Avila (¡qué años aquellos!), donde el narrador trinitario escarbaba ansiosamente fuentes historiográficas españolas e inglesas para inaugurar su urticante visión del colonialismo europeo. Según Naipaul, si España había dejado en Trinidad poco menos que olvido y abandono, el cambio a manos inglesas en 1797 no le reportó a la isla más que una nueva condición fantasmal basada en un renovado régimen esclavista. Nada bueno podía esperarse de una nación con esos antecedentes. "Ya no había futuro en Trinidad…", decía, porque la isla "…había demostrado ser un error y un fracaso".

A decir verdad, después de esta primera experiencia no quedamos muy animados a continuar la lectura del autor. Parecía bastarnos nuestra propia bilis para sondear las amarguras humanas. Pero mientras resolvíamos este dilema, escuchábamos rumores acerca de un Naipaul narrador cuya escritura de ficción prometía originales interpretaciones literarias del Caribe que, sin embargo, conservaban esa característica acidez en su punto de vista. En la médula de su visión del mundo llegó entonces la sorpresa para nosotros: personajes, ambientes, conductas y argumentos relativamente picarescos inundaban en diversos grados la obra naipauliana. Y sin necesidad de ser muy suspicaces pudimos adivinar rápidamente que esa picaresca como género -y el sustrato social que lo enmarcaba-, reflejaba inconfundibles elementos estructurales de la picaresca española original, creadora del género en Europa durante el siglo XVI. ¿Cómo era posible esa sintonía a cinco siglos y varias culturas de distancia?
No debíamos quebrarnos mucho la cabeza para saberlo. Una lectura profunda de la picaresca española, y el apoyo en el aparato crítico más reconocido, nos ayudó a aclarar el panorama. Género y protagonista surgieron de una revolución no tanto técnica como sí temática e ideológica, llevada a cabo mediante pseudoautobiografías donde un protagonista novedoso para la época -jovenzuelo desarrapado, ladrón a la fuerza, astuto y filósofo-, cuenta sus aventuras de mala vida a lo largo de diversos episodios y lugares. Esta novelística, desde la aparición del Lazarillo de Tormes, sentó sus bases y expandió sus alcances durante el siguiente siglo, no sólo dentro de los límites fronterizos españoles, sino en Inglaterra, Francia, Alemania y Portugal. Su realismo característico se nutrió de las transformaciones sociales de una nación recién arrebatada a los moros, eufórica por la explotación de las riquezas de ultramar, donde esas clases olvidadas representaban una fuerte contradicción para la España de los nobles y los hidalgos.

Las consecuencias literarias saltaron a la vista: el pícaro adoptó una actitud burlona en sus raíces. Ella apuntaba, en primer término, al derribamiento de ese yugo del honor que durante siglos había oprimido al pueblo español, y al mismo tiempo pretendía criticar la aplicación de los dogmas religiosos; es decir, la religiosidad, sobre todo la de sus ministros y sacerdotes. A este logro había llegado mediante un instrumento característico del género: la sátira. En términos generales, el objetivo crítico se encontraba en la sociedad global, en la que él moraba dentro de los más corrompidos estratos, desde los que catapultaba sus intenciones de vida fácil para realizar pasantías en estratos superiores. Allí aprendió un oficio básico fundamental -aunque no exclusivo-, como era una delincuencia "light" a través de su ocupación quintaesencial: el robo de pequeñas cosas y alimentos. Sobre este aspecto se configuró otra cualidad arquetípica: el pícaro no llegaba a la criminalidad profesional gracias a su capacidad de autocrítica, de vergüenza, arrepentimiento y moralización.

El pícaro genuino invariablemente provocaba elogios irónicos a pesar de su harapienta condición. Este hecho estético representó la consagración popular y literaria del género, y su estrellato habría de estar garantizado por los próximos tres siglos. De hecho todavía en los embarques de libros que venían a La Guaira durante el siglo XVIII El Guzmán de Alfarache, La pícara Justina y El Diablo Cojuelo figuraban con frecuencia en las listas sometidas a los controles de la Inquisición, de los cuales salían indemnes a ocupar los anaqueles de las principales bibliotecas caraqueñas.

