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"Baile
de tango en honor a nuestro presidente Fernando de la Rúa".
El letrero estaba pintado a mano. Lo transportaba un camioncito
Ford de los años cincuenta. Un altoparlante invitaba a todos
los vecinos del barrio, compitiendo con el sonido ensordecedor de
los cacerolazos. El camioncito iba lentamente recorriendo las calles
y repetía: "Invitamos a toda la comunidad a disfrutar
de una linda noche de tango. Acudan al gran baile que se efectuará
en las instalaciones del club deportivo. Apoyemos la gestión
de nuestro presidente honesto". La iniciativa era de la
gente del partido Unión Cívica Radical que tienen
una casita como a cinco cuadras. Son los mismos que pintaron en
todas las aceras: "Nuestro presidente es honesto. Nuestro presidente
es honesto", como una forma cándida y desesperada de
mantener a De la Rúa en el poder. Pobres ilusos. Un día
pasé por casualidad frente a la casita del partido y vi a
varios señores sentados en sillas de plástico sobre
la acera, tomando el fresco. Hablaban de política, o más
bien, como todos los porteños, hablaban mal de ciertos políticos:
"Aquel es un ladrón, aquí no hay justicia, sólo
reina la impunidad". Estos señores nunca hubiesen imaginado
que a la vuelta de pocos días ocuparía el sillón
presidencial el inefable y efímero Adolfo Rodríguez
Saá y, finalmente, después del algunos entuertos,
Eduardo Duhalde, acusado de malversación de fondos durante
su paso por la Gobernación de Buenos Aires.
En una de sus corrosivas Aguafuertes Porteñas, Roberto
Arlt propone un discurso para todo candidato a diputado, que
puede hacerse extensivo a todo candidato a presidente de la República.
Con este discurso el autor garantizaría el éxito a
cualquier aspirante. "Señores -así daría
inicio a sus palabras-, aspiro a ser diputado porque aspiro a robar
en grande y acomodarme mejor
". Y pasa a desarrollar su
infalible propuesta: "mi finalidad no es sacar al país
de la ruina en la que lo han hundido las anteriores administraciones
de compinches sinvergüenzas; no, señores, no es ese
mi elemental propósito, sino que íntima y ardorosamente
deseo contribuir al trabajo de saqueo con que se vacían las
arcas del Estado, aspiración noble que ustedes tienen que
comprender es la más intensa y efectiva que guarda todo hombre
que se presenta a candidato".
El discurso continúa y no tiene pérdida. Se trata
de un arma eficaz para políticos ambiciosos. Su alto poder
disuasorio haría vulnerable cualquier resistencia: piquetes,
saqueos, linchamientos morirían en el intento; todo cacerolazo
quedaría mudo. Según Arlt, quienes escuchen
a este candidato harían dos cosas: o matarlo o elegirlo presidente.
La primera opción se descarta por corta; la segunda por incongruente.
Además, el reciente desfile y cambalache de cinco presidentes
en apenas dos semanas echa por tierra ambas opciones: en tan breve
plazo no queda tiempo para elegirlos, y mucho menos para matarlos.
En diciembre pasado una diputada argentina tomó una iniciativa
pionera. Después de que Domingo Cavallo decretara el corralito,
la mencionada diputada introdujo un recurso legal contra la
medida. El juez rápidamente falló a favor y el Estado
se vio obligado a hacer una excepción con la susodicha: la
diputada podía retirar hasta 5.000 pesos de su cuenta, y
no sólo 1.000 (que ahora corresponden a 600 devaluados) como
todos los argentinos. El resto de los parlamentarios dio el grito
al cielo y se preguntaron muy sorprendidos: -"¡¿Ella
sí y nosotros no?!". El juez advirtió lo injusto
de su decisión y de inmediato la hizo extensiva al resto
de los congresistas.
Con esta acción pionera dicha diputada ensayó con
éxito una nueva forma de hacer política. El asunto
no es decir: "Ciudadanos, ustedes me eligieron para que yo
represente sus intereses". No, esto no se lo cree nadie. Mucho
más efectivo sería: "Ciudadanos, con el poder
que me otorgaron yo hago lo que me da la gana y primero cuido mi
bolsillo". De esta manera, con la verdad por delante, esta
dama se habría granjeado el respeto de todos. Y respeto,
convengamos, es algo que los argentinos necesitan.
Para Arlt el problema es muy simple: todos los políticos
que han enarbolado la bandera de la honestidad han fracasado, de
manera que se impone una nueva forma de la autenticidad en la retórica
política. Entre tanto honesto ya no ha quedado lugar para
el "Pillo auténtico". Y si no hay un pillo auténtico,
entonces ¿cómo hacemos para diferenciarlo del otro?
Menudo problema.
Esta degradación de valores debemos interpretarla como un
signo de los tiempos o, mejor dicho, del siglo. Y es que Roberto
Arlt escribe esto hace 70 años, durante la llamada "década
infame", y de ese tiempo para acá, algunas cosas (salvo
la deuda externa y las tarifas de los servicios públicos)
no parecen haber cambiado mucho. En octubre, cuando los candidatos
a senadores y diputados ocupaban los medios de comunicación
para hacer propaganda, observé una cosa. Los programas y
propuestas de los candidatos con más opción a triunfo
convergían en una sola palabra: honestidad. ¿Qué
propone usted para salir de la crisis?, le preguntaba el periodista.
Y el candidato respondía: -Honestidad. -¿Qué
acciones concretas? -Acciones honestas. -¿Qué diferenciaría
su legislatura de otras? -Sería una legislatura honesta.
Entendámonos. Si todos son honestos hay detrás una
gran mentira. Y es que llega un momento en que la gente pide a gritos
una verdad aunque sea pequeñita y terrible, aunque duela
un poco. Eduardo Duhalde entendió esto y dijo en el Congreso:
"Argentina está quebrada", "estamos fundidos",
y de inmediato recibió el apoyo de todos. Por eso yo estoy
seguro de que si alguno de los candidatos a ocupar altos cargos
públicos (no sólo en la Argentina sino en cualquier
parte de la vapuleada América Latina) hablase con el corazón
en la mano y le dijera a su gente, por ejemplo: "Compatriotas,
como ustedes saben vendí las reservas de gas de la nación
y aproveché para embolsillarme unos cuantos milloncitos"
o "privaticé el servicio telefónico y con eso
pude abrirle a mi mujer una cuenta en Suiza", estoy seguro
de que con palabras así, con gestos como este, las cosas
mejorarían. Y la idea es que mejoren lo más pronto.
Ya no pasará más el camioncito Ford exhibiendo
su letrero: "Baile de tango en honor a nuestro presidente Fernando
de La Rúa". Los altoparlantes no repetirán la
invitación a "una linda noche de tango en honor a nuestro
presidente honesto". Ignoro si el baile habrá contado
con suficiente convocatoria. Sospecho que no. Aquella noche coincidió
con los primeros cacerolazos y todo Buenos Aires fue una sonora
caja de resonancias. Yo me asomé al balcón a golpear
con fuerza la vieja cacerola de los fideos. Al mismo tiempo, Carlos
Raúl Menem golpeaba con impecable swing una pelotica
de golf en la provincia de La Rioja y recibía un beso de
su flamante esposa Chechu Bolocco que le decía al oído
con acento argentino: ¡Carlitos, mi amor, sos un gran deportista!
Gustavo
Valle. Ensayista y poeta
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