Reseña

"TATUAJE" DE LEONARDO PADRON

El poeta y la ciudad

La ciudad, pasión poética de Leonardo Padrón, no podía no estar presente en las páginas
de su último poemario, Tatuaje. En él, Víctor Bravo descubre a una Caracas que brinda refugio
a la soledad, que se ofrece "como fantasmagoría de mundos interiores, como infierno y espejo: lugar de la multitud y de nadie". Una ciudad que el poeta dibuja desde todos sus rincones,
donde inserta sus otras pasiones: el amor y el erotismo


Foto: Lisbeth Salas-Soto
Leonardo Padrón vuelve sobre sus pasiones poéticas


La ciudad es el signo complejo del hombre de la modernidad. Hoy, como dice el poema de Leonardo Padrón, se puede morir de ciudad, como los héroes remotos morían de honor o los poetas románticos de melancolía.

La ciudad como laberinto para la errancia en el viaje del día, como nido de la soledad, como fantasmagoría de mundos interiores, como infierno y espejo: lugar de la multitud y de nadie.
Pero también la ciudad como rincón de la belleza, y como prolongación del amor y el erotismo.
La ciudad cabe entre los límites borrosos de la novela, y así lo enseñó el señor Bloom para que, mágicamente, lo repitieran, por ejemplo, Adán Buenoayres o Ixca Cienfuegos o Mateo Martán; y la ciudad cabe entre los límites abismales del poema, y así lo enseñó para siempre Baudelaire, para que mágicamente lo leyera Benjamin y lo repitiera Borges, y hoy lo reescribiera el libro Tatuaje, de Leonardo Padrón.

La ciudad toda, Caracas, con sus pequeñas historias para el olvido, con sus personajes arrastrados por las horas, cabe, por ejemplo, en el poema "Ciudad capital", de Padrón, como brota también con su temblor y su impudicia, con sus hartazgos y heridas, de un poema de Eugenio Montejo, o de Armando Rojas Guardia, o de Rafael Arráiz Lucca, poetas que, asistiendo impávidos a la huida de los árboles y a la llegada en tropel de los edificios, con sus jerarquías y demarcación de territorios, asumieron la tarea de articular un nuevo lenguaje, de hacer la crónica de una distinta cotidianidad, de un indiferente infierno; y siempre, de nombrar de nuevo la belleza, su fragilidad, su crueldad, sus simulacros, su instantánea necesidad para la vida.

Tatuaje es, en muchos sentidos, el mapa, el tatuaje del diálogo del poeta con la ciudad, del espectro pasional que va de la perplejidad al erotismo y desde la fragilidad del estar en la multitud ("Trepamos sobre nosotros para poder estar"), a la tarea de ensayar nueva mirada en tan nuevo paisaje, fragmentario, violento e indiferente, de pronto absurdo, como en un video clip, y donde la alucinación y la soledad se constituyen en los linderos extremos de la errancia. Espacio para el basurero y para los antihéroes, donde los placeres del voyeurismo alcanzan el brillo sin dignidad de las luces de neón, y donde la cotidianidad desliza su densidad desleída, su obsesiva recurrencia de inutilidades, la errancia, los gestos sin sentido; la vida lenta como desprendida de una perplejidad sin conciencia. Y todo desgarrado por el filo irónico que revela las aristas del cuerpo de órganos de lo cotidiano.

Filo irónico acompañado de la utopía que también se evapora de la ciudad: lo amoroso y el erotismo, que brota con la intensidad de los jeroglíficos del misterio de la mujer ciudad: "Una mujer con ramajes de obscuridad en sus besos. Una mujer que fuera la más larga avenida del mundo". Lo amoroso y el erotismo confluyen en el signo de la utopía que se evapora como una de las imágenes de la ciudad; y la escritura, el tatuaje que el poeta traza sobre el cuerpo de la ciudad, que ha tatuado a su vez al poeta, como un mapa, como una llave que abre el cofre de la comprensión del jeroglífico de la ciudad, como el jeroglífico mismo, como una lámpara para las calles oscuras, en versos de exacta medida para albergar el palpitar de esas calles oscuras.

El poeta y la ciudad: el poeta que en un instante reconoce en los edificios y avenidas y automóviles y ascensores y hombres tropezando con su propia vida, como si no fuera suficiente tropezar con la propia sombra, la extensión de su más íntima interioridad, esa que, como la ciudad, cabe en los límites abismales del poema.

Víctor Bravo . Ensayista

N° 51 Año IV
Caracas, sábado 22 de septiembre
de 2001
 
 
Filosofía y literatura: la nueva frontera (IV)
Sloterdijk y el posthumanismo
(Julio Quesada)
 

Creación
La poesía finlandesa se escucha
en castellano

Habla la luz con voz de corneja
(poemas)

 

Reseña
"Tatuaje" de Leonardo Padrón
El poeta
y la ciudad
(Víctor Bravo)

Artes Plásticas
Investigar y publicar
(Juan Carlos Palenzuela)
 
Ensayo
Giuseppe Ungaretti
El estupor de La Alegría
(Erika Reginato)
 
Libros, Lecturas y Lectores
Javier Lasarte reune "Territorios intelectuales"
Navegaciones de papel
(Carlos Pacheco)
 
 

 

http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com