Armados con este arsenal teórico de la picaresca, acometimos la tarea de rastrear estas categorías en la prosa de Naipaul ambientada en el Caribe. Para nuestra fortuna, descubrimos cómo el trinitario desarrolló su obra por etapas: primero su narrativa de ficción, y dentro de ella los cuentos prepararon el camino de las obras mayores posteriores; y luego los ensayos y libros de viajes. Los relatos breves -publicados entre 1950 y 1962 y reunidos en el volumen A Flag on the Island-, representan, en efecto, un tímido pero constante tanteo de las posibilidades picarescas. Personajes que filosofan y se ufanan de esa capacidad; narradores en segunda persona para llevar de la mano al lector; el sincretismo religioso como blanco de la crítica; el enfrentamiento traumático entre padres e hijos y el castigo infantil; el racismo que se resuelve en un chiste tragicómico; y un ambiente social descompuesto donde el robo involucra a la misma autoridad, son evidentes muestras picariles repartidas en estos cuentos. Pero, aisladas como aparecen, todavía representan apenas un calentamiento de motores picarescos por parte de Naipaul.

Nuestro autor asume definitivamente el género en sus primeras cuatro novelas. El curandero místico (1957), Elecciones en Elvira (1958), Miguel Street (1959), y Una casa para el señor Biswas (1961) confirman la picarización naipauliana. En las dos primeras la charlatanería constituye la principal vía de acceso a la política, y la burla al electorado instrumentaliza la satirización como perspectiva narrativa. Por su parte, los protagonistas ajenos a la política -el narrador sin nombre de Miguel Street, y Mohun en Una casa para el señor Biswas-, repiten en sus huidas aquella típica actitud escapista originada por las limitaciones de la sociedad colonial y por su estratificación impermeable que nutría la picaresca española. Recordamos cómo en aquel escenario episódico de Miguel Street el joven narrador, agobiado por el sentimiento de culpa producido por su involucramiento en la bebida y la prostitución, formula un nuevo voto de arrepentimiento -"En verdad no es mi culpa. Es culpa de Trinidad"- del cual se desprende aquella misma futilidad de lo trinitario que años después sería la principal sentencia de La pérdida de El Dorado apuntada por nosotros al comienzo. Como hombres coloniales -bien sean trinitarios, venezolanos, caribeños o latinoamericanos-, estos personajes comparten el abandono, el desarraigo y la pérdida de identidad que el pícaro español lograba resolver parcialmente mediante sus repetidos viajes. En el Caribe naipauliano la única salida será, precisamente, el exilio, y así lo confirma el autor en sus ensayos y libros de viajes posteriores. Cuando finalmente pusimos nuestras manos en The Middle Passage (1962), un recuento de su visita a las Antillas inglesas, encontramos a lo largo de varias páginas una auténtica teorización de Naipaul sobre la picaresca española que terminó de explicarnos su voluntariosa adopción narrativa del género hispánico: "Trinidad siempre admiró el carácter sagaz -sharp character en la versión original inglesa- que, como el pícaro del siglo XVI en la literatura española, sobrevive y triunfa gracias a su ingenio en un lugar donde se acepta que toda distinción se alcanza por la viveza". Los protagonistas de las novelas -Ganesh, Harbans y Biswas- son auténticos renegados en la frontera de la desnacionalización, cuyo desplazamiento psicológico y geográfico -como el pícaro español- necesariamente busca un reacomodo social, que en la realidad del Caribe no tiene lugar, pero en sus relatos sí. En este proceso denigran del lugar de procedencia, en este caso Trinidad y el Caribe, cuando el ambiente y la sociedad insisten en someterlos a una dominación neocolonial. Por algo Naipaul sigue siendo odiado en su isla nativa tanto hoy en día, al estrenar premio Nobel, como hace 50 años cuando empezó a escribir.

Así, picarizando sus historias, haciendo de la burla su mejor arma para derribar los yugos que en el Caribe parecen imponer la condición de ex colonias, la raza, el sincretismo y los nuevos imperios, cierra el narrador trinitario el primer ciclo de su obra, que, en efecto, contiene en diversos grados todos los elementos estructurales de la picaresca española. Pero no es necesario releerla toda para apreciar la picaresca caribeña de Naipaul. A veces basta con vivir en un ambiente realmente picaresco. Por eso probablemente seamos los venezolanos el público mejor preparado para entender este injerto de culturas en la obra de Naipaul. ¿No le parece, amigo lector?

Gerardo Vivas Pineda. Historiador




Entre América Latina y el Caribe


Una difícil hermandad
En los años sesenta del siglo XX se reveló un nuevo mapa del Caribe: territorios que hasta entonces habían estado desdibujados, por su carácter de posesiones coloniales del Imperio británico, se constituyeron en repúblicas independientes, como resultado de los procesos de descolonización emprendidos, décadas atrás, a escala planetaria. Jamaica, Barbados, Trinidad-Tobago, Guyana, Grenada y Belice, debían ser nombradas y reconocidas en lo sucesivo, en igualdad de condiciones con el resto de las repúblicas americanas. En un continente harto desconocido, se suscitó un nuevo asombro: aquellos territorios fragmentados -más por causa de la historia colonial que de la geografía- no eran sólo "guijarros en el agua" (para usar una expresión de George Lamming, reconocido escritor caribeño); también eran espacios nacionales, con características culturales propias.

Hasta entonces, el Caribe no había sido nombrado como región particular de las Américas, sino sólo para denotar el área geográfica definida como "zona de seguridad" y "patio trasero" de Estados Unidos de América. Pero las nuevas repúblicas, con personalidad propia y voto en la Organización de Estados Americanos, requerían una conexión regional identificadora, la cual surgió, por su cercanía geográfica, aparejada con el conjunto continental de América Latina. A comienzos de los setenta, ya se hablaba, en los foros internacionales, de América Latina y el Caribe.

Sin embargo, los caribeños anglófonos no se sentían muy a gusto con esta difícil hermandad. A su modo de ver, en general, les unía a América Latina la condición de ser espacios del "Tercer Mundo", pero no parecían proclives a esperar que de este lado del continente les llegaran las claves del progreso y de la viabilidad económica y social. Por ello, acuñaron la consigna "With but not within Latin America" (Con América Latina pero no dentro de ella), todavía vigente en variados códigos y coyunturas.

¿Dónde queda el continente?
En este contexto, le toca a Vidiadhar S. Naipaul, Premio Nobel de Literatura 2001, pensar a la América Latina desde su propia complejidad, típicamente caribeña. Descendiente de una familia brahmánica de las Indias Orientales, culturalmente mestizo, nació en un lugar llamado Chaguanas, en la isla de Trinidad, entre la impronunciable toponimia arauaca de las Indias Occidentales, que los españoles, "más por falta de imaginación que por respeto" (parafraseando a Naipaul), mantuvieron fonéticamente intacta.

A lo largo de su vida en Trinidad, Naipaul tuvo una idea vaga de la existencia de este continente remotísimo e innombrado en los textos de educación formal británica. En Finding the Center (1984) revela este desconocimiento: "Trinidad era pequeña, una isla, una colonia británica. Los mapas en nuestros libros de geografía, concentrados sobre las islas británicas en el Caribe, parecían enfatizar nuestra pequeñez y nuestro aislamiento. En el mapa de Trinidad, el que llevaba en mi cabeza mientras crecía, Venezuela era una inexplicada pequeña península en la punta de la esquina izquierda".

Esa era toda su referencia continental. Resalta aquí el hecho de que a los caribeños anglófonos, como consecuencia de la política educativa colonial, les ha estado vedado desde su propia situación dependiente, el apropiarse de la realidad continental que les era pertinente.

No obstante, los trinitarios no podían dejar de percibir lo que a simple vista asomaba más allá de la Boca del Dragón. Así lo relata Naipaul en la obra mencionada, rememorando el viaje de tantas generaciones de trinitarios que se han atrevido a cruzar el torbellino acuoso que arroja hacia el mar el Orinoco. Algunos vinieron ilegales; otros, con documentos forjados por los agentes de migración, donde eran registrados con personalidad de mulatos hispanohablantes, "Morales o García o Ibarra". "Pero estos hombres no venían sólo por dinero… Ellos venían por la aventura. Venezuela era el idioma español, Suramérica: un continente" (Subrayado LGS).

Allí está la respuesta, la referencia que el antillano requiere para afirmar su sentido de pertenencia a un territorio cultural, insiste Naipaul a lo largo de su obra. Más aún, teniendo en cuenta la unidad territorial que, quizás durante milenios, estuvo conformada por las Antillas y el continente suramericano. Pero esta unidad se fracturó como consecuencia de las disputas de los imperios europeos por anexarse pedazos de tierras americanas y, en ello, todos hemos experimentado una pérdida.

El germen del caos
En su libro La pérdida de El Dorado, cuya primera edición en español publicó Monte Avila en 1970, el autor analiza las razones por las cuales Trinidad fue separada de Venezuela, cuya unidad constituía, para la mirada europea, un reino de maravillas y depredación al mismo tiempo, objeto de fantasías y despojos generalizados. La amarga historia que separa aquello que la geografía une comenzó con la colonización española, caracterizada por Naipaul como caótica, carente de orientaciones válidas, pues las que existían nunca se adecuaron a la azarosa nueva realidad.

Naipaul observa como mestizos simuladores a los principales actores de la gesta americana, que conspiraban o se refugiaban en Trinidad: hombres engreídos, que hablaban un lenguaje altisonante y declamativo, cargado de ideas de la Revolución Francesa y de la pesada retórica castellana, pero infinitamente solos en el escenario de los intereses imperiales que jugaban todas las cartas al mismo tiempo. Bajo esta luz, "la revolución era una farsa" y Miranda, el creador intelectual del Estado independiente de Colombia y de su Constitución, "era un fraude. Miranda aspiraba a convertirse en el emperador-inca de la América hispánica". De Bolívar no elabora un mejor retrato, considerándolo un furibundo bonapartista, al menos de palabra, "pues en cuanto a palabras, a los venezolanos no les faltaban". A estas alturas, la separación estaba consumada; las Antillas no formaban parte del proyecto suramericano y los libertadores "de buen grado entregarían todas las islas, con excepción de Cuba, a cambio del apoyo inglés".

Naipaul
considera esta separación, este aislamiento, como una desgarradura, un acontecimiento no legitimado por las necesidades y los deseos. Su imagen de Venezuela lo predispone para formarse una opinión general del continente suramericano: sobre la simulación, el apasionamiento, la torpeza, la retórica vacua y el misticismo político, sin embargo, América Latina ha desarrollado una civilización, como afirma en The Middle Passage (1962). Desde esta perspectiva América Latina podría representar una opción cultural viable para los pequeños territorios del Caribe anglófono.

Lulú Giménez Saldivia. Sociólogo




Narrar la isla

Las islas aíslan y encarcelan, por eso los antillanos siempre piensan en salir, en viajar, en irse de la isla; también es verdad que hay que resistir a la perenne invitación del mar. Pero la mayoría de los antillanos partían sólo en sueños, hasta que la dictadura de los Duvalier obligó masivamente a los haitianos a dejar el país a toda costa, más de un millón de haitianos conforman lo que se llama hoy la diáspora haitiana. De la isla de Cuba también se han ido los cubanos. En las otras islas, algunas de ellas colonias de Francia, como Martinica y Guadalupe, en otras que estrenaron en los años sesenta, una independencia paulatina, de Inglaterra y Holanda, como Curaçao y Aruba, Trinidad, Santa Lucía, Dominica, la salida de la isla es un continuo pálpito que anuncia un anhelo de viaje, de estadía en la metrópolis, de vivir en la gran ciudad. De todos los personajes antillanos, el novelista es el que más se va de la isla, incluso algunos no viajan, no se van, sino que se exilian voluntariamente. Pero las islas también atraen, fijan a sus suelos flotantes, los sargazos se enredan en los pies y es difícil desprenderse, y entonces los novelistas se van de las islas para hablar de las islas, inaugurando, así, una sugestiva distancia entre el escritor y su isla, para narrar, para narrarla. Porque de eso se trata, en resumidas cuentas, de una distancia geográficamente establecida para contar la isla. Y cada isla y cada artista tiene su forma particular de echar el cuento: salir por fin de la dictadura, del oprobio y de las penurias y sentir cómo la nostalgia va pintando una infancia, un lugar a la vez perdido para siempre, pero recuperable por la escritura, es lo que nos cuentan muchas novelas haitianas del exilio; la infancia convertida en la patria (no esa patria empobrecida y humillada por la tiranía y la exclusión), sino esa otra, el lugar donde tengo visiones, como nos dice el novelista Jean-Claude Charles, cuyo narrador ya no vive en ninguna parte, pues ha hecho del exilio un modo de vida, el exilio-errancia. Un perpetuo balanceo entre Francia y las islas de Martinica y Guadalupe es lo que nos cuenta la novela de estas islas, más que desarraigo, desasosiego permanente entre la isla que no se termina de ir -aunque se la despache con una frase al estilo de la esclavitud y el negro son una vieja historia- y la metrópolis albina que encandila. También los escritores de las islas llamadas con el horrible adjetivo de "anglófonas" cuando tan bello nombre tiene Trinidad, Barbados, Grenada, Bahamas, Jamaica, conocida en tiempos coloniales como "Pequeña Guinea" por sus numerosos esclavos cimarrones, Cayman, Antigua, Isabella… También de ellas viajan y se van los escritores, pero con menos aspavientos, más sencillamente, si se quiere. Y de todos los escritores antillanos, Naipaul parece que se ha ido definitivamente de la isla, pero Naipaul no se fue para tener visiones, tampoco se fue huyendo del pasado, se fue porque no le gusta la isla, no le gusta vivir en la isla. A Naipaul le gusta vivir en el centro, y el centro, para él, es una gran capital, la suya, Londres. El, que es tal vez, el más amargo de los escritores antillanos, no encuentra nada que valga la pena en el Caribe, y busca como los héroes legendarios, un centro. Y de ese centro, encontrado o no, surge una escritura que revela una visión pesimista de la isla pero que se sustenta en una búsqueda hasta cierto punto heroica. Y desde ese centro, literalizado en Londres, desde esa distancia geográfica, cultural e histórica, Naipaul mira a la isla y la escribe… y no ha dejado de narrar su isla, Trinidad, desde otra isla más grande, great, Gran Bretaña.

Qué bien hicieron nuestros antepasados arios al crear dioses. Buscamos sexo y nos quedamos con dos cuerpos privados en una cama manchada. El sueño erótico mayor, el dios, se nos ha escapado. Así ocurre siempre que, saliendo de nosotros mismos, buscamos extensiones de nuestro propio ser. Con las ciudades sucede igual que con el sexo. Buscamos la ciudad física y encontramos sólo una conglomeración de células privadas. En la ciudad como en ninguna otra parte se nos recuerda que somos individuos, unidades. A pesar de todo, la idea de la ciudad permanece; es el dios de la ciudad lo que perseguimos, en vano.

Porque los personajes de Naipaul, aun viviendo en la isla, tienen la sensación de estar fuera de sitio, descolocados, sin lugar propio. Este exilio, especie de no-pertenencia, y de impermanencia (así dice el narrador de Los simuladores: me gusta la sensación de impermanencia), se relaciona, en muchas de las novelas de Naipaul, con la fragmentación del ser, con una especie de secuela del coloniaje que impediría la síntesis personal y social que concilie diversas herencias y tradiciones tan distintas y venidas de tan lejos. Tal es lo que podemos apreciar en la encantadora historia de Leonard Side, el musulmán que hacía arreglos florales, daba cursos de repostería a las damas y amortajaba cadáveres cristianos. El se sabía musulmán, nos dice el narrador de Un camino en el mundo, pese a la imagen de Cristo que tenía en el dormitorio. Pero tampoco él habría tenido apenas idea de dónde venían él o sus ancestros. No habría podido adivinar que acaso el apellido Side podría ser una versión de Sayed y que su abuelo o su tatarabuelo bien podrían haber llegado de la India de un grupo shií musulmán. Acaso de Lucknow; en St. James había incluso una calle llamada Lucknow Street (…) no puedo explicar a fondo el misterio de la herencia de Leonard Side. La mayoría de nosotros sabe de qué padres o abuelos proviene. Pero seguimos remontándonos más y más; regresamos todos al mismísimo origen; en nuestra sangre, en nuestros huesos, en nuestro cerebro, llevamos la memoria de millares de seres. Podría decir que un ancestro de Leonard Side procede de los grupos danzantes de Lucknow, los lúbricos hombres que se pintan el rostro e intentan vivir como mujeres. Pero eso sería tan sólo un fragmento de su herencia, un fragmento de la verdad. No somos capaces de comprender todos los rasgos que hemos heredado, y a veces podemos ser unos extraños para nosotros mismos.

Personajes en zozobra porque han sido llevados a la isla y desconocen o han olvidado sus orígenes y tradiciones milenarias. El presente de la isla, la confrontación permanente, cancelan continuamente la nostalgia y exigen de los personajes, un sobrevivir al que, paradójicamente, se acostumbran con demasiada rapidez. Son hindúes, chinos, musulmanes, descendientes de africanos, pero son trinitarios también. Constituyen mundos apartes de los que entran y salen, como entran y salen también de sí mismos, especie de estrategia para esa misma sobrevivencia, en el conflicto de lo que son y de lo que son los otros, distintos a ellos. Una cosa comparten todos, la isla, el sentimiento de estar exiliados y el desencanto por vivir fuera del centro.

El desencanto de Naipaul se traduce en esa visión pesimista a la que constantemente aluden sus críticos, y Walcott, aunque confiesa el orgullo que los antillanos le profesan, arremete contra él, tildándolo de falso y deshonesto. Walcott le reprocha al novelista su desprecio por su tierra natal, sus refinados prejuicios y su reiterada idealización del Orden y la Historia, pero sobre todo, el poeta condena lo que llama la falta de amor del novelista. No nos extraña, la poesía de Walcott, particularmente El testamento de Arkansas, está impregnada de un sentimiento de abandono y de la invalidez que siente el poeta para expresar el amor hacia su gente: El abandono era algo a lo que se habían acostumbrado. / Y yo les había abandonado, lo supe allí, / sentado en el autobús, en la media luz tranquila como el mar.
La poesía entusiasta de Walcott junta los pedazos rotos de un jarrón antillano. Naipaul narra desde esos pedazos rotos, desde los fragmentos y lo que no calza, revelándonos una isla que tal vez no hubiéramos visto, sin su escepticismo. Su escritura puede considerarse también como una forma de reparar ese jarrón. Así parece reconocerlo el propio Walcott cuando, finalmente, nos dice que, a pesar de todo, Naipaul ha descrito un mundo con mayor sinceridad que la mayoría.


Michaelle Ascencio. Estudiosa de la literatura antillana

N°4 Año V
Caracas, sábado 27 de octubre
de 2001
 
 
Tomasso Landolfi fue pionero en delatarnos
Caracas graciosa y enervante
(Federico Vegas)
 

Premio Nobel de Literatura
Savia hispánica y caribeña en el árbol naipauliano
-El Injerto Trinitario
(Gerardo Vivas Pineda
-Entre América Latina y El Caribe
(Lulú Giménez Saldivia)
-Narrar La Isla
(Michaelle Ascencio)

 
Ultimo Sábado
Una finta en tirabuzón
(Rafael Castillo Zapata)
Libros, Lecturas y Lectores
Laura Antillano recupera un viejo legajo
Ellas a través del espejo
(Luz Marina Rivas)
 
 
 

 

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